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Chicos hiperkinéticos: es clave un diagnóstico profundo y estudiado

Por Antonio Capriotti


cienciadentro

Cuentan con nombre y apellido, se los conoce como Síndrome de Desatención e Hiperactividad (ADD) y Síndrome de Trastorno Generalizado del Desarrollo (TGD), ahora también llamado Trastorno del Espectro Autista (TEA). Según un informe elaborado por la Unidad de Salud Mental y Comportamiento Saludable del Ministerio de Salud de la Nación, el 14 por ciento de los chicos de entre 6 y 11 años tiene problemas severos de atención; el 15,7 de agresividad y de antisociabilidad y el 13,9 de ansiedad y depresión. Si bien en general estos números se mantienen constantes en los últimos años, aumentaron los diagnósticos que los sindican como enfermedad a tratar.

Para Clemencia Baraldi, psicopedagoga, psicóloga y psicoanalista, “el Síndrome de Desatención e Hiperactividad (ADD) y el Síndrome de Trastorno Generalizado del Desarrollo (TGD), son diagnósticos que se hacen desde el punto de vista fenoménico. Por mi formación, no me parece serio diagnosticar por lo que se ve. Es como diagnosticar la fiebre que puede responder a múltiples causas”.

—¿Entonces?

—Tendré que interrogarme sobre qué hay detrás de cada chico hiperkinético. A veces, es simplemente un niño un poco más inquieto y que nos está diciendo que no puede responder al nivel de exigencias que se le pide. Las de hoy se han multiplicado: doble escolaridad, idiomas, deportes, u otras actividades que, sumadas, generan una presión extra, por la cual los chicos dejan de jugar y de crear, produciendo trastornos en el armado de su subjetividad. Nos hemos encontrado con muchos chicos con trastornos hiperkinéticos que no habían pasado por la etapa del juego, altamente necesaria para el desarrollo del psiquismo infantil.

—¿Entre qué edades?

—De los 2 a los 5 sobre todo debería ser juego. Armar personajes. Crear historias. Porque les permite la elaboración de una serie de traumas psíquicos, algunos inevitables. Se supone que a los 6 años el chico ha adquirido una suerte de madurez psíquica que le permitirá enfrentar el primer grado. Muchas veces el chico llega muy desestructurado a la escuela y no está en condiciones de responder a las exigencias del docente y va de un lado al otro, mostrando que con “eso” no puede.

Para Ofelia Madile, licenciada en Psicopedagogía y coordinadora académica de la carrera de Psicopedagogía del Instituto Universitario del Gran Rosario (IUGR), “estos son los niños que terminan siendo expulsados por la impotencia del maestro de poder retenerlos y sostenerlos. Colocan el énfasis en una planificación que se pensó para el día; ese niño que no consigue prestar atención es descartado y pasa a ser el centro del problema: problema que tendría que estar resuelto en el marco de la escuela en cómo ajustar las propuestas para estos chicos para que no queden marginados ni estigmatizados. La escuela es un lugar de encuentro. Al chico que queda afuera, en general, se los deriva a un centro de salud”.

Al preguntársele sobre qué es lo habitual en estos casos, Madile responde que “se les hace un diagnóstico en los centros de salud o se los envía a los neurólogos, a los hospitales. Muchos de ellos son derivados a circuitos privados, se los diagnostica y se los medica”.

La psicopedagoga acerca a la mesa un trabajo realizado por Silvia Grande, en el que la autora describe un estudio realizado en 27 escuelas comunes, sobre algo más de 300 chicos con un certificado de discapacidad; donde un 12 por ciento de ese grupo tenía una patología comprobada y el 88 por ciento de chicos restantes eran funcionales que produce el mismo sistema. Es el chico que no presta atención y que termina desertando.

