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ENCÍCLICAS PAPALES Y CUESTIÓN SOCIAL

Condiciones para la paz mundial: justicia social y desarrollo humano

Algunos suelen criticarle al Papa Francisco sus manifestaciones acerca de cuestiones que aparentan ser políticas y por tanto fuera de toda consideración religiosa. Ignoran que ese es el rol apostólico del Sumo Pontífice, afianzado en documentos que constituyen la Doctrina Social de la Iglesia


Susana Victoria Macat**

Algunas voces suelen criticarle al Papa Francisco sus manifestaciones públicas acerca de  cuestiones que aparentan ser exclusivamente políticas y por tanto, según dicen, fuera de toda consideración religiosa.

Muy lejos están del conocimiento del rol apostólico del Sumo Pontífice, a cuyas espaldas pesa una enorme herencia de documentos que constituyen la Doctrina Social de la Iglesia, y que él sólo procura mantener en vigencia, haciéndola conocer al conjunto de la humanidad, actualizándola permanentemente ante cada nuevo acontecer, con la finalidad de que todos, hombres y mujeres, tomen conciencia y la pongan en práctica.

A título ejemplificativo, me detendré en algunos antecedentes que dan fundamento a su prédica.

Sobre la justicia social: en 1891 el Papa León XIII daba a luz su Encíclica Rerum Novarum, que significa “cosas nuevas”, parafraseando una parábola de Jesús en el Evangelio de Mateo, que propone sacar nuevas enseñanzas de la doctrina tradicional, es decir, de las “cosas viejas”.

En aquella hacía una interpretación de la situación económica por la que atravesaba la población de Europa previa a la primera Guerra Mundial y denunciaba abusos contra la dignidad humana.

Comenzaba señalando “el cambio operado en las relaciones mutuas entre patronos y obreros; la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos y la pobreza de la inmensa mayoría; la mayor confianza de los obreros en sí mismos y la más estrecha cohesión entre ellos, juntamente con la relajación de la moral, han determinado el planteamiento del conflicto”.

El Papa se refería al conflicto entre el capital y el trabajo, que denominó “la cuestión obrera”. Aquel Papa sintió el deber de intervenir, en virtud de su “ministerio apostólico”, es decir, de la misión recibida de Jesucristo mismo de “apacentar los corderos y las ovejas”. Su intercesión era ciertamente la de restablecer la paz.

Pero era consciente de que la paz se edifica sobre el fundamento de la justicia. León XIII establecía, de una vez y para siempre, un paradigma permanente para la Iglesia: hacer oír su voz ante determinadas situaciones humanas, individuales y comunitarias, nacionales e internacionales, para las cuales formularía una verdadera doctrina, para analizar las realidades sociales, pronunciarse sobre ellas y dar orientaciones para una justa solución de los problemas de ellos derivados. El Papa León XIII defendía los derechos fundamentales de los trabajadores.

Entre otras consideraciones afirmaba: “el trabajo de los obreros es el que produce la riqueza de los Estados. (Tema que sirvió de inspiración cien años después a Juan Pablo II para su encíclica Laborem Exercens). Sostuvo que el trabajo en su faz personal, pertenece a la disponibilidad que cada uno posee de las propias facultades y energías; en cuanto es necesario está regulado por la grave obligación que tiene cada uno de conservar su propia vida, de allí el derecho a buscarse cuanto sirve de sustento, cosa que para la gente pobre se reduce al salario ganado con su propio trabajo.

Concluye que el salario debe ser suficiente para el sustento del obrero y su familia, pues lo contrario sería soportar una violencia contra la cual clama la justicia. León XIII se atrevió a sentenciar: “La clase rica, poderosa ya de por sí, tiene menos necesidad de ser protegida por los poderes públicos; en cambio, la clase proletaria, al carecer de un propio apoyo tiene necesidad específica de buscarlo en la protección del Estado.

Por tanto es a los obreros, en su mayoría débiles y necesitados, a quienes el Estado debe dirigir sus preferencias y sus cuidados”. No se trata de una determinada concepción de Estado ni de una particular teoría política.

