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Rebelde con causa

Adiós a Monte Hellman, el inconformista que no le hizo ganar dinero a Hollywood

Fue el realizador de algunas películas emblemáticas sobre el fin de la todavía buena época del cine norteamericano como la encomiable apropiación del western en “Rumbo al infierno”, que protagonizó su amigo Jack Nicholson, y “Carrera sin fin”, una road movie donde le toma el pulso a su sociedad


El alto nivel del cine norteamericano, aquel que se escudaba en los géneros, incluso hibridándolos hasta desfigurarlos para alcanzar otra forma de decir, llegó hasta principios de los 70 del siglo pasado. Luego, alguno que otro título despuntaría en busca de ese aura y allí quedaría, sepultado por gran cantidad de basura conforme Estados Unidos se entrometía en Medio Oriente expandiendo su industria armamentística como táctica para apoderarse de recursos naturales imprescindibles a sus necesidades de infraestructura y dominio.

La excusa era la de siempre: salvaguardar, como buen gendarme, la “democracia” allí donde peligrara, es decir, donde fuera contraria a sus intereses. El cine, entonces, debía representar esos caros valores “patrióticos” con expresiones que conculcaran con esas prácticas políticas y entre mediados de los 70 –y sobre todo en los 80 y 90– y la actualidad casi nada bueno salió de la industria fílmica más poderosa del mundo, con excepción de apenas unos títulos que hurgan en la decadencia del sistema y destacan por sus propuestas.

La alienación norteamericana en una road movie distinta

En los 60, durante el apogeo de lo que se dio en llamar Nuevo Cine Norteamericano –entre los que podría citarse a vuelo de pájaro a Shirley Clarke, Lionel Rogosin, Robert Frank, Adolfas Mekas y Gregory Markopoulos, Stanley Kramer, Robert Altman y Robert Mulligan– un cineasta llamado Monte Hellman hizo un film llamado Two Lane Blacktop,1971, (Carrera sin fin), que se convirtió rápidamente en una promesa revelada.

Se trataba de una exquisita road movie con mucho eco beatnik protagonizada además por dos músicos, el todavía desconocido compositor, guitarrista y cantante James Taylor y Dennis Wilson, el baterista de una banda señera de entonces, Los Beach Boys, acompañados por un actor de esos que marcan una época y un modo de actuación pero a los que Hollywood jamás apaña bajo su brillante escudería, el inefable Warren Oates, quien protagonizaría otros títulos de Hellman y entablaría una relación estrecha con él.

Fue Jack Nicholson quien se lo presentó, que a su vez había trabajado con el director en otro de sus títulos geniales, The Shooting, 1966, (Rumbo al infierno, como se la conoció en Argentina), un western extraño y medular que se aparta de las convenciones del género con fructífero resultado.

Pero Two Lane Blacktop es una propuesta que refleja perfectamente cierto espíritu estadounidense de época, que mira hacia dentro de esa sociedad con una gran parte profundamente reaccionaria pero que no se detiene ni por casualidad en la crítica directa o panfletaria.

Es puro cine, deudor en todo caso del mejor cine de autor europeo, aquel que busca en las propias formas, el malestar de una cultura o las formas posibles de una resistencia. Buena parte de la crítica la vio como un film existencialista pero esa adjetivación carece de rigor no sólo en éste sino en otros títulos de Hellman porque en todo caso ese existencialismo es sólo un punto de partida hacia otros confines, hacia las acciones confusas y absurdas de los hombres en la mayoría de las circunstancias.

El director Richard Linklater (Antes del amanecer, Boyhood), que supo mostrar chapa de independiente, dijo sobre Two Lane Blacktop: “…a diferencia de otras películas de aquel momento, sobre la diseñada alineación de la cultura de las drogas y las protestas contra la guerra, esta película es sobre la alienación del resto…es tanto la última película de los 60 –aunque sea de 1971– como la primera de los 70. Ya saben, esa grandiosa época de películas estilo “¿Cómo demonios llegaron a hacer esa película en el sistema de estudios? Hollywood nunca haría eso hoy”.

 

La genial “Two Lane Blacktop”, con Warren Oates, el cantante James Taylor y Dennis Wilson, baterista de Los Beach Boys.

