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Juicio

Banda de los Cerrajeros: abreviado para el “che pibe”

Tiene 18 años y pertenecía a la banda de Los Cerrajeros, un grupo liderado por un rosarino y un bonaerense al que se le atribuyen unas 44 entraderas violentas en las que sólo buscaban dinero y alhajas que pudieran vender.


Un joven de 18 años apresado a principios de julio pasado y acusado de formar parte de la banda de Los Cerrajeros sindicados por 44 entraderas en Rosario y alrededores acordó tres años de prisión en suspenso por el delito de encubrimiento, mientras que la imputación por asociación ilícita se archivó luego de que el chico no fuera reconocido por ninguna de las víctimas.

El acusado, identificado como Nicolás Heredia, cayó a principios de julio pasado en el marco de los 14 allanamientos que ordenó la justicia. Los uniformados encontraron 7 armas (la mitad de las incautadas a la banda) y dos bolsas con elementos robados en la casa del chico, ubicada en Cerrito al 5200, a pocos metros de la vivienda del jefe rosarino del grupo, lo que le hizo suponer a la pesquisa que se ocupaba del acopio.

El abogado defensor Maximiliano Nicosia indicó que tras acordar a comienzo de diciembre su responsabilidad por el delito de encubrimiento, estará con prisión domiciliaria hasta la homologación del acuerdo firmado entre las partes. Luego quedará con prisión condicional.

En tanto, para el resto de los integrantes de la organización, a los cuales se les vence la medida cautelar el mes próximo, aún restan medidas de reconocimiento de parte de las víctimas de entraderas en sus viviendas.

Los Cerrajeros

Los siete detenidos bajo sospecha de conformar la banda de Los Cerrajeros, señalada por al menos 44 entraderas cometidas en Rosario y sus alrededores, fueron imputados el 14 de julio de ser parte de una asociación ilícita –dos de ellos en calidad de jefes–.

Los Cerrajeros cayeron el 10 de julio pasado por un pequeño error: uno de los “che pibe” del grupo se quedó con el celular de una víctima y le dio uso diario. Los investigadores encontraron, por el número de pin, que el teléfono estaba en uso y ordenaron que fuera intervenido. Así, luego de 7 meses de grabaciones y escuchas, las fiscales de Investigación y Juicio, Georgina Pairola y Viviana O’Connell, lograron desencriptar lo que, consideran, fue la operatoria de una banda que ingresaba a casas coquetas “de clase media alta”, amenazaba y, en algunos casos, torturaba a las víctimas para que les entregaran objetos chicos, pero de mucho valor.

Los integrantes de la banda no buscaban casas vacías, atacaban en momentos en los que podían encontrar a sus moradores. Solían operar a la mañana temprano, a la hora del almuerzo o por las noches; pero nunca de madrugada. Su forma de obtener el botín era mediante amenazas y torturas. Tomaban a los blancos más sensibles –mujeres o niños pequeños– y amedrentaban a sus parientes para que entregaran alhajas y dinero en efectivo. De acuerdo con las investigadoras, solían amenazar con quemarlos con planchas –en dos ocasiones incluso lo hicieron– o cortarles los dedos con cuchillos de cocina.

“Entraban entre 2 y 4 personas, con mochilas o una bandolera. Cuando los asaltados les ofrecían que se llevaran televisores o autos ellos les respondían que no eran rateros; eran ladrones profesionales que buscaban la plata grande, la caja fuerte”, señalaron las investigadoras en diálogo con El Ciudadano al término de dicha audiencia.

Roles

Las investigadoras explicaron que la banda tenía dos patas: una en Rosario, comandada por Claudio C., un hombre de 43 años, que asegura ser empresario zapatero; y otra en provincia de Buenos Aires, que estaba a cargo de Juan Alberto V., un muchacho de 30 años que cumplió una pena de 9 años en la cárcel de Morón, por robo calificado y privación ilegítima de la libertad. Los dos jefes son amigos desde hace muchos años, aunque la pesquisa aún no pudo establecer desde cuándo. El rosarino, según la acusación, se ocupaba de la logística; elegía zonas para que operara la banda, administraba las armas, alquilaba casas para que fuesen utilizadas como centro de operaciones, manejaba autos y controlaba los perímetros, mientras sus compinches se colaban en las viviendas.

De acuerdo con la pesquisa, Juan Alberto V. ingresaba al domicilio y hacía el trabajo sucio. “Era el más violento, la persona que mandaba. Portaba el arma, se encargaba de la comunicación con el exterior y le indicaba a cada uno de sus cómplices el trabajo que debía realizar”, detallaron las investigadoras. También seleccionaba a sus cómplices y se ocupaba de que llegaran en tiempo y forma desde el conurbano bonaerense. El rosarino Eugenio S., de 30 años, junto a los porteños Marcos F., de 24, y Pablo S., de 30, además de otros dos o tres muchachos que aún están prófugos, son los sospechosos de secundar a Juan Alberto V.

Entre los subordinados fuera del núcleo violento de la banda, las pesquisas relataron el rol de Pablo S., apodado Cerrajero. Es, al decir de las fiscales, quien dominaba el rudimentario método por el cual los ladrones se colaban en las casas. Pablo trabajaba sobre cerraduras sin picaporte “de las que se suelen cerrar sin llave”, con una lámina doble de plástico flexible que introducía entre las aberturas y hacía que el pestillo se moviera hacia atrás, provocando que la puerta se abriera de par en par.

De acuerdo con la investigación, la banda también tenía dos “che pibe”. Eran Nicolás Heredia, de 18, y otro joven, Nicolás C., de 19 años, –en una situación judicial diferente por ser el hijo del jefe rosarino–; ellos se ocupaban de todas las tareas menores y, en algunas ocasiones, manejaban los autos que utilizaba el grupo. “La banda se encerraba en una casa y sólo salía para los robos, los cuales tenían intervalos de entre 30 y 45 días.

Los más chicos, entre los que se encontraba Heredia, “hacían los mandados; iban al supermercado, lavaban los autos, conseguían drogas y buscaban a las chicas –prostitutas– para sus compañeros”, explicaron en dicha ocasión las fiscales.

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