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Maxi, el vendedor ambulante al que Dios puso en Oroño y Rioja

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Maxi se preparó como todas los días. Se puso el traje color negro, camisa blanca y corbata violácea. También un poco de gomina en el pelo. Llegó impecable a la esquina de Rioja y bulevar Oroño como todas las mañanas: a las 9. En esa ochava tiene su lugar de ventas fijo. Apoya una bolsa sobre una pared y prepara las franelas y los trapos rejilla que ofrece a taxistas, automovilistas, ciclistas, peatones y vecinos del barrio. No son pocos los que se sorprenden al ver al hombre de traje vendiendo franelas.

Para poder pagar un alquiler compartido, su comida y todo lo que necesita para sobrevivir tiene que vender 30 juegos por día. “Buen día caballero, buen día señora, buen día señorita”, saluda como un vecino más del barrio. Hasta los chicos que salen de las escuelas de los alrededores le sonríen y lo saludan.

Mientras en una mano promociona el juego de franela y el trapo rejilla, en la otra tiene una pila bien acomodada y pasa de un auto a otro. Maxi contó que usa el traje porque en la zona del centro hay que estar bien vestido. “Nadie pasa desapercibido. La gente mira al otro cómo camina, cómo habla y cómo se viste”, aseguró.

Maxi nació hace 43 años en Rosario. Tiene a su mamá y cinco hermanos. Su papá murió cuando tenía 10. Pasó por varios oficios: le tocó ser cuidacoches, vendedor de verduras y repartidor, entre otras cosas. Hace un año tuvo un accidente mientras repartía mercadería con un camión, en San Nicolás. Al subir al vehículo, su compañero dio marcha atrás y le pasó por arriba del pie. Estuvo internado en un hospital durante casi un mes.

Se recuperó del accidente pero no le fue fácil repuntar. No conseguía trabajo y algunos vicios le ganaron la pulseada.

Un día de la madre, su comadre le regaló una biblia. Le rezó y le pidió a Dios dejar atrás la mala vida que llevaba y decidió dejar el paquete de cigarrillos con el evangelio arriba. Desde ese día no fumó ni tomó más.

Los martes, jueves y domingos se refugia, comparte y predica la palabra del Señor en la Iglesia Primitiva León de Jehová. Una iglesia chiquita, dice, pero con personas que lo contienen y fortalecen día a día.

Maxi no tiene hijos y no descarta encontrar una compañera de vida. Pero pone requisitos: que la mujer que quiera estar a su lado comparta los mismos gustos.

Parado en la esquina de uno de los bulevares más pintorescos de la ciudad, le ofrecieron todo tipo de trabajos: desde guardia de seguridad hasta vendedor de agua mineral. Los rechazó porque explica que Dios lo puso en ese lugar con algún fin.

La biblia siempre está arriba de su cama. La deja allí para tenerla a mano y tener más relación con Dios, confesó.

Maxi no sabe leer ni escribir. Dejó la escuela en tercer grado. Este año retomó los estudios y está cursando primer grado. De lunes a viernes, a excepción de cuando va a la iglesia, cursa en la escuela Pedro Arias.

El evangelio según Maxi lo salvó y lo liberó. Pasó de hacer lo no debido para hacer el bien. Hoy predica con su ejemplo.

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