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Pablo Neruda y su verso más triste

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    Neruda murió el domingo 23 de septiembre de 1973, pocos días después del golpe.

El 23 de septiembre de 1973 Pablo Neruda se fue de este mundo, seguramente no del modo que el poeta chileno había soñado. Ni La Chascona, La Sebastiana, ni Isla Negra, sus entrañables refugios, celosa y amorosamente pensados, fueron su último resguardo, sino las frías paredes de una clínica de Santiago. Aquel día, del que hoy se cumplen 44 años, la capital de Chile lució más sombría que nunca. Los militares golpistas ya tenían bajo sus botas el control del país y sólo unas tristes mujeres acompañaban la agonía del poeta. Matilde Urrutia, su último gran amor, se acercó a Neruda, quien quizá deseaba suspirar un último verso. “Algo se ha roto dentro de mí”, le susurró el premio Nobel de literatura de 1971 a la inspiradora de Los versos del capitán.

“Había muerto Neruda de cáncer, pero también de tristeza. La angustia que le ocasionó el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, la amargura que trajo la muerte de Salvador Allende y de tantos otros amigos y compatriotas apresados, torturados fusilados la devastación de los ideales de justicia social y soberanía económica por los que Neruda, comunista de cepa, había luchado gran parte de su vida, toda esa congoja acumulada terminó liquidándolo”, escribió el escritor chileno Ariel Dorfman en Página 12. “Un clima de miedo –el mismo miedo que Neruda había descrito en sus versos fugitivos, la sangre que había denunciado en las calles de la España republicana– ahora estaba descendiendo sobre su propio Chile pacífico, invadiendo y silenciando a cada habitante de la esperanza”, agregó.

El funeral del autor de Residencia en la tierra fue la primera gran manifestación popular contra el gobierno de facto de Augusto Pinochet Ugarte. Aunque el creador de Odas elementales pidió ser enterrado en Isla Negra, la dictadura pinochetista, temerosa de que la canonización de Neruda despertara más conciencia social dispuesta a derrumbar al régimen, saqueó sus casas de Valparaíso y Santiago, destrozó las bibliotecas y, no contenta con tanto vandalismo, trasladó los restos del poeta a un nicho común del cementerio general de Santiago.

Con todo, Dorfman sostiene en su artículo que Neruda debe haber sonreído del otro lado de la muerte: “Él creía, más que nada, en el cuerpo –sus jugos, huesos, genitales, sus pelos y piel y tobillos– y tiene que haber sido una reivindicación de su visión darse cuenta de que su cuerpo aparentemente difunto se estaba convirtiendo en la mecha que iba a encender la resistencia chilena a Pinochet, que esta afluencia funeraria terminó siendo el primer intento de parte del pueblo, que Neruda había cantado en sus poemas, para rescatar los espacios públicos prohibidos. Y fue simbólico que este reto inicial a las fuerzas de la extinción y del autoritarismo surgiera desde la despedida popular a un labrador de las palabras que había proclamado él mismo que los poetas no eran dioses sino más bien panaderos o carpinteros, enmarañados en la vida cotidiana de los hombres y mujeres comunes y corrientes, y compartiendo su destino”.

Cuarenta y cuatro años después de su muerte, la abundante obra de Neruda sigue más viva que nunca y se despliega en los estantes de las librerías del mundo entero. Es que Neruda sigue siendo y será “el apellido de Chile”, al decir de su biógrafo Volodia Teitelboim.

Neftalí Ricardo Reyes Basoalto –el verdadero nombre de Neruda– nació el 12 de julio de 1904 en Parral, Chile. Su padre era ferroviario y su madre, maestra de escuela, murió al mes de haberlo parido. “Sin que yo lo recuerde, sin saber que la miré con mis ojos, murió mi madre doña Rosa Basoalto”, escribió amargamente en sus memorias.

Tempranamente manifestó su asombro por la vegetación, los insectos, la lluvia y el mar, los que pasarían a ser eternos personajes de sus primeros libros; Crepusculario (1923), El hondero entusiasta (1923) y Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924).

