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Adolescentes en pandemia: un año en el que el aprendizaje estuvo puesto en el respeto y los valores

"Yo, estudiante secundaria que temía que este sea un año perdido, si bien no aprendí de la forma convencional, siento que pude aprender del cambio al que todos nos sometimos. Pudimos aprender a ponernos más en el lugar de los docentes, a colaborar con las nuevas dinámicas que tuvieron que adaptar"


Por Marianela Iovaldi / Estudiante del Complejo Educativo Francisco Gurruchaga

Este año a los estudiantes secundarios se nos cayeron varias cosas encima. Una de las oportunidades que teníamos miedo de perder era la oportunidad que nos brinda la materia Prácticas Profesionalizantes desde nuestra querida escuela Dr. Francisco de Gurruchaga, que nos da la chance de meter un pie en el mundo profesional, acostumbrarnos al panorama y cambiar un poco de aire. Atravesamos muchas cosas este año que ya detallaré más adelante, pero por suerte no perdimos esta oportunidad que se nos dió. Cuando decidí hacer mi práctica profesionalizante con el diario El Ciudadano sentí una compensación, sentí ese placer que me aporta la seguridad de saber que el mensaje que tengo para transmitir puede llegar a algún lado.

Con mis compañerxs de pasantía pensamos varios temas a elaborar, pero sumergirnos en el de la nueva modalidad de clases nos pareció ideal, ¿por qué? Si lo miramos por arriba no parece tener nada de nuevo, es más, ya la gente está cansada de leer los mismos titulares en las noticias todos los días: “Evalúan la vuelta a clase para tal y tal año” “¿Cómo serán los protocolos para que lxs estudiantes vuelvan a las aulas?”.

Las opiniones sobre este tema sobran, como en la mayoría de debates que se dieron a lo largo de todo este año, pero… ¿cuál es la opinión, en este tema tan crucial, que más en cuenta se tiene o que más pesa? ¿A dónde apunta el foco que hacen los medios cuando hablan de la vuelta a clases?

A las posibilidades de contagio, a los riesgos, a las modalidades que deberíamos adoptar, a cómo vamos a promocionar el año, todas problemáticas no poco importantes.

Pero los meses pasaron, ya no estamos en un marzo lleno de incertidumbre, estamos en un octubre que, si bien no nos trae muchas certezas, una, por más pequeña que sea, una certeza tenemos: con el pasar de los meses venimos sintiendo que algo falta, faltan ciertas voces, faltan ciertas opiniones, o ¿acaso algún medio de comunicación masivo le ha dado lugar a las voces de los secundarixs para que cuenten su versión de la situación? En este año tan atípico, una vez más la palabra de lxs jóvenes es dejada de lado, tiene menos importancia o no es tomada en serio.

Comenzaba este año con la noticia de la suspensión de la presencialidad y al principio era para nosotros y nosotras una buena noticia. No sé si un alivio porque no hubo nada por lo que preocuparse que podía suceder este año, todo lo contrario, los últimos años están hechos para no preocuparse ni un poco. La noticia nos cayó más bien como un tiempito para acoplarnos a distintas cosas que iban a suceder este 2020: terminar la secundaria, dejar el lugar donde pasábamos más horas que en nuestras casas, cambios en nuestras relaciones, cambios en nuestra forma de percibir la vida, crecer, básicamente. Los cambios, una vez que te ves envuelto en todo el revuelo que trae a tu vida, resultan muy disfrutables, pero antes de animarse a arrancarlos siempre son amenazantes; creo que eso fue para nosotros y nosotras esas dos semanas de suspensión de clases en marzo, un tiempo más para llenarnos de valor y hacerle frente al cambio, como también un tiempo más de vacaciones, siendo honesta.

Las dos semanas pasaron y de repente teníamos más tiempo para prepararnos, después otras dos semanas más y otras más, hasta que llegamos a un punto en el que ya estábamos listos, ya no teníamos mucho más para mentalizar, sólo subirnos a un colectivo, saludar a amigos y amigas en la puerta de la escuela y rendirnos ante una jornada de siete horas mínimo que, si bien la atravesábamos con muchas quejas, no había otro lugar donde preferíamos estar. Las dos semanas ya habían pasado, estábamos transitando quizá el abril más raro de nuestras vidas.

Los días y meses que siguieron cargaban aún el manto de incertidumbre que trajo el mes de marzo y no era incertidumbre solamente de preguntarnos “¿Hasta cuándo? ¿Cuándo vamos a volver?”, esa incertidumbre se había extendido a todos los planos de nuestra vida; incertidumbre de cómo pasar de un momento para el otro todo el día en mi casa, incertidumbre de cómo vamos a aprender de ésta forma, incertidumbre de qué iba a pasar con nuestras relaciones. Estas incógnitas las atravesó todo el mundo porque inhumano sería pensar que nadie, independientemente de la edad, se replanteó varias cuestiones, pero con nosotros y nosotras había algo diferente. Llamémoslo una transición, un cierre muy importante en nuestras vidas, una necesidad de compartir cada minuto con personas especiales, despejar nuestras dudas y miedos sobre el futuro; esta pandemia nos agarró en un antes y después obligatorio, uno que no puede esperar, uno que no se puede atrasar, y lo estábamos atravesando desde nuestras casas, solos y solas y con nuestras cabezas que no paraban ni un segundo haciendo imposible que se puedan adaptar a esta nueva realidad.

