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Catalino Domínguez, asesino serial, ladrón y experto en fugas

Asesinó a ocho personas a partir de la búsqueda de un venganza contra un amigo y su ex pareja, tras una infidelidad. Se escapó dos veces de la Policía hasta que luego fue acribillado a balazos por los uniformados durante un tiroteo


Por Gastón Marote/ NA

Juan Catalino Domínguez era para todos un gran hombre más allá de algunos robos cometidos, pero se convirtió en uno de los peores asesinos seriales de la Argentina, tras matar a ocho personas después de haber encontrado a su esposa teniendo relaciones sexuales con su gran amigo, a quien lo había hospedado en su propia casa.

Nacido en Rauch, provincia de Buenos Aires, el 4 de mayo de 1910, este hombre tuvo algunos problemas con el delito debido a algunos robos y hurtos que cometió en 1933 en las zonas rurales de Ayacucho y Coronel Vidal. En 1935 se casó con Isabel Criado, oriunda de Balcarce, de 18 años, mientras él tenía 25. Con el correr de los años el matrimonio y su pequeña hijas se instalaron en Mar del Plata y en 1944 comenzó a cambiar la vida para Domínguez.

En ese entonces, él trabajaba como jardinero y alambraba campos cercanos, al tiempo que los vecinos lo tenían como una buena persona y muy cordial. Un día el hombre alojó en su casa a un viejo amigo llamado Rafael Luchetti, que no andaba bien de plata.

Había mates, charlas y alguna que otra ginebra en la vivienda, pero un día Domínguez llegó de trabajar y encontró a su mujer en la cama con Luchetti. En ese momento hubo gritos, una discusión y un disparo del “traidor” que hirió al jefe de familia en una pierna. Debido a esa herida fue trasladado al hospital, donde estuvo internado varios días.

Ante esa situación, el amigo aprovechó para escaparse con la esposa y la hijita del dueño de casa. Cuando Domínguez fue dado de alta empezó la búsqueda de su familia y la posibilidad de vengarse, por lo que recorrió toda Mar del Plata, pero sin suerte.

Sabía que la madre de Luchetti vivía en Dolores y se fue hasta allí. Para eso empezó a trabajar como peón rural en un galpón de las afueras de la ciudad, mientras vigilaba la casa de la mujer y esperaba con mucha paciencia.

Sin embargo, un día no aguantó más y se metió en la casa de doña Gregoria, que vivía con su nuevo marido, Narciso Peñalba. Los interrogó con mucha violencia, pero la pareja no tenía ni idea de dónde podían estar su amigo, su esposa y su hija.

Enfurecido por no conseguir detalles, los golpeó muy fuerte, los mató a garrotazos y puñaladas, y luego escondió los cadáveres en un pajonal para después huir. La Policía encontró los cuerpos y comenzó a seguir el rastro de Domínguez.

Lo encontraron en Mendoza y tras meterlo en una camioneta, se lo llevaron para un Juzgado de La Plata. Sin embargo, cuando pasaron por Pergamino, Domínguez dijo que estaba descompuesto y que tenía que bajar para hacer sus necesidades. Los oficiales le sacaron las esposas y Catalino se metió en un maizal para luego escapar.

Un año después, el hombre se enteró que su hija estaba en Mar del Plata y regresó, pero la Policía lo descubrió y se enfrentó a balazos contra los uniformados bonaerenses. Allí volvió a ser herido en una pierna y en el intento de huida se fracturó un fémur.

Fue trasladado de nuevo al hospital de la ciudad, pero ahora estaba esposado a la cama y la habitación era custodiada permanentemente. Una noche pidió permiso para ir al baño, rompió un vidrio, trepó hasta el techo, saltó al jardín y se escapó otra vez.

El hombre volvió a Dolores y allí encontró a Luchetti, a Isabel y a Martita, su hija. La pareja se pudo escapar, pero Domínguez se quedó con la niña. El prófugo siguió escapando de la Policía y para eso cambiaba de trabajo y de nombre, pero se dio cuenta de que esa vida no era la apropiada para Martita y con todo el dolor del mundo la dejó en una pensión en Azul.

El 28 de junio de 1947, un peón lo identificó, tras ver su rostro en un cartel de “Buscado” en uno de los comercios de Azul. Catalino le pegó tres tiros y escondió el cuerpo, pero los dueños de la pensión habían alertado a la Policía.

La pequeña hija fue interrogada por la Policía y luego la trasladaron al Hogar del Buen Pastor, en la misma ciudad.

Días después Domínguez ya trabajaba en un campo de Chillar, cuando escuchó a dos hombres que discutían si entregarlo o no a las autoridades, ya que lo habían descubierto de nuevo, por lo que baleó y mató a ambos.

Posteriormente se unió a unos linyeras que recorrían las estaciones de tren para hacer changas, pero mientras tanto, Catalino aprovechaba para asaltar comercios en Tandil, Rauch, Dolores, Tordillo y General Madariaga. Luego se radicó en Colonia Barragán, cerca de la estación Cobo, en General Pueyrredón. Allí conoció a Orlando Rosas, de 17 años, que se había fugado de un correccional de menores, y juntos decidieron planear un robo importante.

Domínguez había trabajado como jardinero en la estancia de la familia Mehatz y conocía sus movimientos. Ambos hombres vieron la oportunidad de entrar a bajo la modalidad “escruche” -robo en ausencia de moradores- el domingo 7 de marzo de 1948, día de elecciones.

Cuando estaban allí, Martín Mehatz, el dueño de casa, regresó imprevistamente porque se había olvidado sus documentos. Al abrir la puerta, Domínguez le pegó tres tiros, mientras que los hijos de Mehatz intentaron huir pero el mayor, Martín, de 22 años, recibió un disparo por la espalda y fue rematado en el piso.

En tanto, el menor, Marcelo, de 19 años, fue degollado, aunque este asesino serial, al ver que la agonía se prolongaba, le destrozó la cabeza con una maza.

Los tres cuerpos fueron cargados al automóvil de los Mehatz y se dirigieron hacia General Madariaga.

Los hombres se separaron: Domínguez volvió a buscar trabajo y fue empleado como peón en la estancia La Eudocia, en el partido de General Pueyrredón. Allí, la mujer del dueño lo identificó como el asesino de la familia Mehatz tras haberlo visto en el diario Crítica.

El 18 de abril de 1948, la Policía Bonaerense lo encontró escondido en la antigua estancia La Espadaña, de General Madariaga. Fue así que siete efectivos entraron de golpe y Catalino se enfrentó a tiros, pero fue abatido de cuatro balazos.

Al poco tiempo, cayó su cómplice, quien estaba escondido en un bosque pequeño de una estancia cercana.

Martita, quien no tenía 10 años cuando su padre fue abatido, siguió internada en el Hogar del Buen Pastor en Azul. Posteriormente, fue trasladada a La Plata y luego a Ingeniero Maschwitz, donde quedó en un instituto de menores hasta que fue mayor de edad.

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