Aquel Papa insistía sobre un principio elemental, a saber: los individuos, cuanto más indefensos están en una sociedad tanto más necesitan el apoyo y el cuidado de los demás, en particular, la intervención de la autoridad pública.

Este principio conocido como de solidaridad, (retomado por Juan Pablo II en 1987 en su encíclica Sollicitude rei sociales) León XIII lo denominaba “amistad”, que proviene de la filosofía griega.

Con gran inteligencia, el Papa Juan Pablo II, en su encíclica Centesimus Annus, escrita en 1991, a los cien años de la Rerum Novarum (y en la cual basamos estas reflexiones), señala que los violentos procesos de industrialización y otros procesos de transformación económica habían reducido a grandes multitudes a condiciones de extrema pobreza.

La Doctrina Social de la Iglesia insiste que: aparte de los derechos que el hombre adquiere con su propio trabajo, hay otros derechos que no proceden de ninguna obra realizada por él, sino de su dignidad esencial de persona.

Lucha por la justicia social sin actos de violencia y odio recíproco

León XIII critica severamente al comunismo naciente hacia fines del siglo XIX. Pero aquel Papa, no pretendía condenar todas y cada una de las formas de conflictividad social. “La Iglesia –dirá luego Juan Pablo II comentando la Rerum Novarum– sabe muy bien que, a lo largo de la historia, surgen inevitablemente los conflictos de intereses entre diversos grupos sociales y que frente a ellos el cristiano no pocas veces debe pronunciarse con coherencia y decisión”.

La Encíclica Laborem exercens ha reconocido el papel positivo del conflicto cuando se configura como “lucha por la justicia social”. Para ello debe abstenerse de actos de violencia y de odio recíproco.

Explica Juan Pablo II en su encíclica Centesimus Annus: “Lo que se condena en la lucha de clases es la idea de un conflicto que no está limitado por consideraciones de carácter ético o jurídico, que se niega a respetar la dignidad de la persona en el otro y por tanto en sí mismo, que excluye, en definitiva, un acuerdo razonable y persigue no ya el bien general de la sociedad, sino más bien un interés de parte que suplanta al bien común y aspira a destruir todo lo que se le opone.

Se trata, en una palabra, de presentar de nuevo –en el terreno de la confrontación interna entre los grupos sociales– la doctrina de la «guerra total», que el militarismo y el imperialismo de aquélla época –(y acoto, por qué no el de ahora)– imponían en el ámbito de las relaciones internacionales”.

Esa guerra total suponía la destrucción del poder de resistencia del adversario, llevada a cabo por todos los medios, sin excluir el uso de la mentira, el terror contra las personas civiles y las armas de destrucción masiva, que en aquellos años empezaron a proyectarse.

Concluye Juan Pablo II su comentario en este punto diciendo: “La lucha de clases en sentido marxista y el militarismo tienen pues las mismas raíces: el ateísmo y el desprecio por la persona humana, que hacen prevalecer el principio de la fuerza sobre el de la razón y del derecho.”

Resulta notable, cómo el Papa Juan Pablo II, en 1981, al homenajear los cien años de la encíclica Rerum Novarum, planteara lo que la gente común, de muchos Estados, reclaman hoy: “evitar que los mecanismos de mercado sean el único punto de referencia de la vida social y someterlos a un control público que haga valer el principio del destino común de los bienes de la tierra”.

Propone entonces cierta abundancia de ofertas de trabajo, un sólido sistema de seguridad social y de capacitación profesional, la libertad de asociación y la acción incisiva del sindicato, la previsión social en caso de desempleo, los instrumentos de participación democrática en la vida social, para preservar el trabajo de la condición de “mercancía” y garantizar la posibilidad de realizarlo dignamente.

Un mercado que sea controlado oportunamente por las fuerzas sociales y por el Estado

Sobre el desarrollo humano: Si bien la Rerum Novarum se expresa contraria a los totalitarismos y rescata el valor de la propiedad privada, sienta el principio de que la misma no constituye un valor absoluto y proclama otros principios que la complementan, como el del destino universal de los bienes de la tierra. Los sucesores de León XIII han repetido esta doble afirmación: la necesidad y licitud de la propiedad privada, así como los límites que pesan sobre ella (Véanse: Pío XI encíclica Quadragésimo Anno –a los 40 años de la Rerum Novarum–; Pío XII Radiomensaje 1° Junio de 1941; Juan XXIII encíclica Mater et Magistra; Paulo VI encíclica Populorum Progressio).

