Los álbumes en vivo siempre dan que hablar; están los que no alcanzan a desplegar en esa jugada el aceitado dispositivo que consiguieron en estudio, y los hay que agregan aristas impensadas no detectadas en el álbum original, y que hacen crecer aquellos tracks hasta límites insospechables. Esos son los maravillosos. Frampton Comes Alive!, del cantante y guitarrista británico Peter Frampton es un disco que en su versión en directo adquirió una estatura superlativa desde su lanzamiento en enero de 1976, con hits como “Show Me the Way” y “Baby, I Love Your Way”, ampliamente versionados alrededor del mundo durante las décadas siguientes hasta que se convirtió en un verdadero fenómeno de ventas.
La segunda canción volvió a escalar en los noventa al ser el tema principal de la banda de sonido del film Reality Bites (La dura realidad, Ben Stiller, 1994), estelarizada por Winona Ryder, Ethan Hawke y el propio director. Por estos días ese álbum doble cumple sus 50 años y se lo admite como uno de los discos en vivo mejores concebidos. Instalado de inmediato en los oyentes de esa prodigiosa década, su salida a bateas fue seguida de una permanencia de tres meses como número 1 en el Billboard y sus canciones más pasadas fueron las dos mencionadas más arriba y la intensa “Do You Feel Like We Do”.
Los registros del álbum fueron tomados en distintas presentaciones que Frampton y su banda habían hecho durante todo 1975 –en un tiempo en que la disputa por un status en el rock era materia obligada para las bandas inglesas y norteamericanas, sobre todo– y terminó consolidando al guitarrista como una súper estrella internacional.
Frampton venía de una discreta carrera en las que lideró las bandas The Herd y Humble Pie, donde había demostrado sus cualidades vocales y sus habilidades como versátil violero. Sus cuatro discos anteriores a Frampton Comes Alive!, habían puesto en el candelero al británico, incluso con atendibles ventas, pero este registro en está considerado como el más vendido de la historia del rock, y, claro, es un montón, porque los 70 fue la era dorada de los álbumes en vivo, y había ya grandes títulos previos como The Who ‘s Live at Leeds; la banda sonora de tres álbumes del Festival de Woodstock; o el monumental Get Yer Ya-Ya’s Out!, que recogía la gira estadounidense de los Rolling.
En principio, el formato en vivo había estuvo reservado como parte de un contrato de determinada cantidad de álbumes y lanzamientos provisionales con los sellos, pero a partir de los 70 se descubrió como un filón inédito y los productores de las bandas comenzaban a pensar en registrar las giras en vivo con equipos más sofisticados.
Frampton en voz principal, primera guitarra está acompañado por Bob Mayo en guitarra rítmica, piano eléctrico Fender Rhodes, órgano Hammond y voz; Stanley Sheldon, en bajo y voz, y John Siomos en batería y percusión animan Frampton Comes Alive!, que rápidamente obtuvo elogios de la crítica especializada, y para Frampton significó un espaldarazo definitivo.
Hablando con la viola
En buena parte, el álbum se grabó en un concierto en el Winterland Ballroom de San Francisco, pero hay segmentos que fueron tomados en el Marin Civic Center de San Rafael, California; el Island Music Center, de Commack, Nueva York, y en la Universidad Estatal de Nueva York en Plattsburgh. Las cualidades notables del disco tienen que ver con la sensación de espacio contextual que produce su escucha, estilizado por la ingeniería de sonido, y que junto a los inspirados fraseos de la guitarra de Frampton, producen un seductor efecto inmersivo.
Las canciones de los álbumes previos tuvieron otra respiración en esos vivos, donde algunas baladas algo soft fueron convirtiéndose en proezas emotivas surgidas de interpretaciones que surfeaban otras caladuras. Antes de estos conciertos, Frampton estuvo en el programa televisivo Especial de Medianoche, conducido por el mediático Bert Sugarman, donde tocó los temas que salían en su nuevo simple. Quienes vieron el envío se sorprendieron con la destreza del violero, alguien que parecía hacer hablar a su instrumento con delicadeza y temple y una magia rítmica digna de admiración, algo logrado a través del Talk Box, un efecto que permite justamente “hablar” con una guitarra o sintetizador moldeando el sonido con la boca.
Sobre los registros del vivo, sin tener idea de en qué irían a convertirse, Frampton dijo una vez: “No me preocupaba que el camión (de grabación) estuviera afuera, me preocupaba que tuviéramos suficiente material para un concierto de hora y media. Era un poco exagerado en ese momento. Estábamos acostumbrados a hacer 50 minutos”. En realidad, no tuvo mucho para preocuparse, puesto que el disco tenía cerca de 78 minutos de material, al que más tarde, para una reedición que celebraba su 25 aniversario, se agregarían tres canciones que no habían sido incluidas en el original y que sumaban otros 13 minutos.
Quienes escuchaban Frampton Comes Alive! quedaban capturados por dos temas “Show Me the Way” y “Do You Feel Like We Do”, los dos surcos del disco que lucían más gastados. También, como era habitual en el arte de los vinilos, la foto desplegable del delgadísimo guitarrista con su Gibson Les Paul negra en bandolera producía un efecto consecuente con esas canciones y, si la concentración era ayudada por algunos efluvios externos, cualquiera podía sentir esos dedos deslizándose impetuosos por los trastes.
De este modo, Frampton Comes Alive! fue una verdadera hazaña musical para el rock de entonces, con la friolera de 11 millones de copias vendidos, y sus 50 años, festejados por el mismo Peter Frampton por estos días, no deja de ser una invitación a darse una vuelta por temas que retratan una época y sostienen una vigencia destacable a partir de su singular esencia rockera y una máquina sonora instrumental aceitada y emotiva que ofrece un renacimiento del género en cada escucha.