Ciudad, Edición Impresa

“Soy un agradecido a la vida”

Por Santiago Baraldi.- El maestro Cristián Hernández Larguía cumple hoy 90 años haciendo lo que más le gusta: dirige el Coro Estable, cargo que ocupa desde 1946, y el Conjunto Pro Música que él mismo fundó en 1962.

El maestro Cristián Hernández Larguía cumple hoy 90 años y próximamente cumplirá 70 años junto al Coro estable y 50 con el Pro Música. Un prócer del pentagrama, este rosarino adoptivo –nació en las Barrancas de Belgrano, en Buenos Aires– es hijo del mítico arquitecto Hilarión Hernández Larguía, quien se instaló en la ciudad cuando el pequeño Cristián tenía 2 años. Se crió en la casona de calle San Luis 448, donde además funcionaba el estudio de su padre, un melómano que influyó en su formación por el gusto musical. Así, lo sonidos de Weber, Schubert, Schumann y Mozart influyeron definitivamente en el destino de Hernández Larguía, quien se abrazó con pasión a la música.

—¿Cómo lo encuentran los 90 años?

—Trabajando en lo que más me gusta. Soy un agradecido a la vida. Dirijo dos coros, el Coro Estable, desde el año 46, y el Pro Música, desde el62. Ala vida la voy tomando como llega, no tengo grandes proyectos para el futuro.

—¿Cuándo comenzó su amor por la música?

—Mi padre era arquitecto y trabajaba siempre con música de fondo y yo era muy compañero, y ahí me acostumbré a escuchar buena música. Luego, en el Colegio Alemán, donde hice la escuela primaria, teníamos un profesor que era un eximio pianista y además se le daba mucha importancia al canto coral; era muy natural cantar a cuatro voces o cantar a una voz con acompañamiento de piano. No se cantaba a la bartola como se hace por lo general en las escuelas, donde el profesor de música es secundario. Luego fui al Colegio Nacional y la señorita que teníamos era objeto de la tomada de pelo de los alumnos. Mientras cantábamos, tocaba el piano con los nudillos…

—¿Su padre escuchaba música y también cantaba?

—Lo tenía prohibido, no tenía una buena voz, sí un oído muy fino. Mi madre cantaba muy bien, muy linda voz, y era muy común en la sobremesa que con mi hermano cantáramos con ella. El ambiente musical que había en casa, la formación en el coro del Colegio Alemán… Después me fui enterando de que, mientras crecía, lo que escuchaba era Weber, Schubert, Schumann, Mozart, y me formé con ese repertorio. A los 15 años comencé a estudiar piano y ya a los 20, es decir en el año 41, en plena Segunda Guerra Mundial, conocí al célebre penalista Sebastián Soler, que integróla Corte Supremadela Nación. Tocabamuy bien la guitarra y era un entusiasta de Bach. En aquel momento era presidente dela Cultural Inglesay me propuso hacerme cargo de la música de la biblioteca. El Concejo Británico enviaba muchísimo material: partituras, literatura sobre música, discos con músicas dela Edad Mediaque eran rarísimos y así me fui formando.

—¿Quiénes fueron sus maestros en la dirección?

—Aprendí dirigiendo… Yo ingresé al Coro Estable como coreuta en 1942, cuando se fundó, bajo la dirección de Ricardo Engelbrecht, un alemán casado con una judía que tuvo que huir de Alemania y vino a Rosario finalizada la guerra. Se volvió a su país en el 46 y entonces me ofrecieron hacerme cargo como interino, y desde entonces sigo siendo el director.

—¿Qué música le gusta escuchar?

—Escucho menos música que antes. Me gusta la música muy variada, no sólo los clásicos: me gustan Joao Gilberto, Vinicius de Moraes, Serrat, Piazzolla, me gusta el candombe y me gusta ver la murga por las calles uruguayas. Me gusta la música popular de todos los países, la rusa, por ejemplo; me gusta también Atahualpa Yupanqui y algunas cosas puntuales de los Beatles me parecen sensacionales. Me gustaba mucho Chacho Muller, aunque no tenía una gran voz ni era gran guitarrista, pero tenía un ángel especial como Serrat o Louis Armstrong.

—Después de tantos años, ¿hay nervios antes de subir a un escenario?

—Estoy nervioso en casa, antes de salir. Cuando llego al lugar es como si fuera un ensayo, no pienso en otra cosa, me olvido del público. Una vez estaba dirigiendo en el Colón y una de las coreutas se desmayó y la tuvieron que sacar entre dos personas del escenario y yo me enteré cuando terminó la función, no lo había advertido.

—¿Cómo es el público rosarino?

—Es un público muy exigente. Un ejemplo: soy muy amigo de Carlos López Puccio, rosarino que integró el Pro Música y luego se fue a Buenos Aires y triunfó con Les Luthiers y su propio coro, uno de los mejores del mundo. Ellos, cuando vienen hacer sus funciones acá, arman un programa más largo y testean cuáles son los cuadros que causan más gracia para después hacerlos en Buenos Aires. Cuando hacemos en el Monumento el Cantemosla Navidadgozo mucho la relación que se produce con la gente, cosa que no ocurre en el Colón.

—¿Qué le molesta a la hora de dirigir?

—No me gusta que vayan con el telefonito (celulares) y no lo apaguen o que aplaudan cuando no hay que hacerlo. Estando de espaldas al público, uno advierte todo. Cuando uno hace música está transmitiendo un mensaje al público y éste lo recibe y lo reenvía o no. Dirigiendo, uno se da cuenta de lo que está pasando en la sala: si hay un público que te está siguiendo o está en otra cosa; luego, el aplauso es el veredicto.

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