El Concilio Vaticano II expresó: “El hombre, usando estos bienes, no debe considerar las cosas exteriores que legítimamente posee, como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás.”…“La propiedad privada o un cierto dominio sobre los bienes externos aseguran a cada cual una zona absolutamente necesaria de autonomía personal y familiar y deben ser considerados como una ampliación de la libertad humana… la propiedad privada, por su misma naturaleza, tiene también una índole social, cuyo fundamento reside en el destino común de los bienes”.

Juan Pablo II, retomando estas consideraciones plantearía: “El origen primigenio de todo lo que es un bien es el acto mismo de Dios que ha creado al mundo y al hombre, y que ha dado a éste la tierra para que la domine con su trabajo y goce de sus frutos.

Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno. He ahí, pues, la raíz primera del destino universal de los bienes en la tierra”.

Pero aclara: la tierra no da sus frutos sin el trabajo. Pero al hombre, que con su trabajo ha conseguido su propiedad privada, “le incumbe también la responsabilidad de no impedir que otros hombres obtengan su parte del don de Dios, es más, debe cooperar con ellos para dominar juntos toda la tierra”.

Luego de pasar revista a muchos cambios producidos en la historia de la humanidad, y de destacar el importante rol que cumplen en la sociedad los emprendedores en la formación de la riqueza, da cuenta de este fenómeno, lamentablemente aún actual: “De hecho, hoy (escribe Juan Pablo II en 1991) muchos hombres, quizá la gran mayoría, no disponen de medios que les permitan entrar de manera efectiva y humanamente digna en un sistema de empresa, donde el trabajo ocupa una posición realmente central.

No tienen posibilidad de adquirir conocimientos básicos, que les ayuden a expresar su creatividad y desarrollar sus capacidades. No consiguen entrar en la red de conocimientos y de intercomunicaciones que les permitiría ver apreciadas y utilizadas sus cualidades.

Ellos, aunque no explotados propiamente, son marginados ampliamente y el desarrollo económico se realiza, por así decirlo, por encima de su alcance, limitando incluso los espacios ya reducidos de sus antiguas economías de subsistencia”.

“A pesar de los grandes cambios acaecidos en las sociedades más avanzadas, las carencias humanas del capitalismo, con el consiguiente dominio de las cosas sobres los hombres, están lejos de haber desaparecido; es más, para los pobres, a la falta de bienes materiales se ha añadido la del saber y de conocimientos, que les impide salir del estado de humillante dependencia”.

A estas alturas nos preguntamos: ¿Cuál es el modelo de sociedad que postula la Doctrina Social de la Iglesia? En palabras de Juan Pablo II: “Una sociedad basada en el trabajo libre, en la empresa y en la participación”, que “tampoco se opone al mercado, sino que exige que éste sea controlado oportunamente por las fuerzas sociales y por el Estado, de manera que garantice la satisfacción de las exigencias fundamentales de toda la sociedad”.

Refiriéndose al fracaso de la experiencia socialista soviética, afirma: “Queda mostrado cuán inaceptable es la afirmación de que la derrota del socialismo deje al capitalismo como único modelo de organización económica.

Hay que romper las barreras y los monopolios que dejan a tantos Pueblos al margen del desarrollo, y asegurar a todos  –individuos y naciones– las condiciones básicas que permitan participar en dicho desarrollo.

Es necesario que las naciones más fuertes sepan ofrecer a las más débiles oportunidades de inserción en la vida internacional; que las más débiles sepan aceptar estas oportunidades, haciendo los esfuerzos y los sacrificios necesarios para ello, asegurando la estabilidad en el marco político y económico, la certeza de perspectivas para el futuro, el desarrollo de las capacidades de los propios trabajadores, la formación de empresarios eficientes y conscientes de sus responsabilidades” (Encíclica Laborem Exercens, 1981).

