Policiales

Abogado del diablo: un amor a primera vista que se convirtió en calvario y desaparición

Rubén Carrazzone era un típico abogado “sacapresos”. Tal vez inspirado en "Fargo", la película de los hermanos Cohen, habría contratado a dos de sus ex clientes para simular un secuestro. Hoy está procesado por el femicidio de su pareja, Stella Maris Sequeira, desaparecida desde 2016


Ricardo Ragendorfer / Télam

Debido a las restricciones impuestas por la pandemia, la sala del Tribunal Oral Federal (TOF) Nº 2 de La Plata parecía, durante la mañana del pasado 7 de abril, una escenografía inspirada en alguna vieja película de ciencia ficción. La ausencia de público y los paneles de vidrio que encapsulaban a los jueces –Alejandro Esmoris, Néstor Javier Jarazo y Fernando Cajero– robustecían esa semejanza.

Ellos, con expresión ensimismada, escuchaban el extenso monólogo del afamado penalista Rubén Carrazzone. Éste, canoso y grueso, enfundado en un traje negro con camisa al tono pero sin corbata, gesticulaba con una estudiada teatralidad. Su destreza en el arte de la oratoria estaba avalada por casi cuatro décadas de carrera en el universo del Derecho. Sólo que ahora alegaba desde un mueble que él jamás imagino para sí: el banquillo de los acusados.

Ocurre que el doctor está procesado por el femicidio de su pareja, Stella Maris Sequeira, desaparecida desde el 29 de diciembre de 2016.

 

El enemigo íntimo

El desenlace del caso –según el expediente– habría ocurrido entre las 16.45 de ese jueves y las 11.30 del día siguiente, en la quinta de la calle El Ombú 786, del partido bonaerense de Ezeiza, donde ambos convivían. Pero su naturaleza fáctica es aún un enigma; no así su carácter paradojal: el viernes en cuestión la víctima cumplía 58 años.

Se habían conocido en 2001, durante una fiesta celebrada en el hogar de un matrimonio amigo. Rubén –quien por entonces tenía 46 años– la deslumbró a ella con su carisma para el karaoke. Y Stella Maris a él por su personalidad “jaranera” –según el adjetivo que usó casi 17 años después, en su declaración indagatoria–. Sin duda, fue un amor a primera vista.

De modo que Carrazzone no tardó en instalarse en la quinta de la calle El Ombú, a donde llegó sin más equipaje que un bolso de mano. Y luego, en forma gradual, fue llevando allí el resto de sus efectos personales.

La vida les daba a los dos una segunda oportunidad. Porque venían de sendos divorcios.El de ella, con un señor apellidado Ponce. Era el papá de su única hija, Solange Anabella, de solo siete años al momento de comenzar su convivencia con Carrazzone. La propiedad también se la había dejado el ex marido.

Su nuevo concubino tenía un hijo de esa misma edad, fruto de la unión con su ex esposa, con quien había vivido en Lobos.

Carrazzone, en el aspecto profesional, era un típico “sacapresos” cuya clientela estaba integrada mayormente por hampones de poca monta, a raíz de lo cual su facturación solía ser irregular. Aunque, de vez en cuando, lograba algún “batacazo” –como la excarcelación del único imputado por el femicidio de la maestra Marisol Oyhanart, que sacudió a la ciudad de Saladillo en 2014 y que sigue impune– lo cual le permitía lucirse en programas de TV, como el de Mauro Viale, sin que ello estabilizara sus ingresos.

Stella Maris, en cambio, jamás tuvo una ocupación laboral. Pero era ella quien paraba la olla en el hogar; primero, con la generosa mensualidad que le pasaba el ex marido y, luego –en 2013–, tras obtener alrededor 70 mil dólares en concepto del 50 por ciento que le correspondía por la venta de un inmueble capitalino, que figuraba como bien conyugal. Dicen que el control de aquella suma desvelaba al bueno de Rubén.

Por aquel entonces, el vínculo de Solange con su madre y el padrastro ya estaba quebrado. El detonante había sido que durante las Pascuas de 2011 Stella Maris se indignara al saber del embarazo de la joven, quien acababa de cumplir 17 años. Tal reacción hizo que ésta le echara en cara que a Carrazzone solo le interesaba su dinero. La mujer, entonces, expulsó a los dos del hogar.

Pero la reacción del abogado fue virulenta.

Durante ese fin de semana largo llovía sin parar. En tales circunstancias, llamó por teléfono a su amiga, Susana Álvarez, para no estar sola en la quinta. Ella, al llegar allí, la vio con moretones y un corte en la cabeza. Rubén le había dado –según Stella Maris le dijo– una paliza bestial.

En el transcurso de los tres días que Susana permaneció allí, el abogado aparecía una y otra vez con el rabo entre las piernas. Lagrimeando, imploraba el perdón e insistía en recomponer la relación. Pero, quizás envalentonada por la presencia de la visitante, Stella Maris no dio el brazo a torcer.

Ya de regreso en su propio domicilio, Susana supo que el tipo vivía otra vez con Stella Maris. Tales idas y vueltas comenzaron a ser un hábito entre aquella mujer y el abogado. Tales datos constan en un audio que Susana le envió a Solange tras la desaparición de Sequeira.

Por entonces, aquella recurrencia de castigos y reconciliaciones incidió en que la hija evitara frecuentar a Stella Maris. Eso hizo que ella no conociera a su nietita, lo cual le causaba un profundo pesar. Tanto es así que el 10 de agosto de 2014 subió a su muro de Facebook la siguiente frase: “¡Soy abuela! No me da vergüenza decirlo”.

