Ciudad, Edición Impresa

Adiós al Padre Montaldo

“Alguna vez, la muerte de un chico tiene que ser el final de algo”

“Llegué al barrio y les dije que no venía con ninguna propuesta, sino con la idea de tomar mate con la gente y escucharla. Ver qué querían hacer”. Esas fueron las primeras palabras que Edgardo Montaldo pronunció a los vecinos cuando llegó hace 48 años al barrio Ludueña.


“Llegué al barrio y les dije que no venía con ninguna propuesta, sino con la idea de tomar mate con la gente y escucharla. Ver qué querían hacer”. Esas fueron las primeras palabras que Edgardo Montaldo pronunció a los vecinos cuando llegó hace 48 años al barrio Ludueña. Esa barriada humilde fue creciendo, al igual que su obra, que cada vez fue más necesaria. Escuela, comedor, centro de día, todo eso fue parte de la obra que fue construyendo el padre. En ese espacio enorme que buscaba hacer la vida de los más pequeños más agradable, ayer velaban a Montaldo, el cura que luchó por los niños y los jóvenes y nunca dejó de denunciar esa masacre silenciosa que se llevaba a los pibes de Ludueña. A sólo dos cuadras del comedor hay una plaza, y sobre ella un edificio pintado de color marrón donde velan a los pibes muertos. Desde allí  se puede ver a lo lejos las enormes torres Dolfinas que salen desde el río, una imagen nítida de una Rosario desigual como si se tratara de un árbol enorme que crece por encima de todos. Incluso, sobre el lugar donde velaban al padre.

Al repasar las frases y los reclamos que el cura realizaba en defensa de los pibes, la defensa  de los niños y jóvenes de las barriadas humildes fue una obsesión.

“En un país tan rico en bienes y en personas no puede ser que nuestros niños y adolescentes estén pasando lo que están pasando”, había reflexionado el padre sobre la situación de los jóvenes del barrio.

“Estamos inventando todos los días una cosa nueva para defendernos de ellos, como pedidos de seguridad por miedo a robos o a que nos maten. Pero ellos también son víctimas y están siendo usados”, dijo Montaldo, que apuntó a los verdaderos paladines de la droga y pidió un reflexión colectiva para ver qué está sucediendo que no hay semana que no se tenga que lamentar la muerte de un joven. Y destacó que “todas las semanas nos matan a un pibe”.

En la barriada de Ludueña los pibes morían bajo las balas de plomo que disparaban bandas, narcos, policías. “Hay chicos a los que ha bajado la Policía. Los han bajado por robos, por ajustes de cuenta, por la propia violencia. Alguna vez, la muerte de un chico tiene que ser el final de algo, tiene que servir para que las cosas cambien”, manifestó Montaldo.

Montaldo  denunciaba que la muerte de chicos pasó a ser moneda corriente en los barrios y sostuvo que “necesitamos toda la sociedad hacer un llamado a la solidaridad por lo que está sucediendo con nuestras niñas, niños y adolescentes, es de terror, es continuo, no hay semana en la que no tengamos que lamentar algo. Entonces, porque no nos ponemos todos para ver qué hacemos”.

En el espacio que ocupó el padre Montaldo, la foto del Pocho es lo primero que se observa al abrir la puerta. Y en su relato, el padre lo recordaba como si nunca hubiese muerto. Es una casa pequeña, pieza, cocina y baño,  que se conecta con el comedor; un galpón enorme con piso de portland y techo de chapa generaciones de pibes supieron todos los mediodías de un plato caliente. En una de las paredes, donde todo parece escrito, figura el menú que cada día acompaña a los pibes después de la escuela. También se puede leer: “Vivir en dignidad, no desde la mendicidad. Sí con el fruto de nuestras manos”. En otro extremo del galpón, y rodeado de flores armadas con trazos infantiles reza la mayor de las utopías: “Por una vida sin violencia”.

Por ese galpón enorme donde cientos de chicos comen y sueñan, también pasaron los muertos. Las víctimas y los victimarios. Los que nunca entraron en el delito y los que entraron a veces. En un costado está el triciclo violeta en el que el padre Montaldo desafió las secuelas de un ACV y recorrió el barrio, cuando el frío no lo inmovilizaba. “El triciclo me ayuda a seguir recorriendo el barrio. Todo esto, espero que sirva para que los chicos puedan soñar algo lindo en medio de tanta muerte, que no pierdan los sueños”, sostuvo el  sacerdote en su última entrevista.

También habita el fantasma de Claudio Pocho Lepratti, el ángel de la bicicleta que León Giecco inmortalizó. Ese pibe rubio y bello que fue asesinado en barrio Las Flores cuando en plena represión de 2001, cuando salió por una ventana a pedir a los policías que no tiraran, que sólo había pibes comiendo. Hoy, en alguna parte, el padre  Montaldo y el Pocho seguirán cuidando a los pibes por los que tanto pelearon.

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