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Amargo Obrero, el del pueblo

Por Santiago Baraldi.- Con los colores del anarquismo y una hoz con trigo como bandera, la bebida nacida en Rosario apareció vinculada siempre al trabajador. Sin embargo fue la primera en ensayar, ya en los 50, técnicas de “merchandising” que son modernas aún hoy.


El mítico aperitivo Amargo Obrero nunca se fue, pero está de nuevo. “El trago vistoso del hombre vigoroso” o “El aperitivo del pueblo argentino” fueron algunos de sus eslogans que prevalecieron en la década del 50 cuando una crisis vitivinícola en el país hizo definitivamente popular a la bebida hecha a base de hierbas y alcohol creada a principios del siglo pasado por los rosarinos Pedro Calatroni y Hércules Tacconi. Hoy, los nuevos dueños de la marca, Cepas Argentinas, han relanzado el producto al mercado y el pasado 1º de mayo, en ocasión del Día del Trabajador, con publicidad callejera del vermut vintage que asegura que “representa la lucha por la dignidad, los afectos y los momentos compartidos”, y concluye: “Su máximo esfuerzo está en defender la cultura nacional”. Marcela y María Delia Tacconi, junto a Sergio Fernández Tacconi, nietos de don Hércules, recuerdan los momentos de gloria de la clásica bebida que no faltaba en los estantes de los bares con la barra de estaño; el vaso de Amargo cortado con soda en las mesas de truco, tute o chinchón en los bares pueblerinos luego de una jornada de trabajo.

La famosa etiqueta donde un brazo con el puño en alto sosteniendo una hoz y un puñado de espigas de trigo, el sol asomando, y a sus costados imágenes fabriles y un hombre labrando la tierra, describían un país de trabajo fecundo, Rosario como granero del mundo, estampado en la botella para todo el país. El negro sobre la palabra Amargo y el rojo sobre la palabra Obrero, mostraban de manera solapada los colores del anarquismo sindicalista. “La verdad es que nunca escuchamos a nuestro abuelo o a mi padre hablar  de anarquismo, los Tacconi fuimos y somos muy hinchas de Newell’s… Yo lo buscaría por ese lado”, se ríe Sergio Fernández Tacconi.

“Mi abuelo Hércules se recibió de contador e ingresó a trabajar en la fábrica que Calatroni tenía en Mendoza y Pueyrredón, en 1920. Ahí hacían licores. Después se asoció, y finalmente, luego de su muerte, la viuda de Caltroni vende, en 1955, su parte a mi abuelo y la empresa pasa a llamarse Sociedad Anónima Tacconi & Cía”, relata Ana Elvira, quien junto a su hermana Marcela y a su primo Sergio fueron los últimos en trabajar hasta la venta definitiva a la empresa Bols, en 1987.

Con nostalgia reviven los días de su niñez, cuando iban a jugar a la fábrica del abuelo en calle Paraguay al 100. “Las mujeres íbamos a la administración y los varones a la fábrica. Nuestra abuela siempre impulsó para que la familia se sumara al trabajo y yo comencé desde abajo”, apunta Marcela, contadora al igual que su hermana.

Los tres evocan “el olor riquísimo” de los toneles donde se maceraban los 45 tipos de hierbas que llegaban de Córdoba y Entre Ríos, sumado al extracto de oruzú, un concentrado de pasta importado que se le agregaba junto a un caramelo que le daba color a la bebida. Ese mix, junto a los 19.9º de alcohol que tenía la bebida –la mitad que un ron, whisky o cognac– constituían el Amargo Obrero.

El vaso del trabajador

La década del 50 será vital en el crecimiento del Amargo Obrero, tanto Hércules como su hijo del mismo nombre –al que todos conocían como Chiche y era el padre de Marcela y María Delia– vieron una oportunidad única: “Luego de una crisis vitivinícola en esos años, había faltante de vinos y la empresa decide hacer una fuerte apuesta publicitaria. Mi padre viaja a Buenos Aires e instala cartelería en Retiro, en el barrio de La Boca, en la Bombonera, en las zonas fabriles del Gran Buenos Aires. Cuando ni se conocía la palabra «merchandising», él lo hizo: Amargo Obrero se veía en almanaques, llaveros, auspiciando autos de carrera de turismo carretera… Fueron de los primeros en auspiciar un gol en las transmisiones de fútbol o radioteatros, o en hacer los famosos ceniceros de lata típicos de los bares. Recuerdo de chica, ir a los Carnavales del parque Independencia, y ahí había una carroza con una enorme botella de Amargo Obrero…”.

Los integrantes de la familia Tacconi leyeron con molestia muchas imprecisiones en notas publicadas en medios porteños que instalaron el relanzamiento de la bebida: “En algún lado salió que Galtieri obligó al cambio de etiqueta por subversiva, y nada que ver”, se quejaron. “La etiqueta cambió a fines de los años 60, cuando la fábrica se mudó de calle Paraguay al 100 a Lavalle y Tucumán, donde hoy está MicroPack. Ahí se instaló maquinaria más moderna”, agrega Sergio quien a los 14 años “jugaba” en una pesadísima máquina Mercator de Olivetti, “que servía para facturar y sacar las fichas de cuenta de contabilidad”.

La fórmula en la billetera

A comienzos de los 60 falleció don Hércules y su hijo Chiche suma “al tío Luis”, quien tenía una fábrica de vinagre. “Recuerdo que Luis andaba con la fórmula del Amargo Obrero en un papelito que llevaba en la billetera. Eran muy celosos con las proporciones, y cuando estábamos en calle Paraguay era todo más artesanal, más a pulmón… De hecho recuerdo a Antonia,  la encargada de lavar las botellas, trabajo que se hacía a mano. Igual que el etiquetado, que también lo hacían mujeres… Llegaron a trabajar unas 70 personas y era todo familiar, los empleados nos vieron crecer y nos fuimos sumando al trabajo”, dice con orgullo Marcela.

“Nosotros le vendíamos a mayoristas y distribuidores, y los grandes almacenes al por mayor pasaron a ser supermercados, como ocurrió con Rosental, Boerio, Casinerio y Di Santo (de MicroPack), que hoy está donde estábamos nosotros”, rememoran.

Y en esos tiempos, del mismo modo que una década les dio una oportunidad, otra se las fue quitando. En 1987 la familia Tacconi siguió un camino que se repetiría incluso hasta entrados los 90, con grandes pooles comprando empresas familiares. “En los 80 comienza la moda de las bebidas blancas. Y el Amargo Obrero, que era el que financiaba a los otros productos como los jugos, el Serrano y Americano Tacconi, empieza a vender menos. Además había impuestos internos que pagaban las bebidas con alcohol que elevaban los costos. Así es como asistimos a la venta de las empresas familiares como la nuestra, las grandes compran a las pequeñas”, recuerdan, si cabe, con amargura.

Ahora desde afuera, los Tacconi asisten al relazamiento del Amargo Obrero. Hace décadas que la bebida no tiene más que ver con Rosario: de hecho, recuerdan que tras el desprendimiento de 1987, se continuó fabricando en Lavalle y Urquiza sólo un par de años más: “Después se llevaron todo a Buenos Aires”.

“El Amargo Obrero de ahora no es el mismo, es más dulzón”, aseguran los Tacconi, que creen que tampoco es casual: piensan que la campaña actual tiene que ver con salir a competirle al Fernet con Coca, que tanto se impuso en los jóvenes.

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