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Digno, saludable y justo

América Latina, en el desafío de trabajar menos horas sin perder productividad

Se multiplican las iniciativas y el debate sobre la problemática laboral. Las distintas miradas sobre un fenómeno, donde el salto tecnológico, tiene alto impacto


Lucia Barrios (*)

Se multiplican en América Latina las iniciativas para reducir las horas de trabajo, y con ellas un debate sobre si, más allá de los beneficios que tendría para las personas, una disminución de las jornadas laborales perjudicaría la productividad o por el contrario la mejoraría.

Mientras el sector empresarial advierte que trabajar menos horas causará una caída de la productividad -entendida como la relación entre la cantidad de productos obtenida y los recursos utilizados-, analistas y sindicatos sostienen que, con la incorporación de tecnología y mejoras en la organización laboral, por el contrario esta se fortalecería.

“En promedio, tenemos legislada una jornada de trabajo que es superior a los países más desarrollados y hay una necesidad de actualizar la normativa. Pero eso es sostenible en la medida que se haga con mayor productividad. Hay que pensar de forma sistémica para ir avanzando en los derechos laborales conjuntamente con la posibilidad de poder discutir formas de mejorar la productividad”, señalo el director de la oficina de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) para el Cono Sur de América Latina, Fabio Bertranou.

Según las normas nacionales de los países de la región, los Estados permiten trabajar, en promedio, más de 48 horas semanales, por lo que dichas normativas están por encima del convenio que aprobó la OIT en 1935, que estipula que la semana laboral debería ser de 40 horas.

Además, América Latina tiene una de las tasas más altas de informalidad; en efecto, de acuerdo con la OIT, el 50 por ciento de las y los trabajadores se encuentra en condiciones de trabajo no registrado (aproximadamente 140 millones de personas).

En este contexto el presidente de la Confederación de las Cámaras Empresariales de Uruguay, Diego O’Neill remarcó: “Entendemos que con carácter general no compartimos un planteo de reducción de la jornada laboral. Si puede ser atendible en un sector en particular. Hay realidades diferentes. Hay sectores que ya tienen jornadas menores de las 48 horas semanales. Los planteos se tienen que analizar caso a caso. La reducción de la jornada laboral podría afectar a la productividad”.

Sin embargo, el director del seminario doctoral de la Facultad de Derecho de la Universidad de Nacional de Rosario (UNR), abogado laborista e investigador de las relaciones de trabajo, Francisco Iturraspe, indicó que América Latina está muy atrasada frente a los avances tecnológicos que están ocurriendo en el mundo, los cuales reducen la cantidad de tiempo necesario para producir un bien o servicio.

“Cada vez se requiere menos tiempo para producir un bien, y sin embargo en muchos países se mantiene la cantidad de horas de trabajo que se usaron en el siglo pasado. Estamos muy atrasados en ese aspecto. Ahora se necesita menos del 10 por ciento de lo que hacía falta en el siglo pasado. Hay un cambio en el mercado de trabajo”, afirmó Iturraspe.

Cifras y países

En los últimos años, en Argentina, México, Uruguay, Colombia y Chile se está discutiendo la problemática con mayor potencia.

En efecto, en agosto pasado el gobernante partido Morena de México propuso que la jornada laboral sea de seis horas.
En sintonía, el 1 de mayo, la central única sindical uruguaya PIT-CNT planteó durante el acto por el Día Internacional de los Trabajadores reducir la jornada laboral de 8 a 6 seis horas sin afectar el salario.

Consultado sobre las razones de este planteo, el presidente de la central, Marcelo Abdala, dijo que la ley de ocho horas data de 1912 y desde entonces se ha transformado mucho el mundo del trabajo, sobre todo con los cambios tecnológicos.

Por su parte, el Congreso chileno aprobó en abril una ley que reduciría gradualmente la semana laboral, de 45 a 40 horas.
En Argentina, el bloque legislativo del oficialista Frente de Todos expresó su disposición a discutir una eventual reducción de la semana laboral y en mayo, la Confederación General del Trabajo (CGT) reclamó un recorte de la jornada como un modo de “generar más empleo y

distribuir mejor el beneficio extraordinario del capital”.

En marzo, el gobierno de Gustavo Petro en Colombia presentó ante el Congreso una reforma laboral que busca reducir la jornada diurna y limita los contratos a término.

Según el informe Perspectivas del Empleo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde), México es el país en el que más horas anuales se trabajan (2.128 por persona), seguido de Costa Rica (2.073), Colombia (1.964) y Chile (1.914).

En comparación, los tres países que menos horas trabajan son Alemania, con 1.349 horas anuales por persona trabajadora, Dinamarca con 1.363 y Luxemburgo con 1.382.

Empresarios

O’Neill afirmó que Uruguay y la región tienen “desafíos muy grandes” en cuanto a la mejora de la productividad para alcanzar un “crecimiento estructural superior”.

