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“Para mí, el teatro es una cuestión ideológica”

David Edery habla de su regreso a la dirección con el estreno en abril de la obra “Sacco y Vanzetti”.

Por Miguel Passarini | El Ciudadano & la gente

Hubo un tiempo en el que el teatro rosarino gozaba de un prestigio que trascendió los límites de la ciudad. EN ese tiempo, los años 50 y 60, hubo actores y directores, referentes del movimiento independiente, que se comprometieron con el oficio al punto de dejar todo y tomar la bandera del teatro como bastión político. Por aquellos años, cuando glorias de la escena argentina como Alejandra Boero, Pedro Asquini o Oscar Ferrigno venían a Rosario a compartir experiencia y conocimiento, David Edery se cruzó con el teatro casi por casualidad (“fui porque necesitaban un electricista”, dice) y a partir de aquEl momento se convirtió en uno de los referentes de la escena local, con su paso por grupos históricos como el Centro Dramático Litoral, luego de su debut en 1956, del mismo modo que sus trabajos en cine y televisión, donde debutó junto al recordado Negro Brizuela Méndez cuando Canal 3 funcionaba en lo que hoy es la sala Mateo Booz.

Aunque nunca se alejó del todo, Edery está de regreso y nada menos que con una versión de Sacco y Vanzetti, de Mauricio Kartun, reciente ganadora de uno de los proyectos de Coproducciones Área Teatro de la Secretaría de Cultura municipal, que se estrenará en abril en La Comedia, con un seleccionado de actores locales de diversas formaciones y generaciones jamás reunido. Pero además, quien fuera uno de los fundadores de la delegación local de la Asociación Argentina de Actores hace más de 20 años, y maestro de muchos de los que hoy hacen teatro en Rosario, recibió el pa-sado 23 de noviembre el premio Podestá a la Trayectoria, en un acto que se realizó en Buenos Aires.

“Cuando uno tiene claro qué decir no hay una forma mejor que la palabra”, dice Edery. | Foto: Marcelo Masuelli
“Cuando uno tiene claro qué decir no hay una forma mejor que la palabra”, dice Edery. | Foto: Marcelo Masuelli

De todos estos temas habló Edery con El Ciudadano, a lo largo de una charla en la que no faltaron los recuerdos y la emoción de estar de regreso con una obra que, seguramente, será uno de los hitos culturales del año que está por comenzar.      

—¿Por qué elegiste “Sacco y Vanzetti” ?Un texto y una historia tan atrapante como compleja de contar.
—Sí, es un texto muy importante pero a la vez una historia no recordada por las nuevas generaciones. El texto de Mauricio Kartun trajo al presente, desde los años 90, la historia, incluso para aquellos que no vieron la película (rodada por Jualiano Montaldo). Él construye una dramaturgia muy inteligente a partir del juicio y la condena de estos dos italianos acusados de anarquistas en Estados Unidos en la década del 20, y toma la historia de estos dos trabajadores para poner en boca de esos personajes lo que realmente está pasando ahora en el país. La obra denuncia la corrupción de la Justicia, su connivencia con los gobiernos de turno, las mafias, la condena de los que piensan diferente, la xenofobia. Me pasó que cuando leí la obra creí estar leyendo el diario de ayer, eso es muy impresionante.

—¿Por qué estuviste alejado de la dirección en este tiempo?
—Hacía cinco años que no dirigía y, más allá de algunas propuestas que había tenido para hacer comedia, quería volver con un proyecto propio. El 1º de mayo del año pasado me convocaron para un acto que se hizo en La Comedia, me pidieron que hiciera algo con algún texto. Lo hablé con Miguel Franchi y él me sugirió la historia de Sacco y Vanzetti. Leímos material, mezclamos un poco todo e hicimos una escena. En ese momento me encontré con la versión teatral escrita por Kartun, y me enloquecí, sentí que tenía que hacerla, más allá que de inmediato tomé conciencia de lo complicado que era convocar a trece actores y concretar una puesta y vestuario de época. Hoy hay un grupo de trabajo (Siete Locos) muy comprometido con esta puesta, y el proyecto está en nuestras manos, más allá de que seguimos buscando apoyo y de haber ganado una de las Coproducciones municipales, obtenido un subsidio del Instituto Nacional del Teatro, y el apoyo con la compra de funciones que hará el Ministerio de Innovación y Cultura de la provincia para 2010.

—¿En qué puntos la concreción de este trabajo te retrotrae a los años en los que participaste de la movida local de los independientes? 
—En muchos lugares y momentos, por ejemplo me retrotrajo a la época en la que monté una versión de El acusador público, en 1974, los años de López Rega y la Triple A. Es una obra que trata acerca del terror en la Revolución Francesa. Entre esa obra y aquél presente, había analogías muy precisas. Como había cosas que no se podían decir directamente, las dijimos en otro contexto histórico. Fue un espectáculo muy importante, más allá de que lo hicimos en un espacio pequeño, el Teatro del Mercado Viejo (que funcionaba en San Juan 1021), donde montamos una serie de obras muy importantes para la época. Bueno, ahora tengo la misma sensación, la de estar poniendo sobre el tapete una cuestión que siempre tuve, desde mis comienzos, y que tiene que ver con que, para mí, el teatro es una cuestión ideológica. Eso es lo que me ha empujado siempre. 

