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“Al futuro hay que crearlo”

El biocirujano e investigador Juan Carlos Chachques, creador del “echarpe cardíaco”, contó cómo funciona el corazón bioartificial que desarrolla con la empresa que fabrica los Airbus en Francia. Por Santiago Baraldi

“Lo mejor para predecir el futuro es crearlo”, asegura el biocirujano e investigador Juan Carlos Chachques, quien hoy a las 19 será distinguido en el aula magna de la Facultad de Odontología con el diploma de Doctor Honoris Causa otorgado por la Facultad de Medicina y mañana dejará inaugurada la sala digital de la escuela Juan Arzeno, de la que fue alumno. Chachques, de 67 años y rosarino por adopción, hace 30 que vive en París. Es reconocido en el mundo por haber creado la técnica del “echarpe cardíaco” que ha salvado miles de vidas, y está desarrollando con su equipo del Hospital Pompidou, donde es director de investigaciones cardiológicas, un corazón bioartificial junto a ingenieros de la industria aeronáutica francesa.

Hijo de un maestro y médico rural, nació en el pueblo santafesino de Godoy. Cuando tenía cinco años la familia se radicó en Rosario, donde hizo toda su formación académica. En la década del 70 fue jefe de residentes en el Hospital de Clínicas, “muy comprometidos con una salud pública en serio para todos”, lo que le costó que lo detuvieran y lo encerraran en la Esma. “Vi cómo se fue creando ese monstruo que fue la Escuela Superior de Mecánica de la Armada, donde estuve detenido durante abril y mayo del 76. Soporté las torturas y sentía cómo se moría la gente a mi lado”, relata con angustia. Este cirujano e investigador que no ha olvidado el carácter social de la medicina, dirigió además un hospital móvil en Sudán y en Bosnia dedicado a tratar enfermedades infecciosas. “La gran enfermedad es el hambre”, asegura.

—Usted es producto de la educación pública y será distinguido con el título de Doctor Honoris Causa. ¿Qué sentimientos se le cruzan al estar trabajando en Francia?

—Ante todo un gran orgullo y compromiso. Me eduqué en la escuela Juan Arzeno en la primaria, la secundaria en el Normal 2 y luego en la Facultad de Medicina de Rosario. Yo creo en la educación pública, y en el hospital donde trabajo en París soy docente también.

—¿Cuál fue el motivo de su ida a París?   

—Cuando finalicé Medicina se comenzaban con las residencias médicas, que era la mejor forma de formarse. Eran de tres a cuatro años, a tiempo completo. Yo quería hacer cirugía y en Buenos Aires las residencias estaban bien constituidas, así que gané un concurso para ser residente en el Hospital Rawson, que era la gran escuela de cirugía. Al año se abrió el Hospital de Clínicas, fui jefe de Residentes, había allí un pabellón y vivíamos adentro del hospital y daba clases de anatomía. Estando tan metido en la vida hospitalaria conocía todo, entonces mis compañeros me eligieron presidente de la Asociación de Médicos Residentes, donde nos preocupábamos por un hospital gratuito, público, con buen nivel para los pobres, que no hubiera dos medicinas, y en esa línea estábamos todos. Fui secretario de la Federación Argentina de Médicos Residentes y ahí llegó el gobierno militar. La Marina intervino el hospital e hicieron una lista de los tipos activos y un mes después del golpe de marzo de 1976 me vinieron a buscar a mi casa, me secuestraron y me tuvieron durante abril y mayo en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (Esma), después me dejaron salir porque mi padre era médico, radical, amigo de Ricardo Balbín, tenía contactos y yo no estaba en nada violento. Yo zafé porque tenía un cuerpo fuerte, jugaba al rugby en Plaza, había hecho el servicio militar y me sirvió para conocer la idiosincrasia de estos tipos. Cuando estuve ahí adentro me hacían preguntas, me pegaban, me torturaban psicológicamente. Yo vi cómo se creaba esa máquina infernal que fue la Esma. Nos metían en el último piso, en la buhardilla, encadenados, desnudos, con vendas en los ojos y encapuchados, es decir que no veíamos nada. Me pegaron, me dieron electricidad, pero mucho menos de lo que yo escuchaba. Nos daban de comer una vez al día y en un momento abría los ojos y me comía las legañas, nos daban dos minutos para comer un sándwich y un poco de agua… fue muy desagradable, fue una tortura psíquica… No podíamos hablar entre nosotros porque si abrías la boca ellos estaban parados al lado escuchando y al primero que decía algo lo cagaban a patadas. Escuché tipos que murieron al lado mío, venían de la máquina, les habían dado picana y los milicos estaban excitados y les ponían la ampolla, escuchabas que dejaban de respirar y después se llevaban los cuerpos. Eso lo sentíamos, escuchábamos todo y sentí gente que dejó de respirar… a mujeres que las cagaban a patadas. Nos traían un tacho para cagar, para orinar… realmente, la Edad Media.

—¿Después de eso se fue del país?

—No quería irme, me dijeron que no apareciera más por el hospital, ni por la Universidad. Quería estudiar biología y lo hice en Núñez mientras René Favaloro abría la residencia en su Fundación y me metí ahí. Aprendí muchísimo. Comencé a trabajar en la Asociación de Periodistas de Buenos Aires, que tenía consultorios en Avenida de Mayo y era el único sindicato que no estaba intervenido por militares. Habían metido a un interventor civil del Ministerio de Trabajo, esto fue en el 77 y 78, trabajaba en los consultorios externos haciendo cirugías y trabajando con Favaloro. Después me fui a París a un congreso y me traje todos los papeles para conseguir una beca. Cuando volví me habían echado de la Asociación de Periodistas, que era la único que tenía. Me volví a París por la beca, con todos mis antecedentes.

