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Atrocidades de una humanidad dejada a la intemperie de sus instintos

“El colapso” describe a personajes enfrentados a situaciones límites en un mundo que parece llegar a su fin sin que se conozcan las causas. Cada uno de los capítulos se desarrolla en un espacio determinado donde en el afán de supervivencia los protagonistas se volverán feroces


Durante el mes de julio la plataforma Filmin incorporó a su programación la realización francesa El Colapso (L’effondrement), una producción de Canal + estrenada en su país de origen en 2019.

Se trata de una miniserie realizada por un colectivo de cineastas llamado Les parasites que consta de ocho episodios de aproximadamente 20 minutos de duración cada uno.

Al estrenarse en Francia el año pasado, la pandemia no se había aún declarado, por lo cual hoy, la propuesta se redimensiona desplegando su sucio imaginario apocalíptico  muy al ras de la difícil experiencia actual. Se trata de ocho capítulos independientes que describen diversas situaciones límite suscitadas en el marco de un acontecimiento nunca explicado: el colapso del mundo.

Nada se sabe ni se sabrá acerca de las causas de la catástrofe global, pero finalmente ha ocurrido. Aquello tan anunciado, aquello siempre vociferado entre profecías delirantes y certezas desatendidas por último ha terminado por tener lugar.

Un instante, y todo ya está jugado. El mundo colapsa. Ni energía eléctrica, ni combustible, ni alimentos, tampoco ya dinero que valga. Nada queda en pie de las espurias seguridades que sostenían la endeble arquitectura de Occidente.

Todas las bases del edificio de una civilización ya en ruinas han terminado de esfumarse de un plumazo. Y nunca, en la serie, se sabrá la causa, y eso hace que el punto de partida se torne más desestabilizador.

Todo es posible. Todas las causas imaginadas, pensables y cercanas pueden dar lugar a ese nuevo escenario en el que los instintos de supervivencia individuales explotan mostrando sus visos más atroces.

Cuando el mundo colapsa, sólo queda sobrevivir, y cada quien por su lado. Allí, la cruda cercanía de cada uno de los relatos, su tesitura tangible y su proximidad asordinada, le confieren a la serie una intensidad dramática que queda plasmada incluso en la forma elegida para ponerlos en forma: cada capítulo está narrado en un plano secuencia que captura la intensa desesperación de los acontecimientos.

 

Relatos en caída libre

Cada uno de los capítulos es una única situación que se desarrolla en un espacio determinado y en el tiempo que dura el relato. Un supermercado, una gasolinera, una aldea, un asilo de ancianos, o una isla, entre otros lugares.

Cada situación, siempre límite, siempre profundamente cruel y desesperada, es lo que acontece íntegramente en esos escasos 20 minutos de duración. Y con eso basta, lo cual es un gran logro.

Se respira una suerte de intensidad palpable. El relato es siempre una especie de caída libre. Todo se precipita de inmediato y la intensidad dramática se siente a cada paso, en cada gesto y en cada decisión desatinada.

En cada movimiento y en cada palabra. Sin tiempo para desarrollar y profundizar a los personajes, todo el peso del relato recae sobre el mismo acontecimiento y sobre las acciones impelidas por el afán de supervivencia.

El movimiento es crucial. Todo es movimiento. Movimiento de los personajes y movimiento de una cámara que no corta jamás manteniéndose al ras de la vivencia.

Asfixiando incluso por no dar lugar a una mirada más amplia. Se trata de un movimiento constante que sesga la mirada, que la recorta, que le impide asirse, y que resbala sin remedio hasta desnudar los más violentos impulsos individualistas de supervivencia.

El plano secuencia, como regla compositiva, en este caso encuentra una profunda justificación en esa respiración dificultosa de las situaciones que nos hace protagonistas de ese tiempo final de una humanidad dejada a la intemperie de sus instintos. Lo límite de la situación, en El Colapso, se siente, se vive, y allí radica gran parte de su fuerza.

La estúpida comedia de una civilización

Ya en el primer capítulo el colapso ha tenido lugar. Nos ubica dos días después (la serie irá avanzando en el tiempo capítulo a capítulo, hasta cerrar con un epílogo que ocurre  días antes del colapso).

Los víveres comienzan a escasear, y un cajero de supermercado debe decidir entre seguir adelante con lo que era su vida como si todo fuese a recomponerse, o escaparse con mercadería del local en complicidad con su pareja.

En 20 minutos todo se juega, todo ya está jugado. Y el colapso no se presenta de modo extraordinario. Las luces se cortan. Los clientes están algo ansiosos. Las tarjetas no funcionan.

Nada totalmente fuera de lo común. Pero aun así, con los datos mínimos del marco de la catástrofe siempre inexplicada, y con las acciones concretas y ordinarias en ese espacio reconocible, los aires del final se respiran intensamente. Esa audacia de la puesta en escena es un punto fuerte de la propuesta.

Lo “final”, lo catastrófico, el colapso, es en cierto sentido lo humano en sí mismo. Sus acciones, sus actitudes, su brutal individualismo. Lo que desespera es la brutalidad en la que se ha sumido una civilización empobrecida en sus deseos y en sus lazos.

Tenía que colapsar, la estúpida comedia de esa civilización tenía que llegar a su fin. E incluso así, de ese modo inexplicado.

Cara a cara con el presente

El colapso es oscura, también algo cruel, no tiene demasiadas contemplaciones. Cada personaje se enfrenta a una situación límite y, en general, va por su lado a costa de lo que sea y de quien sea, sin pensar siquiera en la posibilidad de una salida común y solidaria.

Y eso es lo desesperante, por palpable y por cercano. Que en algún momento el mundo colapsará bajo las garras del capitalismo voraz (valga la redundancia), es un hecho, no una elucubración distópica.

Pero que los lazos solidarios hayan sido hasta tal punto devastados que ninguna posibilidad de construir otros mundos sea pensable, esa es la catástrofe por evitar.

El colapso, allí, es una alerta que nos enfrenta cara a cara con nuestro presente. Si estamos en las proximidades del colapso quizás aún quede tiempo (aunque breve) por inventar otros mundos posibles, que serán mundos vividos en común o que no serán nada.

 

El Colapso / Filmin / 8 capítulos

Creadores / directores: Jérémy Bernard, Guillaume Desjardins y Bastien Ughetto

Intérpretes: Bellamine Abdelmalek, Lubna Azabal, Lola Burbail, Thibault de Montalembert

 

 

 

 

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