Coronavirus, Economía

Economía y pandemia

1º de Mayo: crear trabajo es una decisión política

Quedó demostrado que cuando se trata de preservar la vida de los argentinos el gobierno puede cambiar las prioridades económicas del país y encontrar apoyo popular en esas medidas. Esto ratifica que es posible reorientar la economía hacia las satisfacción de las necesidades básicas de la población.


Esteban Guida / Fundación Pueblos del Sur / Especial para El Ciudadano

Este año celebramos el Día del Trabajador en un contexto económico y social muy particular. Según indican las estadísticas de los organismos oficiales, antes de declararse la pandemia ya se anticipaba una merma en la economía mundial y se presagiaba con preocupación una importante caída en el comercio mundial.

Se escucha con frecuencia que esto sucede a raíz de la guerra comercial que encabezan las principales potencias del mundo, Estados Unidos y China. Pero es importante resaltar que el botín de esta “Tercera Guerra Mundial en cuotas”, es el trabajo. Sí, la disputa pasa por lograr retener dentro de las fronteras de los países aquellas actividades que demandan trabajo en cantidad y calidad, puesto que de la capacidad de generar trabajo genuino depende en gran medida la solvencia fiscal de los Estados y, desde luego, el nivel de vida de los habitantes de cada Nación.

Historia y estadística ratifican esta afirmación. La llegada de Donald Trump al gobierno de los Estados Unidos parecía una locura, pero se comprende cabalmente por la necesidad de retomar un modelo nacionalista que le devolviera a Norteamérica el liderazgo industrial cedido a China desde hace aproximadamente cuatro décadas. Los números tampoco dejan mentir: el proteccionismo de Trump le permitió a la economía estadounidense reducir el desempleo del 6,2% en 2014, al 3,9% en 2018; cosa que también logró China con su decidida política comercial, bajando el desempleo del 4,1% al 3,8% en el mismo período.

Obviamente, el fenómeno es más variado y complejo, pero todo indica que el librecambio está pasando “de moda” y que la intervención del Estado en la economía para garantizar el empleo, la producción y la industrialización en los países está poniendo en jaque el mismísimo Consenso de Washington y a los organismos internacionales que lo impusieron a nivel global.

Por eso, los efectos del Covid-19, no han cambiado la tendencia que venía trayendo el mundo, sino que la están profundizando a niveles aún desconocidos. En efecto, la Organización Mundial del Comercio (OMC) estima para el año 2020 una caída del comercio mundial de entre el 13% y el 32%, lo cual significaría una contracción de hasta casi tres veces la que se registró en 2009.

La Argentina, por su parte, también registra una profundización de sus problemas a raíz del Covid-19. El modelo basado en la apertura y especulación (desarrollado con total imprudencia mientras el mundo mostraba una actitud inversa) resultó un rotundo y categórico fracaso, reconocido (contra su voluntad) hasta por el Fondo Monetario Internacional. Pero este fracaso, no sólo debe ser entendido por la insostenibilidad de la deuda pública, sino principalmente por la incapacidad de la economía nacional de generar trabajo y satisfacer las necesidades básicas de los argentinos.

En nuestro país la tasa de desocupación ronda el 10%; todavía hay 7 millones de personas que no cuentan con servicio de agua potable, y casi 20 millones que no tienen cloacas; hay 3,5 millones de familias sin vivienda; la pobreza supera el 36% y la indigencia el 8%, al mismo tiempo que el precio de los alimentos está entre los rubros del Índice de Precios al Consumidor (indicador de la inflación) que más crecen.

Esta situación va mucho más allá de la gestión de un gobierno, aunque claramente quien tiene a su cargo el Estado es el primer responsable de agudizar los problemas, o servir para revertirlos.

Pero en oportunidad de este 1º de Mayo, Día Internacional del Trabajador, es imprescindible que todos los argentinos podamos tomar conciencia acerca de lo que realmente está en juego en esta situación, porque cada uno es responsable de eludir lo superfluo para poder enfocarse en lo profundo y sustancial.