—Estando en París crea el “echarpe cardíaco”, ¿qué es?

—Utilizando un músculo de la espalda ideé la manera de traspasarlo al interior del tórax por una ventana hecha entre las costillas, y luego se enrolla el músculo alrededor del corazón. Diseñé también electrodos y marcapasos para estimularlo en sístole, lo cual es como una especie de masaje cardíaco. Todo eso lo patenté.

—¿Cómo funciona el corazón artificial en el que está trabajando junto a la empresa que fabrica los Airbus?

—Hoy la tecnología permite avanzar mucho. Es un corazón biomecánico, el interior es biológico, las válvulas del pericardio son de tejidos animales y el exterior es electrónico y mecánico. Si el corazón tiene una falta de contracción y está medio débil, se le puede poner un músculo con un marcapasos. Si tiene solamente un infarto, le ponemos células madre que se extraen del interior de la médula ósea y eso regenera. También estamos trabajando en ingeniería de tejidos, o especies de esponjas de colágeno donde ponemos células madre, como un parche sobre la zona enferma del corazón. Cuando el corazón está muy mal, tiene que ir a trasplante. El dador de trasplante es una persona que tuvo una muerte violenta, o por suicidio o accidente de moto o auto y tiene muerte cerebral, a partir de ese momento trabajamos sobre un corazón artificial para la gente que no puede esperar un trasplante porque se está muriendo. Hace como diez años que estamos en eso junto a la sociedad ADS, que es la que fabrica los aviones Airbus. De la industria aeronáutica francesa es el mismo grupo que manda satélites de comunicación y tiene la electrónica que mide el control a distancia. Para esos casos, se necesita una máquina completamente implantable y que tenga cuatro cámaras como el corazón real, eso es el Carmat, como se denomina el novedoso aparato, que está indicado para pacientes con insuficiencia cardíaca terminal. Dentro del corazón artificial de plásticos de alta performancia, como el que utilizan en los aviones –el aluminio en los aviones está siendo reemplazado por plásticos de gran dureza, que es mucho más liviano–, ese material lo usamos para hacer la caparazón externa, luego lo forramos con tejido biológico, que es el pericardio, la membrana que recubre al corazón, y finalmente utilizamos la electrónica que es la que cierra y abre las válvulas. La aeronáutica aporta el caparazón externo de esos materiales modernos, livianos y la electrónica interna, porque es un corazón eléctrico: son dos bombas centrífugas que dan presión adentro de los ventrículos, todo controlado por censores de la industria aeroespacial. Nos puede informar, por telecomando, cómo está la situación adentro, si las válvulas internas se están deteriorando. Hace diez años que se está probando prototipos en un banco de ensayos y en algunos animales. Ahora nos han dado la autorización para hacer con diez pacientes que prácticamente estén muriéndose, que no haya otra solución, que ya hayan sido trasplantados antes o que no hayan podido ser trasplantados porque son diabéticos severos, o porque son mayores de 67 años. El corazón de una persona tiene el tamaño de un puño cerrado de la mano, éste corazón artificial es más grande, pesa el doble, tiene material electrónico adentro con dos motorcitos laterales que mandan presión a los dos ventrículos. Si nuestro corazón pesa 400 gramos, éste pesa 900 gramos. Cuando uno se acuesta, el peso del corazón le resta circulación a las venas cavas, por eso se está trabajando en materiales más livianos, son los progresos que se están haciendo. Por eso se va a probar con pacientes que no tienen chances para vivir y que están sin otro tratamiento que no sea el cambio de corazón. Diría, que reconociendo lo que hemos hecho nosotros, el 95 por ciento del trabajo lo han hecho los ingenieros electrónicos, nosotros los médicos les dijimos lo que necesitábamos. Tomamos a través de imágenes de tomografías computadas a 50 pacientes con insuficiencia cardíaca terminal para ver a hasta dónde hacer el volumen y eso nos permitió hacer el diseño externo. Respetamos la vida y hacemos biocirugía, no queremos cambiar. Primero ponemos células madre, tratamos de regenerar, de reparar, así que la última etapa es el corazón artificial. Pienso que antes hay que reparar que cambiar. Cuando empieza a cambiar es caro, complejo y difícil. Este corazón necesita un contacto con una pila al exterior, lo mejor es usar un tejido biológico.

—Propensos a etiquetar, ya hay quienes lo comparan con Favaloro…

—Claro que es un orgullo, fui alumno de Favaloro. En 2000, para la inauguración del Hospital Pompidou, Favaloro viajó junto a Christian Barnard. Hubo un gran congreso donde estuvieron los 20 grandes cirujanos del mundo. Fuera del congreso fuimos a cenar una noche y Favaloro estaba muy triste, muy preocupado… recuerdo que me contaba que las mutuales, las prepagas, el Pami no les pagaban, que para que la Fundación subsistiera tenía que echar a la mitad del personal. «Y yo me jugué por ellos y no los voy a dejar en la calle», me dijo, muy triste, y a la semana se mató. Fue su última participación en un congreso internacional. Fue un innovador con una gran sensibilidad social.

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