Cultura

Corré conejo, corré

Ex convicto, hombre de averías y valores renegados con el sistema, el Conejo Paireto murió hace unos días luego de tomar un cocktail de factura propia y con alcohol de quemar y de correr como lo hacía todas la mañanas con barbijo puesto. Aquí su historia


Guillermo Bigiolli / Especial para El Ciudadano

Por el que aguanta

Esta semana se nos fue el Conejo Paireto, estamos consternados y tristes. La veíamos venir pero igual nos tomó por sorpresa. Había salido a correr por el parque Independencia como lo venía haciendo todas las mañanas y al volver a su casa se descompensó y su corazón dejó de latir. Murió sentado en su sillón, tranquilo como pensando.

Así nos contó su hija con quien había retomado relación en estos últimos años luego de un distanciamiento obligado. El Conejo pasó más de una década preso. Lo conocimos junto a otros tantos internos en los albores del siglo XXI, para ser precisos año 2000 en la Unidad Penitenciaria 1 de Coronda cuando hacíamos visitas con los organismos de derechos humanos para dar talleres de prevención del HIV y apuntar la realidad carcelaria.

El Conejo estaba cumpliendo condena desde principio de la década del 90 por aquel asalto fallido a un blindado en la vieja ruta 9; hubo intercambio de tiros con el saldo de un policía muerto, nunca se comprobó el responsable del disparo ya que las primeras pericias indicaban que el oficial abatido fue víctima de “fuego amigo”.

De contextura menuda y siempre con una sonrisa, el Conejo parecía más joven que los cuarenta y pico que le estimábamos en esos años, aunque su edad real fue un enigma hasta sus últimos días de vida, ni su hija la sabía. Cada vez que visitábamos el penal el Conejo nos agasajaba con unos mates bien dulces que te hacían quedar para adelante toda la tarde.

Una de esas jornadas de taller salió cantando al patio en donde nos juntábamos a trabajar; mientras cantaba daba pasos de baile, se lo notaba feliz. Su canción decía algo así: “Paredón pal vigilante que le roba a los maleantes. Paredón pal diputado, que nos escupe el asado…”. Nos mirábamos con las y los compañeros talleristas aguantándonos la risa. El Conejo Paireto ya nos había afanado el corazón.

Por el que pierde

En el 2005 el Conejo vuelve a pisar las calle con salidas transitorias, un primo suyo lo busca y lo aloja los días que sale en libertad. Pero como el Conejito era un hombre de oficio y valores renegados con el sistema, a las semanas ya estaba enrolado en lo que sería un asalto a una reconocida financiera del centro rosarino. Lo venían planeando con un excompañero de pabellón más joven que ya se encontraba en libertad hacía unos meses, tenían buenos datos.

Pero el trabajo no les salió bien, cuando comenzaron la fuga con parte del botín ya los habían denunciado. El Conejo corrió por calle Rioja en dirección al rio pero debido a su falta de estado físico tuvo que afrontar la desgracia de aflojar la carrera y fue detenido nuevamente.

Se me salieron los bofes, me contó el Conejo cuando tiempo después nos volvimos a cruzar en el penal, esta vez yo en característica de visitante amigo. Además respiro mal, me di cuenta de esta cuestión, por eso le pedí a la Patri de enfermería que me consiga libros de meditación, anda en eso ella. ¿Entendés algo, vos? Y la verdad es que hasta ese momento no tenía ni idea acerca de meditar y mucho menos sobre respirar bien. ¿Qué es respirar bien? ¿Qué tendrá que ver con la meditación?

Semanas después de aquella charla con Paireto, al rayo de un sol carcelario y corondino comencé a tomar clases de meditación con la profesora Carina. No puedo decir que me cambio por completo la vida pero pude observar en esos meses de práctica que mis problemas de concentración dispersa mermaron bastante, le aflojé al pucho y además estaba atento al mecanismo respiratorio de mi cuerpo.

Pero fallé en la constancia y fui perdiendo de a poco el hábito de meditar, como quien afloja la marcha y va dejando de correr. Repito: perdí.

Por el que lucha

Al fin en 2013, el Conejo Paireto se pone la pilcha de ex convicto definitivamente y se va a trabajar a la chatarrería de un viejo amigo. Se lo notaba más huraño y avejentado, sin mucha motivación para delinquir a futuro. Siempre me dio la sensación que mientras estaba involucrado en algún delito, el Conejo era feliz. La felicidad de asumir el riesgo a caer en la peor de las rutinas, la rutina del encierro.

En estos tiempos de pandemia y confinamiento social no se lo veía bien al Conejo. Dormía poco y había agarrado una extraña costumbre: preparaba unos cocktails con hielo, alcohol del 96 y aloe; pasaba horas tomando eso y a primeras luces del amanecer salía a correr. Nos decía que de esa manera se inmunizaba frente al Covid -19, era esa su justificación científica. Estás loco Conejo.

Mirá que la vas a quedar, le decíamos una tarde que aprovechamos el cese de restricciones para visitarlo y comer un asado en la casita de pasillo que alquilaba en barrio Bella vista. No se persigan muchachos, nos contestó. Fíjense acá en la etiqueta lo que está escrito: “Buen Gusto”, y nos mostraba la botellita del alcohol de quemar que compraba para preparar los brebajes mientras se nos cagaba de risa.

Nunca termine de dar crédito a las cantidades de alcohol que ingería sin ponerse en pedo, sin perder el eje. Caprichos de la naturaleza.

Ese día fue la última vez que lo vi al Conejo Paireto, lo noté contento y narrador. Toda la sobremesa se llenó de sus historias de vida. Una vida anónima llena de aventuras, una vida con una intensidad que ya pertenece a otro siglo.

Por el que vive, teniendo nada

Después del entierro, la hija del Conejo me llamó para decirme que si me interesaba tener algún recuerdo de su padre pasara a revolver un par de cajas con sus pertenencias. Como no quise despreciar el gesto acepté y fui esa misma tarde.

Me acordaba que el Conejo tenía un huevito para escuchar música y algunos compacts así que me puse revisar los CD y elegí dos que sellarían en mi memoria la presencia de mi amigo: el primer álbum de los G.I.T. y un disco de los rosarinos Vilma Palma e Vampiros que no tenía idea que existía, su título es el número 7 que luce rojo en la portada antecediendo una foto de los siete integrantes de la banda.

Cuando llegué a casa lo primero que hice fue poner el disco de Vilma Palma. El título de una de las canciones me había llamado mucho la atención, se llama “Miseria” y le di play directamente. Ni bien empezó a sonar me puse a bailar y me explotó una carcajada de felicidad que retumbó en todo el departamento, era la misma canción que el Conejo Paireto cantaba y bailaba la tarde que salió del pabellón a tomar los talleres.

Aquellas frases que nos habían enamorado se completaban pidiendo: “Paredón pal policía que tortura a sangre fría. Paredón pa los que comen pero nunca te convidan. ¡No tengo pa’ comer, no quiero laburar, Pa’ todo hay que pagar”!

Hasta el más punk del condado se habría puesto colorado frente a tremenda arenga de protesta. Es entendible, ese disco es del año 2000, se estaba levantando una tormenta.

¡Corré Conejo, corré!, le gritaban los conocidos del barrio cuando se lo cruzaban por las mañanas, mientras el Conejo trotando se bajaba el barbijo para mostrarles su sonrisa y guiñarles un ojo. Quedaste libre, bailando y cantando en esa canción. Te vamos a extrañar mucho mi viejo amigo.

 

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