—Conviven en escena actores de, al menos, cuatro generaciones ¿Cómo se hace para compatibilizar formaciones y modos de actuación tan distintos?
—Sí, por ejemplo está Alfredo Anémola que es anterior a mi generación, Eduardo Vercelli, o los protagonistas, Miguel Franchi y Pablo Coppa, que son de una generación intermedia (completan el elenco Carlos Soto Paiva,  Patricia Pareja, Gloria Buzzano, Liliana Belinsky, Roberto Chanampa, Miguel Chiaudano, Sergio Garfinkel, Raúl Luna Tubbio y Raul Santángelo). Yo trabajo con un planteo de puesta y de una estética de actuación que está en relación con lo que cuenta la obra. Primero armo con lo que proponen los actores y allí trazo, de algún modo, dos andariveles dentro de los cuales podemos movernos para que la cosa no pierda registro, más allá de que des-pués uno ponga el ojo en la “filigrana”. También, en el camino, fuimos cambiando muchas cosas porque yo no  soy un director de hierro. Antes, teníamos planteada una escenografía que era muy grande, y luego de la pasada de algunas escenas que hicimos en La Comedia hace unos días me di cuenta de que no es necesaria, que todo está en el texto y en los actores, y su calidad humana puesta al servicio de esos personajes que realmente la necesitan. Y pensé: “¿Para qué poner cosas que distraigan?”. Viéndolos, tuve la sensación de que flotaban en el escenario y que, al mismo tiempo, se revalorizaba muchísimo la palabra, y la acción que genera la palabra. 

—¿Qué pensás que fue lo que trajo de regreso la palabra al teatro?
—En un tiempo se dejó de lado a causa de una estética cerrada, críptica, extremadamente experimental. Y, al revés de eso, yo siempre hice teatro pensando en el público, para que la gente lo disfrute, mientras más público goza de tu espectáculo, mejor. Y no por eso hacer cualquier cosa, pero cuando uno tiene claro qué decir no hay una forma mejor y más clara que la palabra, el gesto y ponerle el cuerpo.

—Quizás tenga que ver con que han vuelto a aparecer los dramaturgos, un rol que por mucho tiempo ocuparon los directores y hasta los propios actores.
—Es así, yo no volví a dirigir hasta ahora porque no encontraba un texto como éste con el que me siento absolutamente identificado. Muchas veces es preferible no hacer nada, más allá de que en estos años seguí actuando, nunca dejé la actuación, incluso algo en el cine (su último trabajo fue en Días de mayo, de Gustavo Postiglio-ne, donde encarna a un profesor de teatro). Igual, siempre me quedo con el teatro, la devolución del público en el momento es impagable. Siempre digo que el teatro es un gran acto de amor: vos das tu tiempo a alguien que también está aportando el suyo: es algo irrepetible. Quizás por eso, por más tecnología que le quieran poner, el teatro es del actor, que es el que traspira la camiseta, porque es un acto vivo. Yo le digo a los actores que soy, hasta el estreno, el capitán del barco, pero que después, desde el muelle, les digo “chau”, porque tienen que seguir navegando solos. 

—¿Qué sentiste cuando te enteraste que recibirías el premio Podestá que entrega la Asociación Argentina de Actores, uno de los pocos de prestigio que quedan?
—Una gran emoción, porque es un premio que entregan los pares, los amigos. La verdad es que me sorprendió, no me lo esperaba. Supongo que tiene que ver con mis años de militancia con el teatro. Sobre fines de los 70 y principios de los 80, yo fui secretario general de la entidad, y luché mucho para que se reconozcan los derechos de todos los compañeros. A la entrega fui con mis tres hijos y ellos estaban sorprendidos de cuánta gente me conocía, de muchos casi ya no me acordaba. Esto fue en  noviembre y todavía sigo recibiendo llamados de gente para felicitarme. 

—Llevás más de cincuenta años con el teatro; ¿sos de hacer balances?
—No, y ya pasé los 70. Igual creo que soy bastante obstinado, ¿no? (risas). Debuté profesionalmente en 1956. Antes, a los 14 años, había hecho cosas que ni siquiera eran vocacionales. Pertenecía a la Asociación Israelita, y me gustaba actuar porque era una cosa nueva para mí, que era un chico. Después dejé todo, hasta que volví al teatro en los años 50 pretendiendo ser electricista y terminé siendo actor, algo que nunca voy a abandonar.

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