El Hincha Mundial

El espía ruso

Ángeles del Putinka


Puntual, mi amigo Koko Loko llegó a casa a las 9 de la noche con su gabán abultado. Cuando le dije que yo nunca hice ostentación de las armas que cargaba bajo mi ropa, Koko sacó de entre sus ropas una botella transparente y la movió ante mis ojos. Un Putinka brillaba con los reflejos del sol que entraba por la ventana. “Dale alegría a mi corazón…” dice una canción de un pibe rosarino que ya hizo fama y fortuna, pero es una letra acertada para describir lo que se siente ante el vodka más exquisito del mundo, cinco veces destilado y con 40 grados de alcohol.

Fui por unos vasos y brindamos por el triunfo ante Egipto. Al segundo vaso el Putinka aviva los recuerdos y como justamente una botella de esas fue la que signó un partido difícil, mi mente se trasladó a 1975, cuando jugábamos contra el Locomotiv Tashkent, un equipo aguerrido con el ánimo caldeado porque ya en las tribunas las hinchadas cantaban “Uzbekistan, Uzbekistan, si no nos dejan ser libres, se la vamos a dar”.

Esa tarde, el Dínamo sentía sobre sus espaldas el fragor belicoso de los fanáticos que se esparcía por la cancha y animaba a los jugadores uzbekos. El Dínamo era imbatible pero cuando jugaba en la Liga Socialista Soviética, las cosas solían ponerse espesas porque ya había territorios que soñaban con su independencia. Lo cierto fue que luego de nuestro primer gol, ellos comenzaron a embocar gol tras gol, y ya iban por el cuarto cuando nuestro técnico me llamó aparte. Él confiaba en mí por mi osadía para capear los partidos más difíciles y porque, siendo yo hombre de la KGB, podía resolver las situaciones más dispares sin tener que dar explicaciones.

Debo admitir que la propuesta que me hizo primero me desconcertó, pero luego, bebedor profesional como era –y soy– entendí que era una posibilidad. De ese modo las botellas de agua de vidrio contenían ahora el sabor efectivo del Putinka. A partir de allí, los jugadores uzbekos nos miraban tomar “agua” a cada ratito, ignorantes de que con cada sorbo de Putinka, nuestra sangre se calentaba y en nuestros pies se despertaba una ligereza que nos convertía en ángeles, volando sobre nuestros contrincantes con la pelota pegada a los botines. Así fuimos descontando y sumamos tres goles más. Cuando sonó el último silbato y la pelota se detuvo, los alambrados –que por suerte eran altos– explotaban de puños y caras exaltadas que pedían antidoping. Pero eso fue todo, y tanto el presidente y el técnico del Locomotiv Tashkent recibieron espléndidas botellas del Putinka como sello de nuestra pertenencia común a la grandiosa nación llamada URSS.

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