Ofelia Madile advierte: “Hay que tener cuidado en marcar a los chicos con diagnósticos indelebles que se fijan y definen prematuramente al chico. Son inamovibles. Obtienen un certificado y una marca. El tema no es que no existan patologías. Sí llama la atención que sean tantos los diagnósticos”. Y sigue: “¿Qué pasa? Es un malestar de época. Un fracaso de la escuela. Es necesario pensarlo como problema y darle un abordaje amplio e interdisciplinario”.

Es muy conocido y consultado por los especialistas en salud mental el DSM IV, un canon pergeñado por especialistas en el mundo. La pregunta que cabría hacerse es cómo influyen en los profesionales en el momento del diagnóstico. Para Baraldi, “se está ‘patologizando’ a la infancia, y de la peor forma, ya que se está haciendo un diagnóstico botánico del ser humano. Se pueden clasificar plantas pero el ser humano es mucho más complejo. Su aparato psíquico es único, no se lo ve, se lo deduce. Para lo cual es necesario tomarse el tiempo para ver qué pasa con cada chico que es único e irrepetible”.

Para Madile habría que “generar talleres de aprendizaje, más allá de la tarea prefijada. Talleres de producción. De socialización. Para que adquieran hábitos para el aprendizaje y pasen a formar parte de la cultura escolar.

—¿Y al docente se les enseña estas modalidades, esas herramientas para que puedan encarar este tipo de espacios?

—Creo que en el nivel inicial mucho de esto, como espacios para juegos y apuntalar la cultura escolar, está instalado. Pero en el nivel primario esto se pierde.

Para Baraldi “la formación del docente es escasa ya que se lo forma tan sólo como un técnico”. Y enfatiza: “Cuando la técnica que se implementa no da resultados, el docente a pesar de muy buena voluntad no sabe qué hacer y no es porque no quiera, para lo cual hay que ponerles todos los auxiliares que hagan falta o transformar a la docencia en una carrera universitaria ya que el alto grado de complejidad de abordar el aprendizaje y la responsabilidad de hacerse cargo de la formación de nuestros chicos, hace que esté en un lugar de relevancia en el cual no sólo la educación sino la salud mental de nuestros niños está en juego”.

“Lucen sanos, pero padecen alguna alteración”

María del Rosario Aldao, neuropediatra y jefa del servicio de Neurología Infantil del Hospital de Niños “Víctor J. Vilela”, sostiene: “En los últimos años se ha incrementado el diagnóstico de trastorno por déficit de atención e hiperactividad en chicos en edad preescolar y escolar. Dicho diagnóstico, y la utilización de fármacos para su tratamiento, han motivado una fuerte polémica entre profesionales que se pronuncian a favor o en contra. En estos años aprendimos que algunos chicos, aunque luzcan sanos, tienen alguna deficiencia en funciones cognitivas que generan una alteración en la manera de comportarse. Lo encontramos en el examen clínico, siempre que nos tomemos el trabajo de prestar atención de cómo el niño va adquiriendo su temperamento: hay chicos más irritables que otros, más impacientes, necesitan moverse, no pueden esperar. La manera de ser muchas veces se hereda y el temperamento nos acompaña de por vida”.

Según la especialista, “hay que tratar de identificar qué es lo que pasa con el chico que viene con esta queja, buscar cuál es el origen. Y aunque sean aparentemente normales, con resonancias y el electroencefalograma normales y que carezca de lesiones evidentes, pueden tener déficit funcionales”.

Uno de los ejes más importantes para el abordaje de la problemática de los niños hiperactivos es la psicoeducación: darles a los padres las herramientas para que entiendan qué es lo que les pasa y poder manejarlos, educándolos. Muchos padres están desconcertados y no aciertan a poner límites y a distinguir entre éstos y el castigo.

“La medicación es útil. Hay que saber usarla y yo prefiero que antes que le reduzcan el horario de clases a un chico porque se cansa y molesta es preferible darle una medicación que lo va a tener un poco más atento”, advirtió.

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