Le ponen la firma, Sociedad

A 47 años de la muerte de Mishima, el último samurai

Un día como hoy, hace 47 años, el destacado y controversial escritor japonés ponía fin a su vida espectacularmente frente a las cámaras de televisión, tras liderar una frustrada asonada milita.


“Los jóvenes no pueden dejar de observar con disgusto el vergonzoso espectáculo del modelo de héroe, el que aprendieron a conocer por las historietas, implacablemente derrotado y dejado marchitar por la sociedad a la que deberán pertenecer algún día. Y gritando su rechazo a semejante sociedad en su conjunto intentan desesperadamente defender su pequeña divinidad”. El párrafo precedente corresponde a Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis (1969/70), un ensayo en el que se subraya la necesidad de ciertos valores para construir una ética valiente y comprender cuestiones clave del mundo en que vivimos, como el valor de la lealtad, el coraje, la educación y el respeto a los demás, el cuidado del cuerpo, el buen uso del placer o el pudor.

Su autor, el polifacético y controversial japonés Yukio Mishima, conmovió al mundo la mañana del miércoles 25 de noviembre de 1970 cuando, tras el previsible y calculado fracaso de un intento de sublevación militar dirigido por él mismo, se quitó la vida según las normas de un elaborado rito tradicional, el sepukku (popularmente conocido como harakiri, en japonés, abrirse el vientre), en su protesta final contra la decadencia japonesa.

Antes de aquella jornada –de la que hoy se cumplen 47 años–, cuando protagonizó ante las cámaras de televisión el espectacular último acto de su vida, Mishima ya gozaba de otro tipo de fama, más perdurable y menos valiosa según su propia y particular filosofía: era uno de los mejores escritores japoneses de todos los tiempos, hasta el punto de que estuvo nominado tres veces –la primera con sólo 40 años de edad– para el premio Nobel de literatura. Con todo, la academia sueca nunca le otorgó el galardón debido a sus abiertas posiciones políticas profascistas y prefirió distinguir a otro japonés, Yasunari Kawabata –ganó el Nobel en 1968–.

Un claro ejemplo de su ideología está en la proclama del 25 de noviembre de 1970, el discurso que Mishima dio a los soldados del cuartel militar de Defensa Nacional en Tokio, en el que entró con sus cien hombres de la Sociedad de los Escudos (el Tate No Kai, una asociación de jóvenes universitarios samuráis, creada por el propio Mishima al servicio del emperador japonés, cuyo objetivo era recuperar la llama perdida del espíritu de los guerreros), para provocar la sublevación militar, maniatar a su general en jefe y reunir a las tropas con el fin de que presenciaran el espectacular último acto de su existencia. Dicho texto posee todos los ingredientes fascistas: rechazo a la Constitución japonesa, a la democracia, a los políticos, a la economía de libre mercado, nostalgia por el pasado imperial de Japón, odio a Estados Unidos, al comunismo, etcétera. Pero sus controversiales ideas políticas y sus acciones no restaron brillantez a su obra.

Mishima murió joven, cultivó el cuerpo para hincharlo de músculos, escribió más de un centenar de libros –novelas, relatos, poesía, ensayos y obras de teatro–, se soñó a sí mismo como salvador del Japón derrotado y humillado en la Segunda Guerra Mundial y se deprimió cuando no le dieron el Nobel, a favor de Kawabata. Éste –quien también se suicidó, pero en 1972– expresó su sorpresa al convertirse en el primer japonés en ganar el Nobel: “No comprendo cómo me dieron a mí el premio Nobel existiendo Mishima. Un genio literario como el suyo lo produce la humanidad sólo cada dos o tres siglos. Tiene un don casi milagroso para las palabras”.

Pesimista y sarcástico, los temas recurrentes en la obra de Mishima son la muerte, la homosexualidad –a partir de sus propias vivencias–, la esterilidad espiritual de la vida moderna y el culto a la belleza. Pero, por sobre todo, es una constante en su producción, y ello se reflejó al momento del suicidio, el conflicto entre la occidentalización y los valores tradicionales de Japón.

