Coronavirus

Ciencia ficción o ficción al servicio de la ciencia: entornos desconocidos y deslumbrantes

La pandemia de coronavirus viene dando cátedra sobre la consolidación del impacto, y hace rato que la realidad superó a la ficción. Quizás por eso las investigaciones científicas en genética que se volcaron al desarrollo de tratamientos y vacunas parecen sacadas de un film futurista


Elisa Bearzotti

 

Especial para El Ciudadano

 

Todos sabemos que el sistema capitalista se basa en mantener siempre activa la rueda del consumo, y para ello no duda en manipular arbitrariamente nuestra fantasía. Un esquizofrénico dispositivo publicitario es la herramienta justa para dirigir a los seres humanos hacia una masacre anunciada, debido a la constante expoliación de recursos, haciéndonos cada día más pobres e infelices. Los estudios (y los hechos) demuestran que la intencional administración de las emociones –resumen de anhelos y despechos, causa de nuestros malestares y alegrías– es responsable de poner en marcha el motor del mercado, actuando sobre las decisiones de compra. Eso lo saben bien todos los directores de marketing y por supuesto, también los canales de noticias que, para vender más, suelen enfocarse en el “cross a la mandíbula”, como preconizaba Roberto Arlt. Pero, ¿cuánto es capaz de tolerar el espíritu humano? ¿Cuál es el momento en que decidimos cerrar los ojos y taparnos los oídos para no dejarnos arrastrar por la vorágine de lamentos y horrores cotidianos? ¿Cuál es el punto de no retorno?

La pandemia de coronavirus viene dando cátedra sobre la consolidación del impacto, y nuestra resistencia se debilita cada día más. Ayer, un comentario debajo de una de las tantas noticias lúgubres de estos días (que nada tenía que ver con la pandemia) clamaba: “¡Basta de cosas tristes! Ya tenemos bastante con el resumen diario de muertes y contagios”. Sin embargo, la realidad no da respiro y resulta imposible dejar de conmoverse con algunas historias, como la de Santiago Gerónimo, jefe de guardia del Hospital Arturo Illia de la localidad de Alta Gracia, fallecido por coronavirus a la edad de 44 años, vacunado con ambas dosis; o la de María Castelló, enfermera del Hospital Santojanni, de 34 años, fallecida en idénticas condiciones. Y es que hace rato que la realidad viene superando a la ficción… Quizás por eso se despertó mi curiosidad sobre las pruebas científicas que se llevan a cabo para comprender un poco más las artimañas del virus y que parecen ser parte de un film futurista, ya que los estudios genéticos están a la orden del día.

De acuerdo a Genotipia, un blog especializado en el tema, esta área tiene el mérito de haber descubierto ciertos dispositivos que hoy resultan de uso masivo, como el test de PCR, una técnica que permite amplificar de forma específica fragmentos de ADN hasta hacerlos detectables. También el desarrollo de tratamientos contra el coronavirus se basa en terapias genéticas, ya que luego de desentrañar el genoma de Sars-CoV-2, se puede diseñar o buscar moléculas que alteren su secuencia de ADN y tengan efecto terapéutico. Otra línea de investigación busca obtener anticuerpos de diseño para bloquear la acción del virus. Lo mismo ocurre con las vacunas, que utilizan alguna molécula o proteína característica del virus para presentarla al sistema inmunitario. Éste piensa que un virus real está atacando y genera una respuesta que será recordada por el organismo y facilitará que, si la persona entra en contacto con el virus real, pueda desarrollar una respuesta inmunitaria frente a él.

Pero hoy por hoy, el aporte más importante que puede brindar la ingeniería genética es encontrar la respuesta para la pregunta que desvela a todo el mundo: ¿Por qué unas personas apenas tienen síntomas y otras enferman de gravedad cuando se infectan con el coronavirus SarsS-CoV-2? ¿Por qué el virus se ensaña de tal modo con algunos organismos hasta conducirlos a una muerte inesperada e inconsolable? Un año de pandemia y de investigaciones científicas han demostrado que ciertos factores como la edad o las enfermedades previas influyen en la gravedad del paciente. Sin embargo, la gran incógnita sigue siendo por qué algunas personas jóvenes y sanas enferman gravemente, y la respuesta podría estar en los interruptores químicos que regulan la expresión de sus genes. En su epigenética. Recientes estudios indican que alrededor del 13% de la población mundial tendría una firma epigenética inscripta en su ADN, lo cual significa que hay un 13% de la población que, aun estando sana, si algún día contrae el virus tendrá un elevado riesgo de enfermar gravemente. Estas cifras coinciden con lo observado durante esta pandemia, que en tan solo un año ha dejado más de 136 millones de personas contagiadas y casi tres millones de fallecidos.

Luego de recorrer un poco el enigmático universo de la biología genética, no pude sustraerme a la tentación de hacer algo de futurología incierta, porque bien sabemos que la especie humana –cual bebé que gatea y explora– es curiosa y amante del corrimiento de límites. La búsqueda por una filmoteca básica de ciencia ficción, me llevó hasta “Gattaca”, la película escrita y dirigida por Andrew Niccol y protagonizada por Ethan Hawke, Uma Thurman y Jude Law. Allí se muestra una sociedad sustentada sobre los códigos de la competencia extrema que apela a los recursos de la ingeniería genética para diseñar niños más sanos, con mayor resistencia física y mejores condiciones para la conquista espacial, más adecuados para la supervivencia que los pobres bebés gestados de modo natural, generalmente por error y casi siempre, predestinados al fracaso. O “Jurassic Park”, la taquillera película de Steven Spielberg donde la manipulación genética provoca una verdadera catástrofe, por suerte y para tranquilidad del público, sólo confinada a los límites de una exuberante isla tropical.

Pero, a juzgar por las evidencias actuales, estas distopías podrían fácilmente transformase en utopías durante los próximos decenios, momento en que los humanos necesitarán recurrir a cualquier medio para asegurar la vida en la Tierra, un planeta casi sin recursos y con un clima cada vez más extremo. Volviendo al inicio de esta crónica, como decía el querido Pancho Ibañez, creo que “todo tiene que ver con todo”: el consumo con la modificación del ecosistema, la alteración del ecosistema con la aparición de nuevas enfermedades, las enfermedades con nuevos descubrimientos y los descubrimientos con entornos desconocidos y deslumbrantes, como los que apetecemos disfrutar alguna tarde de lluvia, mientras leemos una buena novela o vemos un buen film de ciencia ficción… un género literario cada vez más real.

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