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Y otra vez un rey que huye: el sainete de los Borbones, ahora con la ayuda del Psoe

El rey Juan Carlos abandonó España perseguido por los casos de corrupción y, abdicando en favor de su hijo Felipe VI ,vuelve a poner en tensión al débil gobierno de coalición. Se sospecha que fue con la complicidad de los socialistas, empeñados en limpiar la imagen de un monarca fiel a su genética


Vicente Jesús Díaz Burillo*

Con su abdicación de 2014 y su salida de España de hace unos días, Juan Carlos I no viene sino a rendir homenaje a la historia de los borbones en los últimos doscientos años: Carlos IV, quien abdicó en Napoleón después de haberlo hecho en su hijo, inauguró una tradición que rápidamente seguiría éste, Fernando VII, (“el deseado”, primero; “el felón” cuando se le conoció), abdicando, a su vez, en su padre.

La nieta de Carlos IV e hija de Fernando VII, Isabel II, abdicaría en su hijo, Alfonso XII, añadiendo a la costumbre de la abdicación la del exilio, en este caso forzada por la Revolución Gloriosa de 1868. Alfonso XII es en esta historia el díscolo, pues murió en la cama de palacio en Madrid en 1885, sin abdicar y sin exiliarse.

Para disculparle diremos que lo hizo joven, con apenas 27 años y sin tiempo, por tanto, para honrar su genealogía. Su hijo, Alfonso XIII, desharía este baldón y saldría de España en abril de 1931 forzado por unas elecciones que mostraron claramente que España era republicana.

Tras una guerra civil y una dictadura de casi 40 años, Juan Carlos I heredó el trono del dictador injertando así la sucesión monárquica en la legalidad franquista surgida del golpe de Estado del 36.

El pasado domingo 2 de agosto, y según las últimas informaciones, abandonó España. Exilio, fuga, huida, destierro… el rey emérito sale en cualquier caso del país perseguido por los casos de corrupción y con la intención de, en sus palabras, “facilitar el ejercicio de tus (a su hijo, Felipe VI) funciones”. Está por ver que logre el objetivo.

La costumbre de robar

Juan Carlos I no deja de ser, en este sentido, un buen ejemplar de Borbón hispano. Y como rey, casi paradigmático.

Su biografía podría haberla escrito George R. R. Martin si escribiera sainetes: con 17 años de edad disparó (fortuitamente, dicen, mientras jugaban) a su hermano; un disparo que le causó la muerte; heredó de Franco la Jefatura del Estado por la Ley de Sucesión de 1947, apartando a su padre de la línea sucesoria; coleccionista de amantes, a su mujer, la reina Sofía, en cierta ocasión la definió como una “gran profesional”; con una fortuna acumulada, según Forbes, de unos 2000 millones de euros (“es costumbre real el robar, pero los borbones exageran”, dicen que sentenciaba Talleyrand), abandona el país dejando a su hijo y heredero una situación de crisis en la institución monárquica que difícilmente podrá sortear.

Fin de una época

Pero la crisis, en realidad, supera a la que vive la Casa Real, y esto es en realidad lo importante. Porque con la caída en desgracia de Juan Carlos I ha caído el principal símbolo del régimen político español de la Transición, poniendo en crisis la arquitectura básica del organigrama institucional codificado en la Constitución de 1978.

Ha caído, por tanto, un símbolo. Lentamente, filtración a filtración periodística. Alrededor de Juan Carlos I se había construido la imagen de una España moderna que había sabido dejar atrás un pasado traumático, que se abría a Europa, al Mercado Común, al mundo.

El rey encontró en los gobiernos del Partido Socialista Obrero Español (Psoe) de los años ochenta su mejor aliado: republicanos de corazón, decían, se puso en circulación y de moda el eufemismo “juancarlista” para esconder ese monarquismo vergonzante.

El “no soy monárquico, soy juancarlista”, se convirtió en un mantra hoy convenientemente olvidado. 1992 marcó el cénit de ese relato de modernidad y progreso que, irónicamente, tan bien representaba la monarquía: la Exposición Universal de Sevilla, con la inauguración del tren de alta velocidad, el AVE, (el mismo AVE en el que en su tramo hacia La Meca ha participado Juan Carlos, esta vez, supuestamente, como comisionista); los Juegos Olímpicos de Barcelona, con un príncipe Felipe joven e impoluto paseándose por el Estadio Olímpico abanderando al equipo español, mostraron al mundo a una España moderna y próspera.

El tratado de Maastricht, firmado unos meses antes, había puesto las bases para la integración financiera y monetaria europea. Y allí estaba España, subida, ahora sí, en un vagón de primera en el tren de la Historia.

Ésta, sin embargo, es caprichosa y, hoy, los tres personajes que protagonizaron triunfalmente la escena política en España de aquellos años, Juan Carlos I, Jordi Pujol y Felipe González, han caído en desgracia, como si sus cuerpos, sus biografías y seguramente su memoria, hubieran recibido de golpe los estragos que sus imágenes habían soportado a escondidas en un lienzo guardado en algún desván del Palacio del Pardo.

La caída de Juan Carlos I marca, por tanto, el fin de una época que en realidad viene apagándose lentamente desde hace tiempo.

Profunda crisis institucional

El entramado institucional español soportó a duras penas la crisis económica de 2008; la abdicación de Juan Carlos I en 2014 fue una de las consecuencias de la misma: frente al empuje movilizador de los jóvenes en las plazas tras el 15M, tras las multitudinarias Marchas por la Dignidad que llenaron las calles de todo el país aquel año, el régimen encontró en la renovación de la monarquía una forma de salir adelante.

En aquel mismo año, en febrero de 2014, nació Podemos, un partido político que se arrogó la representación de una juventud indignada. El éxito electoral del partido, cuyo programa económico no dejaba de ser tímidamente socialdemócrata, alarmó a las élites económicas, políticas y mediáticas del país, y desde aquel momento se han sucedido las campañas de acoso y derribo contra sus líderes.

Incluso hoy se les responsabiliza desde los medios de comunicación generalistas de la salida del país del monarca emérito en un intento no se sabe si de castigarles o de felicitarles.

Síntoma inequívoco de la crisis institucional que vive España ha sido la incapacidad de formar gobiernos estables en los últimos cinco años: se han sucedido cuatro elecciones generales, y en todas ellas se ha puesto en evidencia la dificultad para canalizar institucionalmente a esta fuerza política e incorporar a sus cuadros entre la élite dirigente del país.

La salida de Juan Carlos I del reino ha vuelto a poner en tensión al débil gobierno de coalición que desde el pasado enero fue capaz de unir al Psoe y a Unidas Podemos.

Estos, abiertamente republicanos, se han encontrado con que, a sus espaldas, supuestamente, dirigentes del Psoe han negociado con la Casa Real la huida del ex-monarca.

Objetivo: salvar al rey

El objetivo parece claro y es salvar a Felipe VI. La apuesta, sin embargo, es arriesgada, en tanto podría ocurrir que la Casa Real y el rey titular aparecieran como cómplices en la huida de un prófugo.

Papel que en este caso compartiría el gobierno de Pedro Sánchez, quien, en su última comparecencia, tras negar saber cuál es el destino de Juan Carlos I, ha mostrado su confianza en Felipe VI. El Psoe, parece ser, con su empeño por limpiar la imagen de un monarca, une su destino al de los borbones en una lucha que, más que por el futuro, pareciera planteada contra la genética.

Lo curioso es que, hasta ahora, y durante los últimos 200 años, les ha funcionado.

*Investigador Postdoctoral Conicet-Rosario / Ishir

 

 

 

 

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