Otra naturaleza se hace presente desde que Neruda comienza a realizar tareas diplomáticas en Oriente.

A partir de 1927 se sucederán los viajes, trabajará en España y la Argentina, donde conoció a Oliverio Girondo y Federico García Lorca, cuyo célebre discurso al alimón –una especie de contrapunto– sobre Rubén Darío, ante un público desconcertado que no sabía a cuál de los dos poetas prestar atención, se eterniza en Confieso que he vivido.

Desde 1934 Neruda entra en contacto con el mundo cultural español por medio de la Generación del 27. El descubrimiento de la realidad española y su vivencia de la guerra civil fueron la base material para la conversión al marxismo. Cuando, en 1935, Neruda funda en Madrid su revista Caballo Verde para la Poesía, está justo en el cenit de su vida y quehacer literario.

“Así sea la poesía que buscamos, gastada como por un ácido por los deberes de la mano, penetrada por el sudor y el humo, oliente a orina y a azucena, salpicada por las diversas profesiones que se ejercen dentro y fuera de la ley. Una poesía impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición, y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilia, profecías, declaraciones de amor y de odio, bestias, sacudidas, idilios, creencias políticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos”, escribió en el manifiesto titulado “Una poesía sin pureza”.

La publicación de Canto general –poema épico-social en el que retrata a Latinoamérica desde sus orígenes precolombinos y que fue ilustrada por los famosos muralistas mexicanos Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros–, en 1950 en México, cierra un período en el que el poeta ya está emplazado en el universo literario, pero transitando por la amargura del exilio. Dos años después regresará a Chile, en busca de sus raíces y su geografía, junto a Matilde Urrutia, su nuevo amor.

Hacia los 60 comienza una intensa producción poética que será publicada de manera póstuma.

En 1969 es designado por el Partido Comunista como candidato a la presidencia, cargo que rechaza para darle lugar a su amigo Salvador Allende Gossens, pero no sin antes trabajar para construir con el partido Socialista la Unidad Popular: “La vida política vino como un trueno a sacarme de mis trabajos. Regresé una vez más a la multitud… Soledad y multitud seguirán siendo los deberes elementales del poeta de nuestro tiempo”.

Su paso por Cuba dejó un homenaje a la Revolución: Canción de Gesta. Sus últimos años transcurrieron en Francia, como embajador. Allí estaba cuando le otorgaron, en 1971, el premio Nobel de Literatura.

Pero el cáncer de próstata que lo jaqueaba se fue agravando, por lo que renunció a la embajada en 1972 y regresó a Chile para colaborar con el gobierno de Allende, denunciando el acoso interior y exterior que sufría su país a causa de los yacimientos de cobre. Cuentan que cuando Neruda –ya con un cáncer de próstata avanzado– vio los aviones que surcaban el cielo de Santiago y escuchó la voz de su amigo Allende, resuelta, enérgica y resignada, en su último discurso al pueblo transmitida por Radio Magallanes, el poeta meneó la cabeza, murmuró “mierda” y comenzó a sollozar.

El 11 de septiembre de 1973 amaneció despejado en el litoral central. Aquella mañana, en Isla Negra, Pablo Neruda esperaba desde Santiago la llegada de los planos, maquetas y estatutos de lo que sería la futura Fundación Pablo Neruda, que se ubicaría en Punta de Tralca. Su pareja, Matilde Urrutia, ofrecería un delicioso almuerzo para agasajar a las visitas: los escritores José Miguel Varas, Fernando Alegría y el abogado Sergio Inzunza. También ese día llegaría el testamento del autor de Residencia en la tierra.

El mar, como siempre, golpeaba las rocas y Neruda encendía la radio para oír las noticias. Un amigo se estaba despidiendo. Sería la última vez que escucharía la voz de Salvador Allende. “Esto es el final”, le dijo a Matilde. El otro cáncer que se instauraba en Chile, el gobierno de Pinochet, abatió al poeta. Neruda murió el domingo 23 de septiembre de 1973, pocos días después del derrocamiento de Allende.

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