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Al polista ya lo cuidan en Rosario

La Corte Suprema de la Nación intervino en una disputa entre la esposa y los padres de Ignacio Ballesteros, quien padece graves secuelas de un accidente y había sido llevado a Córdoba por disposición de un juez federal mediterráneo.


El polista Ignacio Ballesteros fue trasladado ayer de Córdoba hacia Rosario, donde vivía con su mujer, Gisela la Menza, luego de que la Corte Suprema de Justicia de la Nación interviniera en la disputa entre la esposa y los padres del deportista de 33 años, quien permanece en un estado de cuadriparesia espástica a causa de un accidente, lo que le impide moverse y comunicarse.

A las 16.30, Ignacio fue transportado del centro de rehabilitación Vida Plena, del barrio cordobés de Argüello, hacia Rosario, por orden del Tribunal Colegiado Nº 4 de Rosario.

Se trata de un caso complejo en el que intervinieron magistrados de Rosario, quienes decidieron que el joven debía permanecer en su casa al cuidado de su esposa; y de Córdoba, quien a solicitud del padre del polista ordenó que fuese trasladado a esa provincia para quedar a su cuidado, obviando el hecho de que está casado y a cargo de su mujer.

Gisela la Menza, de 29 años, e Ignacio José Ballesteros, de 33, se casaron el 31 de marzo de 2010. El 11 de diciembre de ese año, el hombre tuvo un accidente: se cayó de su caballo y sufrió un severo traumatismo que lo dejó en situación de discapacidad. Fue en la mitad de un partido de polo en la localidad bonaerense de San Antonio de Areco.

Ballesteros fue internado en el porteño Hospital Austral, y luego derivado al Instituto Fleni de la localidad bonaerense de Escobar para su rehabilitación neurológica. A esa altura, su esposa había acondicionado una casa en Fisherton totalmente equipada para el cuidado de su marido: camillas, cama ortopédica y equipos de oxígeno, entre otras adaptaciones para su mayor comodidad.

Pero desde mediados del año pasado Gisela debió afrontar un duro pleito judicial con la familia de Ignacio, que pretendía hacerse cargo de su atención bajo el argumento de que en Rosario –y con su esposa– “no estaba bien cuidado”.

Los Ballesteros recurrieron a un juez federal de Córdoba, Ricardo Bustos Fierro. Y este magistrado –para muchos una sorpresa– ordenó la internación del paciente en el centro de rehabilitación cordobés Vida Plena.

A partir de ese momento se agudizó el conflicto familiar, que así recorrió varios tribunales y escaló hasta la máxima instancia judicial de la Nación, la Corte, que con voto unánime dirimió el conflicto de jurisdicciones en favor de Rosario. Con los votos de los ministros Ricardo Lorenzetti, Elena Highton de Nolasco, Carlos Fayt, Enrique Petracchi, Juan Carlos Maqueda, Eugenio Zaffaroni y Carmen Argibay, la sentencia ordenó que las actuaciones se remitieran en forma urgente al juzgado de Familia Colegiado Nº 4 de Rosario.

Froilán Ravena, abogado de La Menza, explicó que a las 16.30 de ayer Ballesteros fue trasladado, en una ambulancia, desde Córdoba hacia Rosario. “Pudimos cumplimentar la medida luego de que un médico forense lo controlara y constatara que podía ser trasladado”. El letrado describió el clima de tensión con que se inició ese procedimiento: “El padre de Ignacio estaba muy nervioso y agredió a la abogada de la mujer de su hijo (Graciela Lenguitti, de Rosario). Fue una situación muy hostil delante de la jueza y de los oficiales de Justicia”.

Ravena concluyó: “Ignacio vuelve a Rosario para continuar con su internación domiciliaria, que fue ordenada, en su momento, por el quipo médico del Instituto Fleni. En el caso de que los padres de Ignacio hagan peticiones, como un régimen de visitas, van a tener que hacerlo en el juzgado de Familia Colegiado Nº 4 de Rosario, siempre y cuando sea de manera cordial y tranquila”.

Por su parte, la esposa de Ignacio reconoció cierto temor ante este medio a causa del estado de nerviosismo que le adjudica a la familia de su marido. “Si (ellos) no respetan que están delante de un juez, me preocupa lo que puedan llegar a hacerme. Vamos a tener que trabajar duro para recuperar el tiempo perdido. Me dijo la kinesióloga que a Ignacio lo notó «dormido», que nunca había estado así”, recalcó.

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