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Los ojos bailarines de Jake LaMotta se cerraron para siempre

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    Todavía hoy la performance profesional de LaMotta está entre las más notorias del box por su persistencia y sagacidad.

Una de las crónicas del día posterior a que Jake LaMotta se convirtiera en campeón de peso mediano venciendo al francés Marcel Cerdan, el 16 de junio de 1949, en su afán de describir algunos detalles de esa puja durísima, mencionó que al “Toro del Bronx” los ojos le bailaban al ritmo de sus piernas. Fue un modo de describir dos virtudes perfeccionadas por el boxeador como sus recursos más eficaces: celeridad y armonía. Luego del décimo round de esa “danza con guantes”, cuando Cerdan no pudo continuar sobre el ring, LaMotta era el nuevo campeón.

Él mismo había revelado alguna vez que comenzó a boxear siendo un niño, cuando su padre lo hacía luchar con otros niños del barrio en el Bronx para entretener a los adultos sentados en las puertas en las calurosas tardecitas del verano boreal. Luego, el padre pasaba un sombrero ajado para recoger unas monedas con las que luego mandaría a su niño a comprar cerveza. Mientras arrojaban las monedas, los vecinos comentaban sobre la fuerza y habilidad de Jake y le señalaban que con un poco de entrenamiento, el chico estaría listo para subir a un cuadrilátero. Ya en casa, luego de haber vaciado algunas botellas, su padre las ponía en hilera sobre una mesa y Jake debía aplicar sus puños con la mayor precisión para atravesar el aire que habitaba en la breve separación entre cada una. No cuesta mucho pensar en la velocidad de sus ojos para acomodar el impulso de sus puños. Entre esta práctica y el estilo callejero donde contaba sobre todo la rapidez para esquivar golpes, LaMotta fue forjando una habilidad para eludir y pararse y correrse, retroceder y atacar, una forma de agresividad que le calzaría “como un guante” para ser llamado El Toro del Bronx. Todavía hoy su performance profesional está entre las más notorias de la historia del box por persistencia y sagacidad. Sólo Ray “Sugar” Robinson, batido en la célebre pelea de 1951, le costaría un “esfuerzo sobrehumano”. “Tuve que pegarle tanto que las manos me dolieron durante diez días”, dijo LaMotta, quien se retiraría en 1954 con un récord de 83 triunfos –30 por nocaut–, 19 derrotas y cuatro empates.  El martes último, tras una neumonía galopante, LaMotta murió a los 95 años en un asilo de Miami.

Golpes en pantalla

Tan legendaria sería su fama, que Martin Scorsese vio claramente en su figura temeraria y en su modo de vida, una película que llamó Toro Salvaje y que protagonizó su fetiche Robert De Niro junto a Joe Pesci. Fiel a su espíritu de poner sobre el tapete la bondad y la furia de los personajes sobre los que trabaja, el realizador tuvo en LaMotta a alguien que reunía ambos aspectos. El guion del film, firmado por Paul Schrader y Martin Mardik, se basaba en la autobiografía Raging Bull: My Story, que el boxeador escribió junto a un ghost writter provisto por la editorial. La interpretación de Robert de Niro como Jake le valió un Oscar y a su lado, Joe Pesci, que animó a su hermano Joey, también fue nominado como actor de reparto. El triunfo y la debacle de LaMotta no encontrarían mejores imágenes que las que Scorsese puso a funcionar en su relato.

Golpes en la vida

Quienes lo conocieron coinciden en que el Toro del Bronx fue un boxeador con mucho carisma, con una calidad humana que lo hizo muy apreciado incluso entre los empresarios del deporte, cuya fama de feroces y cascarrabias es vox populi. “Con Jake no hay primerear, él es muy amable y simpático y siempre se llega a un acuerdo en los porcentajes”, confió Nick Saporiti, quien promovía encuentros pugilísticos por todo Estados Unidos durante los años 40. Claro que este carácter no le evitó darse de frente con los embates a los que sus propias elecciones de vida lo sometieron. Hubo también golpes fuera del ring y no pocos. A la pobreza inicial del barrio de inmigrantes italianos fueron agregándose el alcohol, que entró en su vida cuando no pudo superar sus primeras derrotas y el abandono de algunas de sus mujeres. Y como si no fuera suficiente, sus relaciones con la mafia, que comenzaron de modo cordial, casi como una aventura de contactos sofisticados ligados a la práctica del box terminaron drásticamente cuando se resistió a seguir aceptando la manipulación de apuestas en un momento de su vida donde le costaba encontrar un lugar para continuar con su carrera. Hubo peleas de puño y hasta presiones muy fuertes para que no se salga del libreto establecido en los acuerdos con algunas familias mafiosas. De casi todas salió ileso pero la tuvo muy difícil y hasta corrió peligro su vida. Para las relaciones entonces también se sirvió del mismo carácter forjado en el temperamento adquirido desde niño, sólo que en la vida, o fuera del ring, se sabe, las cosas son muy distintas. Tuvo varios matrimonios. Dos de sus hijos fallecieron en 1998. En 1957, estuvo seis meses encarcelado por alentar a una menor a prostituirse. Tras abandonar el ring, compró una discoteca en Miami, grabó anuncios publicitarios, trabajó en una discoteca nudista en Nueva York y apareció en varias películas de clase B. Tras asegurar que había ganado un millón de dólares como boxeador, sus turbulentos excesos lo arruinaron rápidamente. Sus ojos veloces ya no advertían la cantidad e intensidad de esos golpes.

La vida en blanco y negro

Si bien el estilo austero y duro de Toro Salvaje es parte del propio universo de Scorsese, también se dijo que pudo haberse originado en la autobiografía de LaMotta en la que se basó. Allí, el boxeador escribió: “Por la noche, cuando me pongo a recordar, me siento como mirando a una vieja película en blanco y negro sobre mí. No es una buena película, tampoco. Errática, con vacíos, una serie de secuencias pobremente iluminadas, algunas sin inicio y otras sin final. Sin banda sonora”. Tras el estreno del film y más allá del dinero que le significó, LaMotta se arrepintió de dejar retratar su vida.

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