Edición Impresa

Pobre Manonga: triste recuerdo de una vieja loca…

  • image1
    A Manonga se la insultaba, se le hacían gestos, se la empujaba cuando se metía en la canchita pretendiendo patear una pelota.

¡Manonga, Manonga, primera horma!, le gritaban los chicos y nadie sabía exactamente el significado, solo causaba gracia porque rimaba. A veces una rima impredecible salva oraciones, pero genera preguntas. Nosotros la hacíamos, nadie nos lo podía decir. “Porque es una que no es de primera, es de última y no tiene bien puesta la horma”, dijo el viejo, y se hizo con el dedo un gesto de atornillarse la sien.

Allí andaba sucia, despavorida por un miedo oscuro que guardaba o algunas veces corriendo a los muchachones con una vara, interrumpiendo jugadas. ¿Dónde vivía Manonga? ¿Quién la había traído al mundo? Con su cara de chimpancé, sus ropas de pibe y su inentendible idioma, seguramente aprendido entre la foresta de la selva que asomaba ahí nomás, detrás de la última canchita que nosotros teníamos delimitada perfectamente.

A Manonga se la insultaba, se le hacían gestos sucios, se la empujaba cuando se metía en la canchita pretendiendo patear una pelota, se la corría a cascotazos, se la hundía más. No era Manonga una mujer: era un mono. Un fiero animal sin sonrisas ni gracia puesto allí en ese reinado del infierno pobre para que, nosotros los chicos, la veamos.

Pobrecita Manonga. Pobre ángel maloliente, mujer sin edad ni forma, solita en las noches de los techos de chapa saliendo a aullar bajo la garúa, solita en su cama de ropas viejas, oyendo los ruidos de los matorrales, temblando de miedo, pobrecita Manonga.

Te escribe uno que te miró con desprecio o no te miró siquiera. Uno más de la manada de inconscientes que suelen armar los pibes cuando están en esa edad impura de poder matar, trabajar de semiesclavos, terminar la primaria, soñar con mujeres árabes mientras se masturban en grupo, agrandarse en medio de una humanidad que te habrá de poner el puño inmenso en tu cabeza.

Pobres pibes. Pobre Manonga. Daría una fortuna por salvarla ahora si es que está sobre la tierra. Manonga. Mirarte a los ojos llagados de inmundicia por las afrentas, a tus ojos de mona vieja y por justa suerte la muerte cercana. Pedirte perdón, Manonga. Pedirte me perdones por los desgraciados que te llenaron de barro, por quien te decapitó el habla cortándote la lengua, disculpas porque existías y todos nosotros habíamos querido que te murieras: eras una molestia en el paisaje, una pena enorme que nos taladraba el alma y por eso te teníamos que cascotear de lejos, para sacarte de encima, para que no nos muestres el corazón abierto y podrido de una humanidad en penumbras. Era el sol de nuestra edad, pero también el reinado de las sombras,

Manonga ¿Qué vas a entender hoy a este pobre tipo que bandeado de lado te recuerda? Manonga, que no fuiste nada, ni mujer, ni chimpancé hembra, ni siquiera deseada por curiosidad.

Solo sé esto: que una tarde cuando fui a tirar un córner de espaldas a la planta de espinos que cerraba la entrada al lago barroso cerca de donde vivías, quien sabe en qué casa de chapas de la zona, te me acercaste, y tuve que tirar el centro para que nadie me mire. Y entonces en vez de entrar al partido fui porque me llamabas y me paré y pregunté que querías. Y que nada dijiste, te tocaste el pecho, como los animales, hablaste en un idioma gutural, te levantaste las mangas del pullover deshilachado  y dijiste aquella palabra, aquella palabra, aquella oración que vaya a saberse porque hoy me percute y me angustia y me dan ganas de escribirte, Manonga, para salvarme, alejarte de esta humedad de hombre viejo que ha resecado tu recuerdo, Manonga y lo evoca aquí, donde más sabe caminar: el teclado.

Te me acercaste un poco más y yo me asusté. Con los antebrazos al aire, con tus ojos que no eran feos pero cerrados por una lagaña y vio que tu boca decía; me decía a mí, tal vez para que lo escriba “Manonga mamá, Manonga mamá”.

Fue sólo eso. Los gritos de la cancha me trajeron a la realidad. Soledad enorme de una Manonga mamá sin nada para darle al hijo, nada de tetas ni leche ni casa ni cerebro, ni sol ni risas, ni charla. Sólo esa horrible inmensidad del barrio futbolero y tu abismal amor de mamá Manonga, pobrecita nuestra Manonga, que entre todos te fuimos matando de a poco, como se pierden los partidos cuando el alma está triste, Manonga.

EDICIÓN IMPRESA

MÁS LEÍDAS

Subir

Diseño y desarrollo Departamento Sistemas Diario EL Ciudadano & La Gente