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La voluntad

“Ahora estoy más tranquila, porque está en un lindo lugar”

Chela Pazos, que ahora tiene 85 años, hace 61 enterró un busto de Evita para salvarlo de la destrucción. Lo donó al Concejo.


A los 85 años, Chela Pazos, maestra rural de Santiago de Estero, decidió desprenderse de un símbolo que marcó su vida: un busto de Evita al que cuidó por 63 años. Lo hizo para darle a la estatuilla un destino mejor, y es por eso que comenzó a compartir su historia. Ésta llegó a oídos de un militante peronista, quien gestionó el traslado de la figura al Concejo Municipal, donde el pasado lunes se realizó un acto homenaje y un desagravio a Eva Duarte. Y se incorporó al salón “Puerto Argentino” del Palacio Vasallo el mármol que hace 61 años Chela enterró para que ninguno de los adeptos a la “Revolución Libertadora” que derrocó al presidente Juan Domingo Perón lo destruyera.

Chela abrió a este diario las puertas de su casa para narrar los sucesos de una historia cargada de militancia, pasión y compromiso. Contó que ejerció como maestra de escuela en un monte en Santiago del Estero, que luego la designaron delegada censista del Partido Peronista y que terminó convirtiendo su casa en una unidad básica.

También recordó cuando los militares irrumpieron en “el rancho”, pero no la lastimaron ni a ella ni a “La Evita”, como la llama, en referencia al busto de la primera dama que dos años antes del golpe del 16 de septiembre de 1955, había recibido de parte de la Fundación Evita. Y contó con orgullo cómo la enterró en el monte, con ayuda de su marido, para protegerla, mientras le pedía perdón por dejarla bajo tierra.

Cuando el peligro pasó y Chela se estableció en Rosario junto a su esposo, trajo con ella a “La Evita” y la tuvo sobre la chimenea de su casa, en una especie de altar donde ahora se erige un ramo de flores rojas.

Con 85 años, Chela decidió separarse de aquella escultura a la que cuidó por 63. El fin siempre fue el mismo: proteger a “La Evita” para que no corra otro destino. Por eso decidió donarla, pidió ayuda y ahora el busto luce el hall central del Palacio Vasallo. “Ahora estoy tranquila porque está en un lindo lugar, hay personas que se van a ocupar, y yo le dije: «El destino nos iba a separar, y hoy llegó el día»”, expresó.

La Evita, parte de una vida

A los 18 años Chela se recibió de maestra y comenzó a trabajar en la localidad de Tomás Young, en Santiago del Estero, en la Escuela Rural Nº 484. Al poco tiempo de establecida allá, comenzó su militancia peronista. “Allá el maestro y el policía son el punto rojo al que buscan cuando llega alguien. Entonces fueron los del Partido Peronista y me designaron subdelegada censista. Como me gustan los desafíos, pese a que era joven acepté. Empecé a militar en un rancho donde vivíamos, al que convertí en una unidad básica. Los hice a todos los colonos de ahí peronistas”, contó Pazos, acerca de los inicios de su militancia.

Dos años después de su adhesión al partido, el 22 de agosto de 1953 la Fundación Evita le envió a Chela un busto de la primera dama, que había fallecido el año anterior, al cumplirse dos años del “renunciamiento” a una candidatura a la vicepresidencia. El envío fue a modo de obsequio, por su participación como delegada en el lugar. “Estaba hecha de mármol de Carrara, eran las primeras Evita que empezaban a mandar, preciosa era. Pero cuando los militares vinieron por primera vez, la escondí y la puse debajo de mi cama”, relató Chela.

Meses después, una amiga de la mujer, que estaba casada con un general, le advirtió que guardara la escultura porque los militares la iban a ir a buscar. Fue entonces cuando a Chela se le ocurrió enterrar la imagen para esconderla y así protegerla. Con la ayuda de su marido, que entonces todavía era su novio, se internaron hacia el monte y escondieron la escultura bajo tierra para resguardarla. “«Pedí una carretilla y nos vamos al monte», le dije. Y así hicimos: llevamos la carretilla, la Evita y la pala. Me pareció tan feo enterrarla…Pero le pedí perdón y le dije: «Es para que no te rompan, Evita». La enterramos y la tuve tres meses bajo el monte”, recordó Chela, emocionada hasta las lágrimas.

En 1955, tras la caída de Perón, los militares golpistas finalmente ingresaron a la vivienda de la maestra, devenida en unidad básica, y rompieron todo lo que había, recuerda Chela. Pero a ella no la lastimaron, y no pudieron hacerse de la escultura, a la que astutamente había escondido bajo tierra. “A mí no me hicieron nada porque les anticipé: «Conmigo no se metan. Ustedes le lustraron las botas a Perón en un determinado tiempo y ahora lo combaten», les dije. Por suerte, yo ya había enterrado el busto”.

Luego del episodio, Pazos desenterró la escultura y la envió escondida en un tren a la casa de su madre en la localidad de Añatuya, también en Santiago del Estero, donde fue guardada hasta que el matrimonio se instaló en Rosario. “Mi marido pidió un cajón y, como era jefe de estación, la metió debajo del asiento de un tren que pasaba por ahí, le pidió al compañero que la llevara a la casa de mi madre. Así la salvamos”, rememoró la mujer, quien dijo que el busto permaneció varios años en esa propiedad hasta 1979, cuando ella y su esposo se establecieron definitivamente en la casa de zona norte donde viven todavía hoy.

“Cuando se levantaron los ferrocarriles, a mi marido lo mandaron a trabajar en Rosario, en la estación Rosario Oeste, en Paraná y Mendoza, donde se jubiló. A mí me trasladaron como directora de una escuela en San Lorenzo, donde estuve siete años y pedí el traslado a Rucci, donde me jubilé. Mientras alquilaba no la tenía conmigo por seguridad, la traje cuando compramos nuestra casa en el 79. Le dije a Evita: «Mirá, después de vivir en un rancho, estamos en una linda casa». Estuvo acá hasta el 8 de agosto, que la doné”, describió la mujer, mientras señalaba la chimenea en el centro del living.

Chela contó que muy pocas personas sabían de la existencia del busto y quienes lo descubrían en su casa quedaban sorprendidos ante la calidad y belleza de la escultura. Con el tiempo, Chela fue estableciendo una relación de protección y complicidad con la figura –““Además de ser parte de mi ideal, ella es parte de mi vida”, dice– de la que ahora se desprendió.

¿Quién es?

“Tengo 85, por eso quise ubicarla a Evita porque tengo un solo hijo, él no sabe de política porque no lo incliné a eso. Entonces pensé que antes que Evita fuera a correr otro destino, iba a escribir la historia y la empecé a repartir”, explicó Chela Pazos, acerca de su decisión de donar la preciada escultura. El escrito de una carilla titulado: “Una historia que es linda de contar”, narra en primera persona su experiencia de maestra rural y el deseo que el busto se conserve en un lugar “donde los niños pregunten quién es”.

La carta llegó a manos del militante Oscar Cánepa, quien se contactó con la mujer para comenzar las gestiones del traslado de la escultura al Concejo de Rosario, donde el pasado lunes se realizó la ceremonia en honor de María Eva Duarte.

“Me dolió tanto, lloré tanto ese día que la vinieron a llevar. Ahora estoy tranquila porque está en un lindo lugar, hay personas que se van a ocupar.

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