Continuando con las ideas expuestas por el Papa Pablo VI,  Juan Pablo II señala: “La Iglesia no tiene modelos para proponer. Los modelos reales y verdaderamente eficaces pueden nacer solamente de las diversas situaciones históricas, gracias al esfuerzo de todos los responsables que afronten los problemas concretos en todos sus aspectos sociales, económicos, políticos y culturales que se relacionan entre sí”.

Un gran esfuerzo de comprensión recíproca, de conocimiento y sensibilización de las conciencias

Respecto de la deuda externa de los países más pobres, el Papa Juan Pablo II expresó: “Es ciertamente justo el principio de que las deudas deben ser pagadas. No es lícito, en cambio, exigir o pretender su pago, cuando éste vendría a imponer de hecho opciones políticas tales que llevaran al hambre y la desesperación a poblaciones enteras. No se puede pretender que las deudas contraídas sean pagadas con sacrificios insoportables”.

En su encíclica Centésimus Annus, el Papa aborda la cuestión ecológica, y con una mirada religiosa expresa: “ El hombre, impulsado por el deseo de tener y gozar, más que de ser y de crecer, consume de manera excesiva y desordenada los recursos de la tierra y su misma vida….Cree que puede disponer arbitrariamente de la tierra, sometiéndola sin reservas a su voluntad como si ella no tuviese una fisonomía propia y un destino anterior dados por Dios, y que el hombre puede desarrollar ciertamente, pero que no debe traicionar.

En vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios en la obra de la creación, el hombre suplanta a Dios y con ello provoca la rebelión de la naturaleza, más bien tiranizada que gobernada por él” (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1990).

Hace veintinueve años, el Papa Juan Pablo II nos recordaba que en la raíz de la guerra hay en general, reales y graves razones: injusticias sufridas, frustraciones de legítimas aspiraciones, miseria, explotación de grandes masas humanas desesperadas, las cuales no ven la posibilidad objetiva de mejorar sus condiciones por las vías de la paz.

“Por eso, –afirmaba– el otro nombre de la paz es el desarrollo. Igual que existe la responsabilidad colectiva de evitar la guerra, existe también la responsabilidad colectiva de promover el desarrollo”. “… así como a nivel interno es posible y obligado construir una economía social que oriente el funcionamiento del mercado hacia el bien común, del mismo modo son necesarias también intervenciones a nivel internacional.

Por esto hace falta un gran esfuerzo de comprensión recíproca, de conocimiento y sensibilización de las conciencias.” Y finaliza su idea diciendo: “He ahí la deseada cultura que hace aumentar la confianza en las potencialidades humanas del pobre y, por tanto, en su capacidad de mejorar la propia condición mediante el trabajo y contribuir positivamente al bienestar económico.

Sin embargo, para lograr esto, el pobre –individuo o nación– necesita que se le ofrezcan condiciones realmente asequibles. Crear tales condiciones es el deber de una concertación mundial para el desarrollo, que implica además el sacrificio de las posiciones ventajosas en ganancias y poder, de las que se benefician las economías más desarrolladas” (Exhortación Apostólica Familiaris consortio).

Hasta aquí, he procurado revisar algunos de los extensos documentos de la Iglesia contemporánea, que precedieron la labor del Papa Francisco –de cuyo legado me gustaría ocuparme en otra ocasión– al sólo efecto de poner en evidencia que, aunque con su personal impronta, la mirada que proyecta sobre los problemas por los que atraviesa nuestra condición humana universal, no es muy distinta de la que plasmaron sus predecesores.

Por lo que resulta a todas luces inexacta la acusación que ciertas voces le adjudican de incursionar en campos que le son ajenos. Muy por el contrario, él no ha hecho otra cosa que “apacentar a sus ovejas”, es decir, cumplir con su labor de “Buen Pastor”, que le es propio de su ministerio apostólico.

**Profesora adjunta Estructura Jurídica del Estado. Fac. Ciencia Política (UNR). Abogada especializada en la Magistratura (UNR). UCA Magister en Ciencias Sociales con Mención en Sociología. Flacso. México

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