Ha quedado demostrado, a raíz de la pandemia, que cuando se trata de preservar la vida de los argentinos el gobierno puede cambiar inmediatamente las prioridades económicas del país y encontrar apoyo popular en esas medidas. Aquel 19 de marzo, ante la recomendación de los especialistas, Alberto Fernández no dudó en implementar una drástica cuarentena y aplicar un conjunto de medidas económicas de fuerte impacto fiscal, impensadas pocos días antes. Sabemos que la adhesión y el respeto de toda la población a esas medidas ha surtido un afortunado efecto en la Salud Pública.

Esto ratifica que es posible reorientar la economía hacia la satisfacción de las necesidades básicas de la población, las que no acaban con “evitar el contagio” del Covid-19, sino que implican también alimentarse bien, vivir en una casa digna, tener agua potable, cloacas, un trabajo digno, salud y educación, con justicia social, entre otras cuestiones básicas.

Muchos pueden decir que la Argentina es un país pobre y quebrado, y que por eso le toca padecer los efectos propios de su condición; que ya se gasta mucho y que no hay para todos; que “se robaron todo” y no hay más dinero para revertir la situación.

Sin embargo, el mundo y el Covid-19 nos están dando una gran oportunidad para mostrar con hechos que eso no es verdad. Está quedando demostrado también que el problema hoy no es el dinero. Con el cierre provocado de las principales economías y la caída inexorable del comercio mundial, el modelo basado en la exportación de materias primas ya no es viable; Vaca Muerta ya no puede ser la joya de la abuela que queda por vender, y subordinar la planificación económica a la renegociación de la deuda pública genera aún más incertidumbre.

Como ya ha ocurrido en otros momentos de nuestro país, el mercado interno vuelve a ser la alternativa de solución; no sólo porque tendremos que autoproveernos de algunos productos básicos sino porque será la manera de priorizar la Vida por sobre el dinero, mediante la generación de trabajo privado digno. En efecto, el único comprobado y más efectivo vector para priorizar verdaderamente la Vida de todos los argentinos es el trabajo, entendido en su más amplia y diversa forma de expresión y realización material y espiritual de las personas.

Esto se hace volviendo a una economía de pleno empleo con justicia social, cosa que nuestro país ya supo ofrecer a sus habitantes y al mundo con su Tercera Posición, dejando un claro ejemplo de que sí se puede hacer y de cómo se puede lograr.

Claramente es un desafío gigante y complejo que involucra a todos los argentinos; por eso sería torpe depositar todas las esperanzas en un funcionario. El gobierno nacional debe integrar inmediatamente un Consejo Nacional de Pospandemia, para abordar la crisis y sus soluciones de forma interdisciplinaria e intersectorial con la seriedad con que abordó el tema sanitario. Este ámbito debería estar integrando por representantes válidos de las fuerzas productivas nacionales (empresas, trabajadores, gremios), la academia, los científicos y el Estado (en todos sus niveles). Desde allí, tiene que surgir la planificación de un nuevo modelo de país, afirmado en un claro objetivo: la satisfacción de las necesidades de todos los argentinos y la creación de trabajo digno como vector, en un marco de justicia social.

Para ello, las medidas deberán estar orientadas a la producción nacional de más y mejores productos y servicios, el aprovechamiento sostenible de los recursos naturales y el uso pleno del capital aplicados al bienestar de las personas y el desarrollo nacional, incentivando aquellas actividades que generen trabajo, atendiendo a la realidad de un nuevo contexto y de un nuevo orden político de prioridades.

¿Por qué no podría ser así a partir de ahora, si ha quedado demostrado que la vida es más importante que el dinero; que nos salvamos todos o no se salva nadie, y que la vida de los argentinos es más importante que cualquier otro interés?

Como para los argentinos no hay nada más importante que la Vida, nadie debería interponerse en esta iniciativa, ni quedar afuera de ella, a fin de que el pueblo, a través de sus diversas organizaciones libres pueda garantizar con su participación real en la vida política del país la orientación del plan y sus medidas.

Esta crisis planetaria nos presenta la gran oportunidad de hacer el cambio que tanto necesitamos y esperamos. Ya no hay más excusas: crear trabajo es una decisión política. Hacerlo es priorizar la Vida, y hoy reafirmamos que toda vida humana es nuestra primera prioridad nacional.

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