Ciudad, Edición Impresa

El comercio rosarino cambia para crecer

Por: Guillermo Correa. Pasaron la crisis y ahora la meta es otra. Para unos la clave es “especializarse”; para otros diversificarse.

Atraer clientes, sentirse más seguros, defender y ampliar su porción del mercado es lo que los une. De vez en cuando protagonizan rebeliones, acuden a los gobiernos, pelean por lo suyo. Ya lo hicieron las heladerías al verse amenazadas por una marca foránea, o los almacenes y carnicerías de barrio cada vez que una cadena de súper intenta extender sus tentáculos hacia donde están. El comercio rosarino, en sus distintos rubros, atravesó hace sólo una década la peor crisis en más de medio siglo. Y si bien dejó muchos gajos en el camino, no son pocos los que sobrevivieron, y tampoco los que se lanzaron al ruedo en el último lustro y algo más, cuando ya estaba claro que no había “efecto rebote” sino recuperación y crecimiento genuinos. ¿Y en qué andan ahora? Este diario intentó tomar una muestra de las distintas estrategias que lanzan algunos sectores que lograron soportar los malos vientos sin naufragar y que ahora buscan avanzar. Claro está, no logró, pero al menos encontró, algunas muestras de cómo apuestan a crecer. Para algunos, la clave está en “especializarse” y dirigirse a un segmento determinado, como lo hicieron las delicatessen de fiambres, queserías o vinerías, un sector que regresó y creció con el aumento del consumo. Pero para otros la táctica fue la contraria: diversificarse hasta el punto de tener en stock todo –o casi– lo que  el cliente pida, incluyendo cobro de servicios, internet, cabinas telefónicas y hasta comida hecha.

“Es una tendencia mundial”, dice a El Ciudadano el titular de la Asociación Empresaria de Rosario, Elías Soso. El empresario textil se refiere a la “especialización” de algunos comercios, sobre todo en alimentos y bebidas, que dejan de lado el stock general para ser “dedicados”: venden en todas sus variantes un sólo producto, o conjunto mínimo de ellos, generalmente relacionados.

Soso apunta como ejemplo a las cadenas de vinos: “Incluso ahora va a abrir una en China, dedicada a vinos argentinos”, abunda. También apunta que en Buenos Aires ya una cadena comenzó a conjugar las botellas de tres cuartos con cafetería: “Su negocio es vender vinos. Pero también comenzaron a vender distintas clases de café, y pusieron mesitas para que la gente pueda pasar un rato mientras elige”, dice el comerciante.

La especialización, en rigor siempre existió, y normalmente tuvo a Capital Federal a la cabeza: sólo allí es posible encontrar un comercio que se dedique a medidores de temperatura y otras variables, y sólo eso: los clientes saben que si el termómetro más sofisticado está en el país, lo más probable es que allí lo encuentren. Lo mismo puede decirse desde lámparas –de las que la mayoría poco tienen que ver con las que se utilizan para iluminar un hogar– o sobre resortes, que en cada caso tienen uno o más negocios específicos en Rosario.

Pero el tema de la especialización también parece haber llegado a los alimentos y bebidas. “El 70 por ciento del fiambre que produce una de las principales marcas de la ciudad, se vende a través de los comercios tradicionales”, apunta el titular de la Unión de Almaceneros, Gabriel Milito. Para el comerciante, que atiende su propio negocio, hubo varios y grandes cambios en el comportamiento de los consumidores, sobre todo desde el macrocento de Rosario hacia afuera. Y da un ejemplo clave: el vino.

“Antes, yo vendía a razón de 10 cajas por cada botella de tres cuartos. Ahora es una y una”, dice el almacenero. “El cambio en el vino se nota muchísimo: los clientes mejoraron sus ingresos, y buscan mejor calidad. Hoy, por ejemplo, prefieren una mortadela muy buena antes que un jamón crudo malo”, insiste el almacenero.

Lo cierto es que, saliendo del microcentro, la geografía donde reinan los supermercados, las cosas parecen estar cambiando. Allí están, desde siempre –salvo tiempos muy crudos– los almacenes, carnicerías, verdulerías, pequeños mercados. Son, según Milito, los negocios “tradicionales” que venden por “proximidad” con sus clientes. Y muchos de ellos se están “especializando”. Por ejemplo, en fiambres: “Los clientes ven que lo que piden se fetea en el momento, cosa que no ocurre en los súper, por ejemplo. Además suelen pedirle recomendaciones al almacenero. Y las que se dan, son ciertas: yo no puedo recomendar algo malo, si sé que al otro día voy a ver de nuevo a mi cliente, y me lo va a hacer notar. Así que también hay una cuestión de confianza”, resume Milito.

