Viernes 21 de Noviembre de 2014

Un final de cenizas, un signo que revela el cambio de la sociedad

Por Luciana Sosa.- Sólo en el ámbito público en 2011 hubo 3.000 cremaciones; en 2012 llegaron a 3.500, y este año pueden llegar a 5.000.

Publicado el 30 junio 2013

crematorio

“Es sorprendente recibir tanta demanda en materia de cremaciones. Hasta los sectores más bajos optan por esta modalidad, algo que antes ni se pensaba”. Así confirmaron en el cementerio La Piedad, donde funciona el Crematorio Municipal, una tendencia cada vez más representativa, sino en la sociedad actual, al menos en la ciudad y también fuera de ella. En Rosario, en 2011 se realizaron 3.000 cremaciones –con un promedio de 8 por cada día del año–, mientras que el año pasado esa cifra se estiró a 3.500, con lo cual se acercaba a una decena al día. Y de acuerdo a los registros oficiales, en 2013,  hasta abril, hubo ya 1.300 servicios, por lo que se estima que para fin de año se habrán realizado 5.000 cremaciones sólo en dependencias públicas, lo que ya habla de unos 14 al día.

Los números hablan de una realidad cada vez menos oculta. El Crematorio Municipal registraba para el año 2000 unas 40 inscripciones mensuales de personas que pedían ser cremadas luego de su muerte; en tanto que para el año pasado esas voluntades ascendían a 60. Hoy, mediando 2013, los registros llegan a 80 pedidos al mes.

“Puede que de acá a 10, 20 ó 30 años estas personas registradas hagan uso del servicio o no. Pero esto demuestra cómo ha cambiado el concepto ante la muerte”, razonó el subsecretario de Servicios Públicos de la Municipalidad, Diego Leone, de cuya área dependen los cementerios municipales y el Crematorio.

Cenizas

Leone explicó que existen variantes acerca de la cremación. La primera de ellas es la voluntaria, donde el interesado se presenta al cementerio El Salvador junto a dos testigos y declara su voluntad de ser cremado.

La segunda es la cremación directa, en la que una vez fallecida la persona en cuestión, su cónyuge y sus deudos (en el caso de tener hijos, deben estar todos presentes) toman la decisión de cremar el cuerpo. Tanto éstas como las voluntarias se realizan en un máximo de 48 horas de declarada la muerte de la persona.

Por otro lado están las exhumaciones, que se realizan a los cuerpos que llevan tiempo en el cementerio pero sus deudos deciden cremarlo para hacer lugar en el nicho familiar.

En tanto, de acuerdo a las políticas del cementerio, están las cremaciones por motivos administrativos: según explicó el funcionario, los deudos de un fallecido tienen hasta dos años para saber si será enterrado o no, por eso, cerca del vencimiento de dicho plazo, se consulta a los familiares sobre la decisión de comprar un nicho, parcela, o cremar el cuerpo.

“A medida que pasa el tiempo, hablar de la muerte resulta un poco más natural que hablar de la vida misma. Más allá de incremento en cremaciones. Tenemos el caso de un sector más pudiente como es el cementerio El Salvador, donde tenemos muchos monumentos y obras de arte pero cada vez menos visitas. A diferencia de La Piedad, donde la muerte aún sigue arraigada por los vínculos afectivos, donde las personas visitan a sus seres queridos. De todas maneras, allí también creció la demanda por cremaciones”, dijo por su parte Juan Valiente, director del cementerio La Piedad.

El complejo tránsito a convertirse en polvo

Por Santiago Baraldi. “En las grandes ciudades, al reducirse el espacio de entierro, se elevan los costos, el mantenimiento siempre es más caro, es decir que lo filosófico religioso se mezcla con las variables económicas. Lo espiritual en relación al muerto pasa por otro lado; ya no es necesario tener el lugar físico a donde ir a rendir homenaje a un familiar”, explicó la antropóloga María Carolina Barboza. La docente e investigadora del Conicet recibió la consulta de El Ciudadano en relación a la cantidad de personas que, por disposición propia o de sus familiares, son cremadas tras morir. El rito es cada vez más aceptado: mientras se conocen casos en que muchas personas dejan por escrito la voluntad de que sus cenizas sean esparcidas en el río, en un jardín –o hasta en la cancha del club de sus amores– el regreso de esa forma a la tierra reemplaza al viejo panteón familiar o al frío nicho del cementerio.

