Ciudad

Dolor y reconstrucción

Caso Pira: la historia del hombre que aún llora la muerte de su hija

Felipe Caruso, el papá de Daniela, una de las fallecidas en Salta y Oroño, contó qué siente hoy y cómo siguió su vida .


Felipe Caruso tenía tres hijas: Patricia, Marcela y Daniela. Pero todo cambió el 2 de marzo de 1997. Sebastián Pira (que se mantuvo prófugo hasta que el delito que cometió prescribió, aunque igual nunca regresó al país, al menos legalmente), por entonces de 21 años, conducía a 130 kilómetros por hora un Ford Galaxy por calle Salta. Al cruzar bulevar Oroño atropelló y mató a una de ellas, Daniela, de 16 años. En el siniestro también falleció María Celeste Haiek, de 22. El hecho marcó un quiebre en la vida de Felipe y toda la familia. Ya nada fue lo mismo: no solo falta una hija; también se fue una hermana, una tía, una amiga.

En 1997 Daniela cursaba el tercer año en el Colegio Santa Margarita, en zona sur. Cuando salía cuidaba a sus sobrinos y ayudaba a su papá en el negocio de fotografía que tenía a pocos metros de su casa: allí también pasaba tiempo estudiando.

“Siempre me dediqué a la fotografía. De eso vivía. Fue un oficio que pasó de generación en generación. Daniela me acompañaba mucho y cuando entraba al negocio y no la veía no lo pude soportar”, recordó Felipe.

El hombre dejó su trabajo de toda la vida porque el dolor le ganó la pulseada. Y comenzó a participar de charlas y los talleres viales que dicta la Municipalidad para infractores. También creó la asociación civil sin fines de lucro “Protejamos la Vida”. Así, desde hace varios años hace su aporte para generar conciencia sobre la necesidad de ser más prudentes al conducir.

“La muerte de mi hija influyó mucho en mi vida. Empecé a interiorizarme sobre el tránsito y cuáles eran las mejoras que habían tenido en otros países. En ésa época Rosario era un caos y no se hacía nada”, recordó.

Felipe contó que una vez su hija tenía que hacer un trabajo práctico en la escuela y –paradojas de la vida- eligió escribir sobre accidentes de tránsito.

“Esa carpeta fue el legado que me dejó. Pretendo realizar mucho más, pero me conformo con lo que estoy haciendo. Rosario es la única ciudad de nuestro país que redujo la cantidad de accidentes de tránsito”, aseguró Felipe.

Los talleres son una terapia que lo ayuda a sobrevivir. Eso también le permite hacer algo por el otro. Pero el dolor se sigue llevando bien adentro. “Dicen que el tiempo es un bálsamo y cura las heridas. Para mí no es así. Pasaron 21 años desde que Daniela murió, pero parece que fue ayer”, señala con tristeza.

Su esposa también sintió el vacío, aunque de otra manera.  “Ella nunca quiso estar en los medios, nunca apareció en ninguna foto. Cuando venían a hacernos notas, desaparecía. Le costó reponerse e integrarse a la familia, ir a un cumpleaños o a una fiesta”, relató.

Felipe dice que, antes de salir a manejar, un padre debe pensar en sus hijos; y al revés. “Los que pasamos esto sabemos cómo queda la familia”, aseguró.

Aquel trágico 2 de marzo de 1997 Daniela estaba con una amiga de la escuela, María Celeste Haiek, que tenía 22 años y también murió en el siniestro. “Eran muy amigas. Celeste tenía una moto pero cuando salía con Daniela no la usaba y me decía: «quédese tranquilo Don Caruso, para mí es como una hermanita»”, recordó.

Felipe tiene hoy a su esposa Julia; sus hijas Marcela y Patricia; sus nietos Paulo, Julieta, Agustín, Luisina y Candela. Y a la luz de la casa: Lina, su bisnieta.

El hombre, de 81 años, insistió en que le amputaron una parte de su cuerpo, que no volverá  a recuperar. Nunca más fue el mismo. Un pedazo de su alma se fue con Daniela.

 

La lección del padre

Los talleres viales que brinda el municipio a infractores de tránsito tienen como objetivo crear conciencia en los conductores. Por eso, los inspectores de la Municipalidad desarrollan, en primer lugar, conocimientos teóricos sobre las normativas que deben ser cumplidas a la hora de circular por la ciudad. También se abordan los riesgos que implican la trasgresión de la ley y se hace hincapié en la necesidad  de preservar la vida propia y la ajena.

“El 90 por ciento de la gente que hace los cursos entran enojados y protestando. Pero cuando se van, son otros. Nadie se va sin saludarme personalmente”, contó Felipe.

Sobre el final, Caruso entregó un consejo. “Cada persona que sale tiene alguien que lo espera. Hay que aprender a valorar la vida, la propia y la de los demás. Tenemos que cuidarnos y cuidar. Hay que pensar que la vida es lo más valioso que tenemos. No esperar que otro nos cuide”, señaló.

 

Más infractores en los cursos

En lo que va de 2018 más de 1.200 infractores realizaron talleres de concientización en la Dirección General de Tránsito, casi el doble de los que lo hicieron en todo el año pasado. La ausencia de casco es la principal falta cometida. Cada taller es cerrado por Felipe, el papá de Daniela.

Los cursos se dictan en la sede de Tránsito los martes y jueves a la mañana con una duración de dos horas y media: concurren cerca de 70 personas por taller.

En 2017 fueron 6.237, mientras que en 2016 fueron 5.060 conductores. La tendencia ascendente se relaciona al incremento de las tareas preventivas efectuadas por el área en materia de seguridad vial.

La ordenanza 8.014 establece que un conductor que cometió una infracción de tránsito debe participar de los talleres de concientización municipal para poder retirar su vehículo remitido del corralón municipal. Es decir, que esa instancia de educación vial forma parte de la sanción impuesta por el juez de Faltas ante la comisión de una infracción, además de la sanción económica.

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