El titular de la Unión de Almaceneros, enumera esas pautas, pequeñas acciones de sentido común, como situaciones que a mediano y largo plazo terminan segmentando el mercado. Y esas cuestiones  son las que equilibran, por ejemplo, la falencia de los negocios chicos: el pago con tarjetas.

También otras razones empujan a la especialización. En el microcentro, por caso, no hay que caminar mucho para encontrarse con un negocio “especializado”. La quesería es un buen ejemplo: poca superficie total, y la mayor parte destinada a un solo producto. Allí no se podrá pagar con plástico, pero es posible encontrar ofertas de quesos blandos, semiduros y duros que no existen en grandes comercios. Otro tanto ocurre con las pollerías, y aún con verdulerías donde ya, además de encontrar los típicos vegetales de consumo masivo, comienzan a aparecer con venta al peso distintos tipos de hongos, tubérculos de cultitvos tradionales –olluco, oca y mashwa– que en la urbe se resumen con el (mal) usado témino de “papines”, o bien frutos de consumo más acotado como kaquis, mangos, chirimoyas. Resalta, en este último conjunto, un comercio del macrocentro que únicamente se dedica a los arándanos: los vende frescos, en pasas, en botellas de jugo, desecados, entre otros, y acompaña con recetas y literatura dedicada. Y respecto a la miel ocurre otro tanto, son contados, pero hay los que venden cosechas varietales, característica dada por la floración dominante en los sitios donde están las colmenas.

Ese nicho es también el que intenta explotar Economía Solidaria de la Municipalidad. Hace rato que la estrategia original –que se podría resumir en un “control de daños” frente a un derrape económico generalizado y una red de contención para remedar una situación de exclusión social y expulsión laboral– trocó por una lenta pero sostenida presencia en el mercado ofreciendo un menú de preparados artesanales o de factura casera, vegetales de cultivos orgánicos y sin agroquímicos, alimentos que no se encuentran en comercios.  Aunque nunca dejaron de enfrentar grandes dificultades, lo cierto es que en una década la Red de Huerteros pasó de la supervivencia a la crisis a una oferta de productos de excelencia en alimentos y bebidas.

Y los acompaña una tendencia: “La gente prefiere comprar menos y bueno”, dice el almacenero Milito.

Pero saliendo de la buena mesa hay rubros donde la especialización empieza a patear en contra. Así lo advierte el secretario de Producción municipal, Sebastián Chale, quien afirma que los últimos años fueron poniendo contra las cuerdas al sector de informática y electrónica. “Están en situación crítica. Las grandes cadenas de electrodomésticos, al incorporar computadoras, cámaras digitales y otros artículos del rubro, con extensos planes de financiación, los han complicado bastante”, dice el funcionario. Y en rigor, los grandes comercios, que parecen operar prácticamente –o totalmente– como fideicomisos, al ir satisfaciendo la demanda incorporan productos que antes dejaban de lado. “Ya toman muebles, vehículos y prácticamente cubren todos los productos para el hogar”, puntualiza Chale.

Sin embargo, el secretario entiende que lo mismo está ocurriendo en los comercios más chicos, aun los de alimentos. “Se están diversificando. Si es una verdulería, incorporan otros productos; si es una carnicería, agrega, por ejemplo, vinos”, dice. Para el funcionario esa diversificación es la clave de la supervivencia en los comercios de barrio: “Tienen menor rentabilidad pero como hay un buen momento, compensan con el nivel de ventas”, explica.

Acompañando lo que dice Chale, es difícil encontrar un quiosco, sobre todo los nuevos, que no sea o no parezca un minimercado. Cigarrillos, golosinas, pueden alternarse con productos de primera necesidad: los horarios extendidos favorecen, en ese sentido, al rubro. Pero no son pocos los que han agregado una o dos cabinas telefónicas, alguna computadora conectada a internet, o improvisadas mesitas para el expendio de café. Minimarket, los llaman y, salvo excepciones, llegan a tener más variedad de productos que la antigua “granjita” de barrio, incluyendo alguna que otra comida preparada.

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