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Concretar la resignación de los pueblos es la victoria del coloniaje

La Matria y la Patria y la tierra que le brinda sustento une a los pueblos, alienta sus luchas, defiende sus derechos y fortalece su identidad. Por eso las nuevas formas de la apropiación neoliberal busca borrar toda huella del patrimonio cultural histórico, entre otras estrategias


Jorge Rachid**

Los pueblos constituyen la expresión humana máxima, de la conformación de los grupos sociales que los constituyen, y son tales en función de compartir ideales y sueños comunes, construidos por largos años de historia, que les otorgan identidad y perfil propio de esa cultura, hecha esperanza.

Ningún abuelo en esa extraordinaria experiencia que es la transmisión oral, de generación en generación, relata otras historias que aquellas que visten la descendencia, llenando el inconsciente del niño, de valores y virtudes, forjados en luchas lejanas, épicas conmovedoras, historias de vida sobrevivientes a mil peripecias. Ese hecho constituye uno de los hitos más elevados en la consolidación cultural de los pueblos.

La Matria y la Patria, el suelo y la tierra que le brinda sustento, más la pertenencia a su cultura, une a  los pueblos, alientan sus luchas, defienden sus derechos, asientan sus saberes, cultivan sus relaciones sociales, fortalecen su identidad, desarrollan su soberanía, construyen su solidaridad social activa, afianzando el amor que sella a las comunidades, como organización social, que trasciende los tiempos y las circunstancias que puedan presentarse.

Así fue a lo largo de la historia, podrán desaparecer países, imperios, ciudades incluso, geografías enteras cambian, pero los pueblos y sus memorias colectivas quedan.

Con sueños de un destino común

Por esas razones las nuevas formas del coloniaje, buscaron influir definitivamente en las pérdidas de las identidades, en intentar borrar toda huella de patrimonio cultural anterior, en cualquiera de sus formas, ya sea apropiándose del relato histórico, tergiversándolo, o penetrando con sus propias culturas y religiones, enterrando costumbres, avasallando valores ancestrales e incluso eliminando mediante genocidios, la posibilidad intergeneracional de sueños comunes.

Pero aun consiguiendo esos fines perversos del colonialismo, el mismo no pudo, a lo largo de la historia conocida, borrar las huellas de los pueblos que fueron dominando.

El caso americano, con el relato “Del descubrimiento de América”, habitada desde hacía diez mil años, es paradigmático. Penetraron con la cruz y la espada, los pueblos se apropiaron de la cruz y lucharon contra la espada, hasta el día de hoy, frente a diferentes colonizaciones, con victorias y derrotas, pero siempre como pueblos, con sueños de un destino común.

Podríamos relatar las vicisitudes de los armenios, los hebreos, los árabes, los persas, los egipcios, los griegos, los indios, los chinos, los vietnamitas y cientos de pueblos más, que siempre emergieron de la noche oscura de la colonización, como entidad constituida.

Amputación de la posibilidad histórica

Por esas razones los Imperios modernos intentan nuevas formas de colonización y sometimiento de los pueblos, actuando en especial sobre la construcción de sentido, ocupando el espacio simbólico de las representaciones humanas, llevando al convencimiento de la derrota, como epílogo único de la historia, es decir a la resignación de la construcción de un destino común, sometiéndose a los designios del poder de turno.

Esa amputación de la posibilidad histórica, que intentaría hacer desaparecer a los pueblos como tales, es una de las formas más claras, del neoliberalismo dominante.

Pensemos críticamente en la apropiación de las palabras, el lenguaje que domina, incorporando terminologías y costumbrismos importados, supuestos festejos de otras latitudes, no como los que tenían nuestros viejos inmigrantes, solidificando su pertenencia, sino impuestos por nuevas modalidades de control social, entre ellas conmemoraciones que no nos pertenecen, pero empiezan a ser naturalizadas por el pueblo.

Las nuevas generaciones, sólo van conociendo ese relato, se instala un discurso único, se denigra la propia historia y se la combate, se le adjudican todos los males a una supuesta no integración al mundo, a la globalización, a la modernidad.

Se instalan sus instrumentos y herramientas comunicacionales, las redes que todo lo ven y escuchan, tiene un mensaje unificador, destinado a dejar de ser como pueblo y constituirse como gente del mundo, sin rostro, ni pertenencia, abandonando su cultura de cuna, para incorporarse a una aldea desconocida, cuyos afectos no son los suyos, ni las comidas, ni las costumbres, pero lo llaman a “pertenecer”, a ser alguien individual que crezca por sí y para sí, sin historia ni compromisos previos, menos aún afectos que comprometan su desarrollo y sus objetivos personales.

Recuperar la identidad desgarrada

Eso se llama instalar la resignación en los pueblos, robarles la historia y demostrarles que no hay otro camino posible que el de la integración a los poderes económicos y culturales de la etapa, que cualquier cambio de esa ecuación será sometido al escarnio y reprimido, por medio de extorsiones económicas u operaciones políticas o militares. Intentan paralizar a los pueblos en sus luchas, acabar con los sueños compartidos.

Por esa razón eliminar el Unasur era prioritario en el diseño estratégico de Estados Unidos, crear el grupo de Lima para perseguir a los pueblos hermanos que resisten la embestida imperial, con los propios nativos cipayos, como hicieron las tropas coloniales españolas, luchando contra San Martín y Bolívar con ejércitos conformados por peruanos, o como forzó el Imperio inglés la batalla de Caseros y el derrocamiento de Rosas, con tropas brasileñas.

También Perón fue derrocado con auxilio de la armada inglesa, que abasteció los buques de la asonada fusiladora del 55 y Estados Unidos propició el golpe de 76 a través de Kissinger con instrucciones para Videla.

Entonces no es nueva esta forma del coloniaje, ni serán nuevas las formas de lucha que emprenderemos para derrotarlos, a los de adentro y a los de afuera, más visibles y más claros para enfrentarlos.

En ese camino la unidad del campo popular es indispensable para la lucha, no se trata de que todos sean revolucionarios, con no ser parte del enemigo colonial, pueden ser aliados de la causa popular.

El enemigo intenta la fragmentación permanente, el discurso único, la instalación de la agenda y apropiarse de la iniciativa. Todo aquellos que el pueblo haga para evitarlo, será parte de una larga lucha, por recuperar la identidad desgarrada de la Patria y para fortalecer la Matria soberana, para que sea parte de la calidad de vida de los argentinos y no del  espacio del lucro, del saqueo y la depredación, voraz del Imperio.

** Médico sanitarista / www.lapatriaestaprimero.org

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