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Garibaldi 5200

Casa nueva deja atrás 30 años de crotario en Rosario Norte

Neli y Mario amaron y padecieron el lugar que ocuparon cerca de la teminal de trenes. Ahora acaso lo extrañen.


Neli y Mario se conocieron en el galpón. Así le dicen a lo que fue su casa, su trabajo y su barrio. Nunca le dicen el Crotario. Ese nombre se lo dejan a los que lo vieron de afuera. Le dicen el galpón o el hogar, porque los terrenos en los que pasaron buena parte de su vida  fueron también el Hogar Santa Josefina Bakhita, fundado y gestionado por el cura Tomás Santidrián. Durante años las sencillas construcciones, emplazadas en una de las zonas más cotizadas de Rosario, dieron un techo y comida a ancianos que se habían quedado solos y se convirtió en un asentamiento en el que hasta esta semana continuaban viviendo alrededor de 30 familias.

Mario llegó mucho antes de que el asilo de ancianos empezara a funcionar, en 1994. Pisó la tierra lindera a la Estación Rosario Norte hace 30 años, después de perderlo todo, de “derrocharlo todo”. Había tenido un trabajo, una familia y un accidente laboral fue el principio de una profunda caída que le dejó el cuerpo dolorido hasta hoy. En el galpón encontró un techo, un patio, una ventana con vista a los andenes, una chapa para hacer asados y, con el tiempo, un oficio para vivir, el de restaurador de muebles antiguos.

Neli también llegó después de perderlo todo, casi como afirmando la premonición de que el Crotario era algo más que un lugar en ruinas. Trabajó de cocinera del hogar y todos los días hacía un plato distinto. Al cura Santidrián lo esperaba los sábados con empanadas de carne, porque –dice Neli– eran sus preferidas. Desde que el sacerdote murió no las pudo cocinar más.

“Todo lo demás sí, me encanta cocinar. Pero con las empanadas no pude”. Cuando el hogar empezó a caer, tras la muerte del fundador, Neli y Mario empezaron a cirujear. En los terrenos clasificaban lo que juntaban en el barrio, lo restauraban y lo vendían.

Primero fueron amigos, después se juntaron y se enamoraron. Ella ya tenía dos hijos que también vivían en el galpón y que le dieron varios nietos. Juntos tuvieron a Facundo, que hoy tiene 15 años y que se crió en las vías del tren, entre los vecinos de siempre y los nómades, la sombra de los árboles y la vista a un río ancho y marrón que ahora está tapada por las torres Dolphines.

El galpón era un mundo aparte de la civilización, piensa Neli. Ahí las navidades se celebraban entre viejos y crotos, con tablones sobre los andenes del tren, con pan dulce y helado Yomo. Ahí los gendarmes llevaban a los pibes para apretarlos, para molerlos a palos, para ponerles un arma en la cabeza y no sacarla hasta que jurasen fidelidad laboral. En esos 150 metros de largo por 30 metros de ancho y a metros del túnel Celedonio Escalada, nacieron chicos y se formaron familias, se armaron y desarmaron aguantaderos, se peleaba por el vecino y se llegaba a no soportarlo. Se adoptaron mascotas, se vivió la facilidad y la pena, se vieron los mejores amaneceres y se sintieron en todo el cuerpo las madrugadas que dan miedo y dejan inmóvil.

“Las mudanzas son fuertes. Estamos contentos con la casa nueva, corre un viento fresco y hay una tranquilidad que ya no había en el galpón. Estamos viendo cómo acomodamos todas las cosas, porque allá era tan grande que uno acumulaba”, dice Neli y Mario completa: “Pero mientras ordenamos, se nos da por llorar todo el tiempo porque ese era nuestro lugar en el mundo, toda una vida pasó en el galpón”.

Desde este lunes, Neli, Mario, sus hijos y nietos viven en una casa blanca y a estrenar en el Pasaje 1814, a la altura de Garibaldi al 5200. Lejos del centro y en el oeste rosarino, al igual que las otras 30 familias que vivían en el Crotario, después de años de negociaciones aceptaron las viviendas –“y no la plata porque la plata te la gastás y estás en la misma”– y dejaron atrás el galpón.

“Ya no era lo mismo vivir ahí, se había vuelto muy difícil la convivencia y el lugar se venía abajo. Nosotros nos queríamos ir, pero también todo el tiempo queremos volver”, dice Neli. Y siente el impulso de tomar el colectivo para ver cómo está su casa, la que fue su casa, y buscar a los dos perros que no pudo llevarse, sentarse en el banco de quebracho, preparar la última cena de Navidad, recibir el año nuevo. “No te van a dejar entrar, arreglamos que no podíamos volver”, la hace entrar en razón Mario, pero enseguida se nubla. “Nos gustaría que hagan un parque, que sea un lugar al que podamos volver aunque no esté nada de lo que dejamos”, dice.

Es que entre todos los habitantes del Crotario queda una duda amarga: que el destino de las tierras que fueron su casa sea el de una urbanización para unos pocos. Tal vez un par de torres con vista a otro par de torres.

Vecinos en la duda sobre el parque

Si bien desde la Municipalidad  aún no se comunicó oficialmente el destino de las tierras en las que estaba asentado el lugar conocido como el Crotario –lindero a la estación Rosario Norte–, a principios de 2011 el entonces intendente Miguel Lifschitz anunció para esa zona un proyecto urbanístico denominado “Plan Especial Pichincha”.

La propuesta consistía en un importante desarrollo inmobiliario, con la construcción de un complejo de tres torres, con un centro comercial y un entorno verde, en línea con los emprendimientos privados que caracterizan a la costanera norte.

Por lo pronto, se informó que el lugar será reconvertido en un parque público.

Seguridad Comunitaria

El traslado de las 30 familias que vivían en las instalaciones del Crotario no fue de un día para el otro. Tiene detrás un trabajo de tres años de los agentes de la Secretaría de Seguridad Comunitaria, dependiente del Ministerio de Seguridad Provincial.

Según Eduardo Brotta, uno de los promotores con más llegada a los que habitaron la zona, lo novedoso fue que se trató de una “gestión de conflicto multiagencial” que involucró a diferentes dependencias tanto del Estado provincial como municipal. De esta manera, los promotores trabajaron en un censo de las familias y de los adultos que vivían solos en el galón para que nadie se queda sin un lugar donde vivir. El momento de la mudanza llegó cuando todas las condiciones estaban listas y, para la gran mayoría de las familias, partir del Crotario fue la posibilidad de la primera casa propia. “La situación en la que vivían era sumamente precaria. Por eso, antes del traslado se trabajó también en temas de higiene y salud y en la vacunación e inscripción de los chicos en la escuela”, dijo Blotta.

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