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Ciencia y Tecnología

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Con el 52%, la Argentina es uno de los países con mayor porcentaje de mujeres trabajando activamente en ciencia del mundo.


La participación de becarias e investigadoras en el quehacer diario de la ciencia ha dejado, hace tiempo, de ser una excepción para convertirse en la regla en el mundo académico del país. En 2015 y según los últimos datos aportados por el Instituto de estadísticas de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), sobre las 108 naciones con las que trabaja, la Argentina fue uno de los países con mayor porcentaje de mujeres trabajando activamente en ciencia del mundo, con un 52 por ciento, de acuerdo a datos de 2012. Esto incluye labores tales como actividades de campo y laboratorio, publicaciones en revistas internacionales, dirección de grupos de investigación y convocatorias a congresos y plenarios académicos. De acuerdo a la información de 2014 del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), las becarias totalizaron 5.715 a fines del año pasado, contra 3.792 hombres, lo que da una relación de poco más del 60 por ciento de participación femenina.

En cuanto a becas posdoctorales, en 2014 hubo 1.242 mujeres que fueron financiadas por el organismo, contra 801 hombres.

Las cifras no se equiparan con la distribución de los cargos relevantes entre hombres y mujeres en el universo científico argentino. “En el ambiente de la ciencia, la mujer ocupa el mismo lugar que los otros sectores de la sociedad”, expresa Eleonora García Véscovi, doctora en bioquímica e investigadora principal en el Instituto de Biología Molecular y Celular de Rosario (IBR-Conicet).

La percepción social del lugar que ocupa la mujer en la sociedad ha ido evolucionando y otro tanto ocurre en el mundo de la ciencia. “No tengo los números exactos y actualizados, pero va de la mano de la misma proporción de mujeres que ocupan cargos empresariales o que tienen puestos de decisión a nivel gubernamental”, sostiene García Véscovi.

García Véscovi, quien además es directora de la carrera del doctorado en ciencias biológicas en la Facultad de Ciencias Bioquímicas y Farmacéuticas de la UNR, opina que, además de ocuparse de sus actividades profesionales, la mujer debe cumplir tanto en el consciente como en el inconsciente colectivo con las tareas que competen a llevar adelante la organización familiar, y ocuparse de los aspectos más íntimos relacionados a los lazos familiares. Para la profesional entrevistada, la mujer, desde el lugar en dónde intente desarrollarse profesional y socialmente, deberá hacerse cargo de los hijos y de los padres; atender la salud de todos ellos y ocuparse de las cuestiones que les han quedado como inherentes. “Si bien es cierto que estas tareas son en la mayoría de los casos compartidas –afirma García Véscovi– la mujer está al frente de la rutina cotidiana de la casa. Siguen dirigiendo (y a veces teledirigiendo) desde sus ocupaciones, sean cuales fueren, las cuestiones hogareñas”.

—Es probable que la amplia difusión que una empresa multinacional con asiento en París hace de un premio a la mujer destacada en las ciencias en los cinco continentes no haga más que reafirmar la “desigualdad”, a la cual las mujeres, por su condición de tales y salvo excepciones, están sometidas.

—Creo que es un reflejo y a la vez una manifestación a lo mejor inconsciente de la forma cómo la sociedad entiende esta cuestión. Esto no hace otra cosa que poner de relieve la diferencia que ha existido y aún existe. También lo veo como un reflejo de la lucha de la mujer por esos lugares que le corresponderían si se las colocaran en igualdad de condiciones y de oportunidades. La mayoría de las mujeres debemos entender la prioridad de nuestras carreras sin abandonar lo que sigue siendo prioritario como mujer e integrante de un grupo familiar. Este desdoblamiento, que exige una gran dosis de energías, pone a las mujeres en condiciones de desigualdad frente a los hombres que desarrollan iguales tareas; aunque es cierto que en la pareja este tema es cada vez más compartido y comprendido por el hombre. Aunque lo sabemos sobrellevar, en nuestras conversaciones entre mujeres científicas surge, y es materia de discusión y análisis.

—¿Cómo es el día de una mujer investigadora?

—Nuestra tarea conlleva, como muchas otras, no sólo desgaste físico e intelectual sino emocional. Nuestra tarea se proyecta y nos exige mucho tiempo. Tiempo de espera, y en general está coronado por un fracaso. Trabajamos sobre hipótesis que muchas veces no pueden ser demostradas pese al tiempo invertido. Los científicos, hombres y mujeres, estamos rindiendo exámenes permanentemente. Esta la vivimos como una carga doble que se impone a toda mujer científica y cuánta más sea la responsabilidad que asume esa mujer que tiene que estar a cargo de un grupo de investigación, sentimos el peso enorme de llevar adelante una carrera que tiene que ser productiva y hacer producir al grupo de trabajo que integran investigador y estudiantes doctorales a nuestro cargo. Y al mismo tiempo no dejar de ocuparnos de la marcha de nuestros hogares. Donde debemos ser también muy eficientes, como lo intentan todas las mujeres con esta doble actividad.

—¿Y los hijos?

—Con mi esposo somos padres de dos personas ya adultas.

—¿Y qué mirada tienen sobre la mamá investigadora?

—Nuestra tarea en la investigación científica, que comparto con mi esposo, ha incidido muy positivamente en los hijos. Más allá de esos tiempos que les hemos robado, de esas salidas que no han podido ser, de no llevarlos a la plaza, ni hamacarlos dedicándoles toda una tarde, ellos han recibido el ejemplo nuestro. Les hemos trasmitido algunos valores que están insertos en nuestra actividad, perseverancia, dedicación, la pasión por el trabajo; seguir adelante pese a que no siempre las condiciones son las más propicias. Ellos han podido entender que siempre se debe tener presente el objetivo, y el ánimo de salir adelante pese a los obstáculos y las dificultades. Estos valores son comunes a muchas actividades, pero hay uno que, si bien no es propio de nuestra actividad exclusivamente, debemos recurrir a él con cotidiana frecuencia: asumir el fracaso. Éste también es un valor que pudimos transmitirles a nuestros hijos desde nuestro rol de padres y respaldarlo desde nuestras actividades. Ellos han podido comprobar cómo sus padres han aprendido mucho de los fracasos y del esfuerzo hecho para transformarlos en un componente fundamental, no sólo de la actividad sino de la vida cotidiana.

—Un aprendizaje tan duro como aleccionador…

—Es lo que aprendí en el ejercicio de mi actividad de investigadora, lo que en el laboratorio es algo cotidiano. Es el método científico de probar, errar; al errar, descubrir que no es el camino y por lo tanto emprender otro; pero siempre intentando ser creativo para pensar otras alternativas. Como vemos, esto es algo que puede trasladarse a la vida cotidiana. A nosotros, nuestra actividad nos reforzó como para poder transmitirles estos valores a dúo a nuestros hijos.

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