Al principio, ciertas caras del cuerpo docente se vieron interesadas en saber cómo veníamos llevando todo. Comenzamos a tener intercambios mediante videollamadas o a través de Classroom, herramienta que no conocíamos hasta este año. A los trabajos prácticos no se le daba mucha importancia, ni por nuestra parte, ni por parte de lxs docentes. Si bien esto llevó a varios debates internos sobre qué debíamos hacer con aquellas materias que no nos estaban dando y ciertos profesores que hasta el día de hoy no aparecieron, eventualmente ganó un poco la empatía de pensar que nadie estaba realmente preparado para este cambio brusco. Respecto a lo académico siento que pudo haber más compromiso tanto de nuestro lado como estudiantes como del lado docente.

Había algo fundamental, sin embargo, que debía ser evaluado en los estudiantes en orden de que puedan cumplir con sus tareas, trabajos prácticos o conectividades. ¿Podíamos acarrear un año escolar de esta forma? ¿Nos sentíamos conformes o capaces? ¿Nos sentíamos tristes, angustiados, irascibles? ¿Cómo lidiábamos con el no ver a nuestrxs compañerxs?. Como decía al principio, la mayoría de los medios hegemónicos se centraban en la vuelta a clases o cuestiones más del funcionamiento de las instituciones. Ver esas noticias, esos titulares, era angustiante porque en ese momento no me importaba cómo iba a terminar mi educación secundaria, cómo iba a aprobar. En ese momento necesitábamos orientación, visibilización de cómo atravesábamos este cambio para que los adultos sepan que la pandemia también nos trajo consecuencias en otros ámbitos que no eran sólo escolares.

En la mayoría de las escuelas lo que se priorizó fue comenzar a bombardear con trabajos, con la excusa de no perder la continuidad que se tendría en la presencialidad. En otras escuelas todo lo contrario, los profesores se ausentaban y el interés hacia los estudiantes disminuía.

La realidad era que, como decía antes, nadie estaba preparado para esto y mirarlo hoy en retrospectiva puede ayudarnos a entender varias cuestiones; cada uno transitó una adaptación diferente, cada uno aprendió a usar nuevas plataformas, cada uno tenía sus ilusiones de cuando iba a mejorar la situación, cada uno tenía que lidiar con la frustración de no poder llevar sus planes para este año de la forma que se lo imaginaban. Por eso hoy por hoy, más allá de pensar críticamente todo lo que se pudo haber hecho de otra manera, entiendo que para que un gran sistema de engranajes funcione nuevamente, cada engranaje debe centrarse en funcionar primero para sí mismo, aceitar ciertas cuestiones, darse tiempo para empezar a girar nuevamente.

Creo que lo que nos va a quedar de este año y en lo que tenemos que reflexionar es: ¿de qué lado decidimos pararnos? ¿De qué lado decidimos encarar esta situación? Eso es lo que vamos a recordar al fin y al cabo, bueno, y los malestares que nos trajo este virus. ¿Qué voces decidimos escuchar? ¿Cuáles otras decidimos ignorar? Cómo nos comportamos este año va a influir en nuestro aumento o descenso de empatía, en crecer como personas.

Yo, estudiante secundaria que temía que este sea un año perdido, si bien no aprendí de la forma convencional, siento que pude aprender del cambio al que todos nos sometimos. Pudimos aprender a ponernos más en el lugar de los docentes, a colaborar con las nuevas dinámicas que tuvieron que adaptar. Aprendimos a respetar y valorar aún más la labor de los trabajadores en general, más aún el de aquellos que nos cuidan. Aprendimos a resguardar la salud de personas queridas, conocidas y desconocidas. Mi deseo es que las personas adultas, los profesores, los distintos trabajadores, nuestrxs padres y madres también hayan podido aprender de nosotros, los jóvenes. Mi deseo es que se hayan animado a escucharnos, a querer entender cómo nos sentíamos, a acompañarnos y respaldarnos.

Una pandemia puede desacomodar muchas estructuras a nivel social, pero también es necesario volver a lo más intimo, a lo más personal, especialmente cuando los que, según la sociedad, aparentamos estar más despreocupados, en realidad necesitamos un poco de guía para entender qué hacer con nuestra frustración y cómo colaborar con lo mejor de nosotros en medio de una situación tan grave.

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