Para Barboza, lo que se conoce como “arqueología de la muerte” consiste en tratar de entender cómo las distintas sociedades y culturas, a lo largo del tiempo, fueron cambiando el patrón mortuorio: “Pensar la muerte como un cambio de situación, cuando esto ocurre se rompe con determinadas cuestiones que necesitan ser saldadas y para eso está el rito, para que los vivos hagan el duelo. Desde la antropología es entendido como un pasaje más, como el pasaje de la niñez a la adolescencia, la muerte es un momento de pasaje, curar la herida que deja la ausencia de la persona, que cada cultura implemente distintos ritos”, explica.

Los panteones imponentes, de familias adineradas de la ciudad, donde se observan estatuas en mármol de carrara encargadas –en su mayoría– a escultures y marmoleros italianos que migraron a Rosario, dieron paso en la misma estructura social en los años 90 a los cementerios privados o jardines de paz. Y también a la cremación, tanto, que en la actualidad hay que viajar al crematorio de la ciudad de San Nicolás porque en el local no hay turnos.

“Hay un momento de necesidad de exteriorización de la muerte como un ritual importante y allí aparecen los panteones, y en el cementerio conviven, en clara muestra de la diferenciación social, con los nichos donde está la gente con menos recursos, que no tenía acceso a la pomposidad del rito de la muerte. Después tenemos la irrupción en los 90 de los cementerios privados, donde se pasa a la simplicidad de esas tumbas, donde no dejan demasiada señal respecto del ritual; sin embargo detrás de esto está claro que no cualquiera tiene acceso a este tipo de cementerio: allí no hay gente humilde. En un momento de la exteriorización de lo económico, donde la persona que falleció vivió de manera pomposa, elige un lugar sencillo”, marca la antropóloga.

“Grupos étnicos de Norteamérica –continúa Barboza– no enterraban a sus muertos sino que los quemaban. Estaba relacionado a una creencia, no es sólo la cremación. Se acompaña el rito con ajuares, por ejemplo. En Santa Fe, antes de la llegada de los españoles, tenían distintas formas de enterrar, se sepultaba a los muertos con algún tipo de ajuar, acompañado por algo que había formado parte de sus vidas. También se encontraron «paquetes funerarios»: esto es, después de muerto y enterrado, se exhumaba el cuerpo y en paquetes se colocaban restos de osamenta mezclados con los de otros cuerpos. Los guaraníes tenían como práctica, cada vez que se movilizaban, llevarse en cueros estos cuerpos. Se encuentran vasijas rotas, alguna punta de flecha o proyectil, o valvas de moluscos o huesos de animales”.

“Luego, con la llegada de los españoles, los católicos eran enterrados dentro de las iglesias: cuanto más cerca del altar estaba el cuerpo, mayor rango social tenía ese individuo. Hoy la cremación puede tener que ver con un corrimiento de lo filosófico-religioso, donde lo espiritual en relación al muerto pasa por otro lado: ya no es necesario tener el lugar físico donde ir a rendir homenaje a un familiar. En Catamarca o Jujuy, por ejemplo, se realizan fiestas en los cementerios donde la familia come y toma junto al difunto. La religión no acepta la cremación por aquello de la trascendencia del alma”, sorprende Barboza.

“Vemos un acceso a otros sistemas filosóficos religiosos como puede ser a través de otras prácticas, como por ejemplo el yoga. Se va mezclando y haciendo más heterogéneo un momento que antes estaba marcadamente atravesado por lo cristiano. Hoy la sociedad está más permeable a estas otras creencias y las va adaptando a sus propias creencias. Tiene que ver con la posmodernidad, al individuo de hoy ya no lo cohesiona la religión, por eso es que la cremación es algo más natural entre la gente”, concluyó la investigadora.

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