Espectáculos

Lo político se hace presente dentro y fuera de los escenarios

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Como sucede cada año desde hace más de una década, por estos días, los rafaelinos y cientos de visitantes volvieron a tomar las calles y las salas, con la clara convicción de que en su ciudad se desarrolla el festival de teatro más importante del país, cuya proyección aún no tiene techo, y todo indica que en los próximos años el encuentro, que finaliza el domingo, debería dar el gran salto si es que las decisiones políticas (de eso se trata) se toman correctamente.

 

El miércoles por la noche, y tras el habitual recorrido callejero, esta vez con el público arengando a la Babel Orkesta (la que aparece en el último episodio del film Relatos salvajes) y su música del mundo, una multitud se agolpó para ingresar en el imponente Cine Teatro Belgrano, en el corazón del Bulevar Santa Fe, la sala más grande de la ciudad, donde cada año se pone a funcionar la maquinaria del Festival de Teatro de Rafaela (FTR), esta vez, buscando instalar la lógica de un festival feliz, es decir, un “Feliztival”, una frase que tiñe la cartelería y la difusión del encuentro en toda la ciudad y en sus tres subsedes.

 

Con la presencia de funcionarios nacionales, provinciales y locales, quien dio el puntapié en los discursos fue Marcelo Allasino, el referente teatral rafaelino más importante a nivel nacional, por once años director del FTR (actualmente con Gustavo Mondino a la cabeza, compañero de ruta de Allasino al frente del histórico Centro Cultural La Máscara), ex secretario de Cultura municipal y actual director ejecutivo del Instituto Nacional del Teatro (INT), que cogestiona el encuentro conjuntamente con el municipio local y el Ministerio de Innovación y Cultura de la provincia.

 

“Con gran emoción me toca inaugurar la 12ª edición de un festival al que vi nacer, y  para el que trabajé incansablemente durante once años”, expresó Allasino, al tiempo que completó: “Este encuentro, que trascendió fronteras y llevó el nombre de mi querida Rafaela a otros territorios argentinos y otros países, es la confirmación de que el arte modifica y la construcción colectiva es posible”.

 

Con un fuerte posicionamiento político siempre del lado del teatro, Allasino, cuyo desempeño actual se encuentra dentro de la órbita del Ministerio de Cultura de la Nación, expresó: “El FTR no le pertenece a ningún gobernante ni a ningún funcionario, no es de los intendentes, secretarios, gobernadores, ministros, directores o consejeros del INT que pasaron y pasaremos; es de los artistas, de los gestores, los productores, los directores, los dramaturgos, los técnicos, los investigadores, los críticos, los intérpretes; es del público, es de ustedes”.

 

De este modo, en el marco de un discurso direccionado hacia un contundente reclamo para que el FTR tenga continuidad a partir de una ordenanza, y preocupado porque el encuentro perdió en esta edición un día en relación a ediciones anteriores cuando la promesa era que sumaría otras jornadas a las seis habituales e incluso que llegaría a ocupar las dos semanas de las Vacaciones de Invierno, una variable que está sujeta a los recortes presupuestarios vinculados a la crisis económica y los avatares políticos que atraviesa el país, Allasino expresó luego: “El arte goza del increíble poder de la transformación, nos confronta con otros imaginarios, altera nuestra percepción del mundo y de nosotros mismos, nos modifica en una dimensión personal, única; y la política tiene, también, el enorme poder de la transformación”.

 

Poco después fue la ministra de Innovación y Cultura de la provincia, Chiqui González, quien prefirió hablar del teatro sin dejar de lado que el arte escénico siempre es político: “Estoy muy emocionada, porque no vengo a ver una obra, vengo a una ciudad entera que está abierta al teatro, que se ofrece en sus vecinales, en sus barrios, en sus calles”. Y completó: “Rafaela hizo suyo este festival, y es una ciudad que va a trascender siempre por el teatro, pero no sólo por el festival, va a trascender por su Escuela Municipal de Artes Escénicas (creada hace tres años). Porque si no regamos de talleres y de escuelas todo el territorio santafesino, no vamos a tener quien enseñe, quien cree, quien haga, y es una obligación del Estado”, completó.

 

Finalmente, el intendente de Rafaela, Luis Casellano, avaló la importancia del festival pero, también, buscó poner en primer plano la compleja situación económica que atraviesa el país y de la que Rafaela no es ajena. “La política de Estado no es sólo de servicios, de tránsito, de obra pública, de seguridad, de educación, que de hecho se necesitan; la cultura también es una política local y es una política de Estado”, expresó.

 

Teatro dentro del teatro

 

El telón de la presente edición lo abrió el miércoles la elocuente versión del clásico Jettatore de Gregorio De Laferrère, dirigida por Mariana Chaud, que apela a un inteligente dispositivo en el que las dificultades que atraviesa el conocido personaje de la obra estrenada en 1904, al que se le endilga ser “yeta” (traer mala suerte), tiñe todo el montaje al punto de sumarle el mismo mote a un integrante del elenco, poniendo en jaque una vez más lo que no se suele ver del teatro, lo acontece en el detrás de escena, con un actor que, como el personaje, parece poseer el mismo “don”, generando situaciones verdaderamente desopilantes. Algo similar pasa con Brecht, de Walter Jakob y Agustín Mendilaharzu, una comedia inspirada en el universo brechtiano que pone en primer plano las vicisitudes de un grupo de actores que el día del estreno de su “versión” de El círculo de tiza caucasian, de Bertolt Brecht, ambientada en el Far West, se enteran que tendrán dificultades con los derechos y deciden, para evadir el problema, modificar texto y contenido improvisando, poniendo en tensión las contradicciones del autor y su fuerte referencia al teatro político del siglo XX.

 

También se vio la formidable Todo piola espectáculo del talentoso Gustavo Tarrío basado en un poema de Mariano Blatt y jugado con la iconografía peronista, donde se despliega una bella, romántica y por momentos revolucionaria fábula con canciones en vivo de Guadalupe Otheguy. A la lista se suman El amor es un bien , poética y demoledora versión de Tío Vania, de Chéjov, adaptada y dirigida por Francisco Lumerman; la olvidable La sangre de los árboles;, una coproducción internacional con texto y dirección de Luis Barrales, cuyo mayor condimento es la lavada y forzada presencia de la actriz Juana Viale en el marco de un texto críptico y distante, y la imponente performance El grado cero del insomnio, del talentoso y siempre “incorrecto políticamente” Emilio García Wehbi, espectáculo protagonizado por nueve mujeres que desnuda la farsa de la corrección política en todas sus formas y los cotados más aviesos de la teatralidad imperante, del “teatro de living” como lo llaman, para plantear un manifiesto en el que se dirimen otras cuestiones relevantes como la legitimidad de la clase media o la violencia de género.

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