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Mundial juvenil 1979: los magníficos “carasucias”


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    Dale campeón. Además de Diego y Ramón, se destacaron Barbas, Escudero y Simón, pero fue importante el rol de cada uno.

Aquella tarde de finales del 78 nunca imaginábamos que íbamos a ser protagonistas del nacimiento de una historia fantástica. Viajamos con Juan Berros y Ángel Granato. La cuestión era aprovechar la hora de la merienda para charlar con el Flaco Menotti. El partido, donde el Sub 20 haría su presentación oficial ante el combinado de la liga local, era una excusa para nosotros.

Nos quedó grabado en nuestras memorias la aparición de esos pibes en el comedor. Maradona, Ramón Díaz, Escudero y compañía atacaron sin piedad todo lo que le ofrecieron.

Después, en la cancha, compartimos un palco armado con un acoplado que traslada soja. Los huéspedes: nosotros tres, Diego padre, la Doña Tota, Jorge Cyterszpiler y el “Gordo” Horacio García Blanco, enviado de Radio Rivadavia y único periodista porteño presente.

Todavía era muy temprano para advertir lo que esos hambrientos chiquilines tenían en mente. En la conformación del plantel que daría su primer paso en el Sudamericano de Uruguay en enero del 79 (fue subcampeón), acompañamos a Menotti en la vieja cancha de Tiro Federal cuando fue a observar a Rolando Barrera (desafectado para el Mundial) y como llegó temprano lo vio en cuarta especial a Juan Ernesto Simón y quedó cautivado.

También estuvimos con el Flaco en Coronel Aguirre (ubicados sobre un privilegiado palco armado en el techo de los vestuarios) para seguir a Daniel Sperandío, quien por una lesión en la gira previa perdió la titularidad en Oriente. Osvaldo Rinaldi ocupó su lugar.

Menotti era Dios. Hacía meses se había consagrado campeón mundial y ahora tenía la cabeza puesta en esos “carasucias”.

En el Sudamericano también estuvimos compartiendo la concentración en Montevideo y sufriendo la feroz resistencia local, repleta de insultos y agresiones. La Celeste, con un Rubén Paz imparable y un Centenario volcado en hacernos sentir el rigor, nos relegó al segundo lugar.

La mano de Duchini

Ese equipo, que deslumbró en Japón con su juego vistoso e impuso su superioridad absoluta ante duros rivales, fue dirigido por Menotti, pero quien realmente amalgamó ese conjunto de “pichones de cracks” fue Ernesto Duchini.

El maestro además recibió sugerencias de Miguel Ángel “Gitano” Juárez, otro técnico muy amigo del Flaco, para la elección de jugadores como Rubén Rossi (Colón) y Rafael Seria (Central Córdoba).

Ese conjunto también contó con la particularidad de haber integrado a dos futbolistas de Atlanta que, curiosamente ese año descendería de categoría, como el delantero Alfredo Torres, que ya jugaba en Primera, y el defensor Jorge Piaggio.

Hubo otros casos curiosos como la citación del arquero Sergio García, del modesto club del ascenso Flandria, y el talentoso mediocampista Juan José Meza, de Central Norte de Tucumán.

El legado del Flaco

“Señores, ustedes ya son campeones, no me importa el resultado de este partido, ya han demostrado que son los mejores del mundo. Nada de patadas o locuras. Vayan, jueguen y me divierten a los 35.000 japoneses que están en las tribunas”. Con esas palabras, el Flaco Menotti mandaba a la cancha a sus jóvenes muchachos para el partido final contra la Unión Soviética.

Dos grandes. Diego Maradona y Ramón Díaz, tras la obtención del título.

Así lo vivía el DT, y así supo trasmitírselo a los jugadores, quienes, encabezados por un Diego Maradona intratable, interpretaron a la perfección la línea que bajaba desde el banco y lo plasmaron en la cancha en cada uno de los partidos.

Veinte días antes de esa final, los nipones sabían poco y nada de fútbol. Concluido ese encuentro, asociaban esa palabra a un apellido: Maradona, y los ojos parecían abrírseles de la emoción. Diego ganó el Balón de Oro al mejor jugador y el Botín de Plata por ser segundo en la lista de goleadores.

Pero no fue el único que acaparó premios. Ramón Díaz se llevó el Botín de Oro por ser el máximo anotador y el Balón de Plata al segundo mejor jugador del torneo.

En la calles de todo el país se festejó como se había hecho un año atrás con el Mundial de mayores. Los madrugones grupales para seguir los partidos por TV fueron moneda corriente en esos días.

Además de Diego y Ramón, individualmente se destacaron Barbas, Escudero y Simón, pero fue importante el rol de cada uno, sobre todo sabiendo sus capacidades y sus limitaciones.

El equipo arrancó con una goleada demoledora que sirvió para ganar confianza y se fue aceitando con el correr de los partidos. Cuando llegó el duelo decisivo, ya era una maquinita que funcionaba sola.

Los argentinos volvimos a ser felices por “culpa” de la redonda. El oprobioso régimen militar y el apoyo de periodistas cómplices se aprovecharon de aquella magia que desplegaron los “carasucias” del Flaco para ocultar sus crímenes y apuntalar sus cimientos de corrupción.

Otra ironía del destino, como en el 78. Un técnico con ideales de izquierda siendo útil para esconder bajo la alfombra los horrores de la dictadura. Aunque a los amantes del fútbol nos quedará para siempre guardado el recuerdo de un equipo que representaba nuestra esencia y respetaba el potrero más puro.

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