 

Inconformista y a su modo contestatario

Hellman fue un realizador inconformista y a su modo contestatario, resistido por la industria y admirado por sectores que también son parte de la industria aunque luchan por sostener cierta autonomía.

Integró el equipo de la factoría de Roger Corman –un cineasta y productor que se le había plantado a Hollywood un par de veces– y dirigió para él una película de bajísimo presupuesto, de las que Corman hacía casi como ejercicio, titulada La bestia de la caverna embrujada (1959); luego editaría para la misma productora Los salvajes, 1960 (The Wild Ride) y Ángeles salvajes, 1966 (The Wild Angels), esta última dirigida por el propio Corman y premiada en el Festival de Venecia; dirigiría algunas secuencias de El terror, 1963, el clásico de Corman, y también estuvo detrás de la cámara en la secuencia inicial del debut de Francis Ford Coppola, la rara avis Dementia 13 (1963) y el célebre Sam Peckinpah lo tuvo también como editor.

Ya fogueado, la 20th Century Fox lo contrató para rodar dos películas, Back Door to Hell, film bélico, y Flight to Fury, ambas de 1964, filmadas en Filipinas y con Jack Nicholson en los roles estelares y con quien Hellman había forjado una fuerte amistad. Además de The Shooting, con Nicholson filmaría Ride in the Whirlwind, 1966 (A través del huracán), otro western despojado y casi minimalista donde Hellman parece reinventar el género.

A su amistad con Nicholson se sumaría otro actor que comenzaba a tallar con singular impronta: Harry Dean Stanton, que participó de varios films y con quien Hellman contaba para cualquier proyecto. Ambas películas despertaron el interés de la crítica más sesuda de la época y hasta tuvieron sendos dossiers en revistas como Cahiers Du Cinema.

Un pecado imperdonable para la industria

Hellman tuvo un gran admirador, Quentin Tarantino, quien siendo presidente del jurado del Festival de Venecia en 2010 gestionó un León de Oro a la trayectoria para quien considera su maestro. Allí mismo, Hellman estrenó la que sería su última película Road to Nowhere, 2010, (Camino a ninguna parte) pero mucho antes, el ahora afamado Tarantino lo había convocado para que le ayude con el guión de Perros de la calle, 1992, su ópera prima.

Ese premio especial otorgado en la Mostra tenía como fundamento que su merecedor era un “gran artista de cine y poeta minimalista”. En una rueda de prensa en ese mismo festival, un periodista le preguntó por qué Hollywood no lo había vuelto a convocar luego de aquellas lejanas películas; Monte respondió que había cometido un pecado imperdonable para la industria norteamericana y era que no les había hecho ganar mucho dinero. “Ellos pueden adaptarse a cualquier propuesta siempre y cuando les rinda financieramente, es por lo único que se mueven”, había dicho.

Más allá de que la crítica considera que su mejor título es Cockfighter,1974, (Gallo de pelea) sobre un hombre que cría gallos de riña, protagonizada por Warren Oates, ya un buen amigo de Hellman para esa época, Two Lane Blacktop suele ser su preferida, como lo manifestó en varias oportunidades y además solía enojarlo que le dijeran que ese film era una road movie existencialista. “Una de mis grandes influencias es el teórico Sigfried Kracauer, quien escribió que las únicas películas auténticas son las películas que se desarrollan en las calles o en la ruta. Y yo creo que todas mis películas son road movies, incluso mis westerns”, repetía una y otra vez cuando era entrevistado.

Pero Hellman amaba esa película, tan similar a Busco mi destino, 1970, pero a la vez tan diferente en su tratamiento, con esos personajes melancólicos e infranqueables que no persiguen ningún objetivo ni parecen preocupados por sus destinos, sino apenas ocupados en andar esos anchos caminos estadounidenses llenos de white trash resentidos con todo aquello que no se les parezca. Una película a tono con cómo la industria siempre debió ver a Hellman: como alguien que no se les parecía.

Monte Hellman, de 91 años, murió esta última semana en Palm Desert, California, donde residía, aquejado por una caída que había sufrido un tiempo atrás.

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