“Para aumentar el crecimiento potencial, el aumento de la productividad es esencial y a priori una reducción de la jornada laboral iría en contra de esa necesidad”, remarcó.

Consideró que la incorporación de tecnología es una “necesidad permanente” para la mejora de la productividad, pero señaló que este tema no es contrapuesto al hecho de que una reducción de la jornada iría en contra de la productividad.

“La sostenibilidad de las empresas depende hoy de la incorporación de la tecnología. No creo que los empresarios estén pensando en no incorporar tecnología para tener jornadas de trabajo más largas. No. Más allá de la incorporación de la tecnología, la reducción de la jornada laboral no va en la dirección de la mejora de la productividad”, agregó.

Menos accidentes laborales

Sin embargo, Bertranou afirmó que las jornadas laborales extensas no necesariamente significan una mayor productividad.
“Hay diversos estudios que muestra que pasado un umbral de jornada de trabajo, la productividad tiende a caer y eso significa un costo promedio para la empresa mayor. Entonces, no necesariamente reducir la jornada laboral puede implicar un mayor costo de producción, incluso podría mejorar la productividad si viene con una reorganización”, indicó.

En varios estudios se puede observar que cuando se reducen las horas de trabajo, también bajan las tasas de accidentalidad, “aumenta la salud de los trabajadores y se reducen los riesgos psicosociales que aparecen a mediano y largo plazo”, agregó.

Las enfermedades y los traumatismos relacionados con el trabajo provocaron la muerte de 1,9 millones de personas en 2016, según las estimaciones conjuntas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la OIT.

Las enfermedades no transmisibles representaron el 81 por ciento de las muertes y traumatismos ocupacionales causaron el 19 por ciento de las muertes.

El riesgo principal fue la exposición a largas jornadas laborales, que estuvo vinculada a unas 750.000 muertes.
Problema estructural

Por su parte, Itarruspe, quien también es Doctor en Ciencias por la Universidad Central de Venezuela y magíster en derecho del trabajo, indicó que América Latina está muy atrasada si se compara los promedios internacionales con respecto a la productividad.

El fordismo y el taylorismo, formas de organización la producción en serie que se crearon a inicios del siglo pasado, lograron aumentar la productividad, y en las últimas décadas creció aún más con la incorporación de nuevas tecnologías, por lo que el costo marginal, definido como el precio que se asume al iniciar la producción de una unidad adicional de un bien, “viene siendo cero”, indicó el especialista.

“Es decir, cada vez cuesta menos producir una unidad de un bien o servicio, entonces cada vez se requiere menos horas de trabajo. Se reduce no solo la jornada de trabajo sino que el empleo. Evidentemente se necesita que ese trabajo escaso se distribuya de forma más conveniente”, explicó.

Indicó que en el mundo el trabajo pasa cada vez más a ser realizado por robots mientras que las tareas de cuidado son hechas por humanos.

“Países que su competitividad estaba basada en el trabajo barato se convierten en países compradores y productores de robots, ese es el caso de China. Pekín tenía un papel importante internacional gracias al trabajo de miles de chinos con bajos salarios, ahora es un país importador de robots en el mundo”, agregó.

En cambio, América Latina tiene salarios más bajos y jornadas laborales más extensas, por lo que no existen “incentivos” para que los empresarios incorporen tecnología, indicó.

“Si yo tengo un trabajador que trabaja muchas horas por salarios bajos, ¿para qué voy a comprar un robot? Eso va a generando un retraso que se va notando, porque los otros países producen cada vez con más tecnología. Los países nórdicos de Europa, por ejemplo, que tienen salarios más altos, necesitan incorporar tecnología y avanzan social y económicamente. En cambio, América Latina hace todo lo contrario y está atrasada en general”, sostuvo.

Soluciones

En este marco, Itarruspe y Bertranou consideraron que hace falta una nueva normativa para que los trabajadores tengan más tiempo disponible y facilitar la inclusión de las mujeres en el mundo de trabajo.

“Además, se tiene que modernizar los procesos productivos, donde participa más la tecnología, la automatización y la digitalización, para aumentar la productividad. Esa mayor productividad se podría reflejar en mejores salarios. La reducción de horas trabajadas implica un mayor costo por hora, lo que implicaría un salario-horario mayor para los trabajadores”, reflexionó Bertranou.

O’Neill y Bertranou señalaron que en América Latina hay una concentración de trabajadores que tienen bajas calificaciones, lo que genera que los salarios sean reducidos y produce un “entorno difícil” en el cual se pueda estimular la adopción de formas de producir con mayor tecnología.

“La productividad pasa por la capacitación de los trabajadores también, por dar mejores herramientas en la formación de la masa trabajadora. Hay que tener en cuenta que la incorporación de tecnología también requiere de puestos más calificados por lo que se necesita una reconversión del personal y en eso el Estado tiene un rol a jugar”, planteo O’Neill.

(*) Agencia de noticias Sputnik

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