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Opinión

Bandera e identidad


Aquel 27 de febrero de 1812 sobre las barrancas del río Paraná en la entonces Capilla del Rosario del Pago de los Arroyos, llamado oscuro pueblo de Rosario por Bartolomé Mitre en su “Historia de Belgrano” haciendo referencia al lugar del trascendental hecho, se marcó un hito en nuestra historia patria: la Revolución de Mayo y la lucha por la Independencia tomaron identidad. Dar identidad a la Revolución y a la naciente Nación que se forjaba fue el objetivo de Belgrano en la realización del acto de creación de la Bandera, idea ya iniciada con la propuesta de la Escarapela, que identificaba a nuestros soldados de los españoles cuya cucarda era roja y amarilla. Aquel acto fue de tal trascendencia que, a pesar de la orden de retiro de la Bandera creada, con diferentes diseños se siguió usando de hecho –y de derecho a partir del Congreso de Tucumán, que la aprobó–. Pero la lucha continuó con mucho esfuerzo y sacrificios de vidas, para llegar a la República Argentina que se identifica por aquella bandera celeste y blanca en el contexto mundial de las naciones.

El primer paso, la Escarapela, tuvo aceptación por parte de la autoridad radicada en Buenos Aires. De allí había partido al sitio elegido. Era conocido por la estratégica altura de las barrancas que permitía dominar la navegación del río con el propósito oficial de construir baterías de artillería. La inauguración de las mismas, que denominó Libertad e Independencia, explica por qué el acto debía contar con símbolos patrios. La Escarapela fue considerada una loable iniciativa, pero la Bandera fue una gran sorpresa que, por un lado, en el futuro, llenaría de orgullo a los presentes que vivieron el primer izamiento del pabellón nacional y por el otro, de estupor al Triunvirato que ordenó retirarla. Los privilegiados en presenciar el acontecimiento fueron la tropa, los vecinos de la aldea rosarina y los moradores rurales del Pago de los Arroyos  atraídos por la presencia del pequeño ejército.

En la misiva informando el acto y el hecho novedoso Belgrano escribió, “…siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola, la mandé hacer celeste y blanca conforme a los colores de la escarapela nacional: espero que sea de la aprobación de V.E.”. De este texto se conoce la respuesta a la esperanza de aprobación, pero es interesante recordar a quién fue dirigido el pedido de hacerla. Fue a María Catalina Echevarría de Vidal, que confeccionó la Bandera según una tradición ya transformada en historia con firmes fundamentos. Porque Belgrano estaba alojado en la casona de esa familia por su amistad con el hermano de la anfitriona, doctor Vicente Anastasio Echevarría. Fue éste un patriota rosarino, presente en el cabildo de 22 de mayo votando por la destitución del virrey y asesor de Belgrano con quien había viajado al Paraguay en misión diplomática. Hay documentación epistolar entre ambos en el archivo histórico de la biblioteca del Museo Histórico Provincial “Doctor Julio Marc”.

Aquella fundamental decisión de muy alto sentido revolucionario, de dar identidad al proceso que se estaba ejecutando, como el de instalar batería para cañonear barcos españoles, produjo también una impronta que no tardó mucho en pasar de los simbolismos de la iconografía plástica a factores reales. Aquellas altas barrancas no fueron efectivas para el objetivo por el bajo calado de los barcos de la época que, aprovechando una crecida la eludieron por un riacho paralelo. Pero aquel paisaje geográfico de altas barrancas, en general determinan mayor profundidad y este fenómeno fue factor en la decisión de Urquiza de elegir a la ya Villa del Rosario a ser el principal puerto de exteriores de la Confederación por ser apto para barcos de mayor calado y previendo el futuro, a diferencia del histórico de Santa Fe de margen muy baja y escasa profundidad. Y el puerto de las altas barrancas fue a su vez factor para transformar a la Villa en la portentosa ciudad de principio del siglo XX. La ciudad de las altas barrancas mantuvo la identidad de haber sido la cuna de la bandera, lema que se fue acrecentando y a poco de entrar en el nuevo siglo, allí, el intendente Luis Lamas colocó la piedra fundamental de un monumento que, concurso tras concurso, llegó a la década del cuarenta para el inicio de obras recién inauguradas el 20 de junio de 1957. La monumentalidad dada por la arquitectura de la torre, el patio cívico, el propileo con su llama votiva, representando el fuego sagrado de la argentinidad, más las esculturas, los altos y bajos relieves y su simbología, nos impactaron a los rosarinos como a todos los argentinos y turistas de cualquier parte del mundo que lo visitan. Es el sitio emblemático de la ciudad, donde todos los años miles de niños de todo el país realizan la promesa de lealtad a la bandera, en el mismo lugar donde nació, que dio identidad a la nueva Nación y a la ciudad.

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