 

Todas las amigas y sus esposos estaban bien al tanto de su gran aflicción al respecto. También comentaban a hurtadillas la violencia que sufría en manos del abogado. Éste seguía acudiendo como si nada a los encuentros sociales donde se hablaba a sus espaldas.

El ánimo de Stella Maris empezó a revertirse en la primavera de 2016, gracias a un emprendimiento gastronómico que iría a montar, como inversora, con una mujer que había conocido por un matrimonio amigo. Se trataba de Lourdes de Oliveira, “la Brasilera”, quien regenteaba la parrilla El Pescador, situada en la costanera de la Laguna de Lobos.

Pero Rubén se metió en el medio.

El asunto explotó durante la última semana de aquel año. Por esos días la sociedad con De Oliveira no sólo había naufragado sino que, además, ella le había birlado a Stella Maris el dinero invertido.

Todo se agravó al emerger Rubén en medio del conflicto.

Corría ya el 28 de diciembre –Día de los Inocentes– cuando Stella Maris le confió a una amiga una decisión irrevocable: separarse de Carrazzone.

—Yo le conozco muchos chanchullos a Rubén; él me las va a pagar, porque me engañó con Lourdes, le soltó, furiosa.

Y su remate fue:

—Se va a tener que ir con el mismo bolsito con el que vino a mi casa.

La abogada querellante, Raquel Hermida Leyenda, quien representa a Solange en el juicio oral por el femicidio, confirmó que la víctima había decidido echar a Carrazzone el 29 de diciembre.

 

Martes 13

Durante el primer mediodía de 2017, Miguel Ángel Franco, de 62 años, un ex presidiario que había sido defendido por Carrazzone en una causa por robo, se encontró con él en la ruta nacional 7 y la bajada de La Serenísima.

Ni bien el hampón se subió al vehículo del abogado, éste fue al grano:

—Quiero hacerle una joda a mi señora para cagarle guita…

En resumen: el “trabajito” de Franco consistía en efectuar al celular del abogado una llamada extorsiva solicitando 80 mil dólares para liberar a Stella Maris. También intervendría en el asunto un vendedor ambulante de medias, a quien Franco conchabaría. El pago: 500 mil pesos por cabeza.

La primera de esas llamadas se hizo unas horas después. Eso le permitió a Carrazzone efectuar en la comisaría 5ª de Ezeiza una denuncia por “secuestro extorsivo”. Dada esa carátula, intervino en la causa el juzgado Federal de Lomas de Zamora, a cargo del magistrado Alberto Santamarina.

La segunda llamada, que Carrazzone pactó con Franco, debía efectuarse tras la denuncia policial. Y con el siguiente texto:

—Llamaste a “la gorra”, viejo hijo de puta. ¡Ahora la mina es boleta!

En eso, simplemente, consistía el “trabajito”.

Sin embargo, Franco y su cómplice quedaron estupefactos al enterarse, unos días después, que la señora Sequeira estaba realmente desaparecida.

Pero ya era tarde para poner los pies en polvorosa: ambos “telefonistas” fueron detenidos el 10 de enero.

No obstante, Carrazzone salió airoso de tamaño aprieto, al declarar que, en efecto, se había encontrado con Franco, pero para que éste lo guiara hacia un pai umbanda que “podría saber el paradero de Stella Maris”. Y que ellos se aprovecharon para “facturarle” lo que a él le pasaba con su pareja.

También estuvo bajo el radar del juez otro sujeto con el cual Rubén se encontró el 31 de diciembre. Se trataba de Oscar León. Seis semanas antes se lo había presentado Lourdes en Lobos. Era un taxidermista, con cierta fama, dado que también poseía una especialidad única: la reducción de cabezas. Por ese motivo arrastraba un simpático mote: “El Jíbaro Pampeano”.

Pero Santamarina lo descartó rápidamente de su lista de sospechosos.

Ya por entonces, el juez investigaba el caso como una desaparición. Y a mediados de ese año ordenó allanar la quinta de la calle El Ombú: un aluvión de uniformados, peritos y perros rastreadores dieron vuelta esa propiedad, pero sin hallar más que leves indicios.

 

Carrazzone intentaba aparentar una vida normal. “En tal aspecto se creía favorecido por la lentitud de la pesquisa, porque en ello se basaba uno de los axiomas de la criminología: el tiempo que pasa es la verdad que huye”, según conjeturó el abogado Miguel Ángel Pierri, quien en el pasado supo derivarle a Carrazzone algún que otro trabajo.

La lentitud fue tal que recién en marzo de 2018 el sospechoso comenzó a sentir que la suerte podría jugarle una mala pasada. Entonces fue con su abogado, Leonel Martínez Herrero, hacia los Tribunales Federales de Lomas de Zamora para solicitar su eximición de prisión. Un simple trámite.

En eso estaba el defensor, mientras Carrazzone jugaba en la vereda al juego que más le gusta: prestarse a la requisitoria periodística.

De pronto, para su sorpresa, fue rodeado por cuatro uniformados; el de mayor rango le leyó sus derechos, antes de ser subido, ya esposado, a un patrullero.

Desde entonces reside en el penal de Ezeiza.

Ahora, en aquella sala del TOF Nº 8 de La Plata está por escribirse el capítulo final de esta historia.

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