En el terreno humano, Mishima entendió la vida como una aventura febril y turbulenta, con marcada propensión a las actitudes retóricas y a los actos desafiantes hasta el delirio. Su sentido casi estético de lo heroico lo llevó a rebelarse contra una sociedad a la que consideraba sumida en el vacío espiritual y la decadencia moral. En ese marco, Mishima siguió a lo largo de su existencia un doble camino muy propio de la tradición samurái japonesa: el culto al intelecto y las letras y el culto al cuerpo, su adiestramiento en las artes marciales bajo el antiguo código del Bushido, elementos que le permitieron articular discursivamente un ideal: “Morir en belleza”. Una muerte en plena juventud, propia del guerrero.

Esa evocación la alimentó del arquetipo del samurái y del kamikaze que ofrendan su vida al emperador-dios, así como también del San Sebastián, lienzo del pintor boloñés Guido Reni que data de 1611, del que dice en Confesiones de una máscara (1949), su primera novela: “Las flechas se han hundido en la carne tersa, fragante y juvenil, y pronto consumirán el cuerpo desde dentro, con llamas de supremo dolor y éxtasis… Su sangre más torrencial de lo natural dentro de su carne blanca, esperaba la apertura por la que manaría, cuando aquella carne fuera desgarrada. ¿Cómo podían las mujeres dejar de oír los tempestuosos deseos de semejante sangre?”.

Mishima estaba preocupado con el retorno a un espíritu esencial japonés en la literatura, así como en las artes marciales. En sus primeras novelas, los protagonistas son antihéroes, heridos física o psicológicamente, atormentados por obsesiones con la belleza o el sexo, o la mutilación y el martirio. Producto de la época en la que le tocó vivir, Mishima estaba fascinado por la sangre, el dolor y el terror. Pero, en tiempos en los que el mundo contempló con espanto cómo el ser humano comenzó a utilizar todo el potencial de la energía atómica para la destrucción de otros seres humanos –en las masacres de Hiroshima y Nagasaki–, también supo liberar, desde el arte y como pocos, una extraordinaria energía creadora.

Philip Shabecoff, un ex corresponsal del New York Times en Tokio, quien visitó a Mishima en agosto de 1970, tres meses antes del dramático suicidio del gran escritor japonés, lo definió en estos términos: “La de Mishima fue una energía creadora maravillosa, asombrosa y temible, tan maravillosa, asombrosa y temible como la energía creadora del propio Japón contemporáneo”.

Un nostálgico del imperio

Yukio Mishima nació en Tokio en 1925 en el seno de una familia acomodada. Su verdadero nombre era Kimitake Hiraoka y adoptó el seudónimo en su adolescencia. Mishima es el nombre de un pueblo que está al pie del monte Fuji y con él firmó en 1944 su primera obra literaria: El bosque en flor, un volumen de cuentos.

Poco después, en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, se ofreció como voluntario para una misión suicida, pero fue rechazado por el Ejército nipón. Su primera novela, Confesiones de una máscara (1949), obra autobiográfica centrada en el tema del despertar de la sexualidad, fue tan elogiada que le permitió dedicarse por entero a la escritura. Su obra analiza inicialmente los problemas de la generación de posguerra y otorga especial atención a los temas del amor y del sexo.

En 1952 emprendió un largo viaje por América y Europa y en 1958 contrajo matrimonio. La obra de Mishima incluye decenas de novelas, unos 80 relatos, poesía, ensayos y piezas de kabuki y noh, dos modalidades de teatro tradicional japonés. Entre sus libros se destacan Colores prohibidos (1951), El rumor de las olas (1954), El pabellón de oro (1956), El marino que perdió la gracia del mar (1963), Nieve de primavera (1966) y Caballos desbocados (1968).

En su ensayo En defensa de la cultura, defendió la figura del emperador, como la mayor señal de identidad de su pueblo. Más tarde formó la Sociedad del Escudo (Tate No Kai), con jóvenes samuráis para protegerlo. Su vida y obra dieron materia, entre otros, a la biografía de John Nathan (1985), al estudio de Marguerite Yourcenar (Mishima o la visión del vacío, 1985) y a una película de Paul Schrader de 1985 que lleva su nombre.