El Ciudadano Global

La globalización se juega en Buenos Aires

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    La Organización Mundial de Comercio sesionará en diciembre en Buenos Aires.

Buenos Aires será en diciembre sede de la 11ª Conferencia Ministerial de la Organización Mundial de Comercio (OMC).

En este encuentro, los 164 países miembros de esta organización tomarán definiciones en torno a las pautas que regulan el comercio mundial, lo que podrá dar lugar a distintos escenarios: mantener el nivel actual de globalización a la vez que volver el mundo un poco más justo, dar impulso a una profundización del capitalismo global con posibles costos sobre el desarrollo, o bien, acentuar la crisis de las instituciones multilaterales.

Las opciones son bastante dicotómicas, y es que desde la asunción del gobierno de Donald Trump, en Estado unidos, y el inicio del proceso del Brexit, en Europa, la cooperación internacional –particularmente en el comercio mundial- atraviesa una etapa signada por la incertidumbre.

La nota distintiva es que Argentina estará en el centro del debate.

Para poder valorar la relevancia o irrelevancia de la próxima Conferencia Ministerial es preciso delimitar primero para qué sirve la OMC.

En el marco de la globalización esta organización lo que hace es brindar previsibilidad a las relaciones comerciales internacionales, a partir de crear un sistema basado en normas.

Individualmente los países podrían obtener beneficios si aplicasen medidas que intervengan sobre la economía y subsidien sus industrias, pero al estar interconectados en la globalización tales conductas “egoístas” terminarían siendo perjudiciales.

Si todos los países aplicasen restricciones, se anularían los beneficios esperados, se encarecerían los costos de operatoria del comercio y en una perspectiva amplia, todo el mundo terminaría perdiendo.

Al generar un sistema basado en normas la OMC ordena las expectativas de los Estados, y actúa como garante de que ninguno va a comportarse de modo egoísta.

Genera un espacio de acuerdo para delimitar qué políticas pueden usar los Estados sin perjudicarse entre sí: qué arancel usar, qué tipos de procedimientos aplicar, qué subsidios valen y cuáles no.

Desde que se creó la OMC estas pautas de conducta y garantías han hecho que el comercio crezca a niveles que duplican el PBI mundial, dando forma a la globalización de principios de siglo XXI, donde todas las economías están interconectadas.

Las capacidades de la OMC han sido cuestionadas, sin embargo, por dos motivos: por un lado, porque ese crecimiento del comercio que ha impulsado la OMC no ha sido parejo, sino que algunos países han ganado más que otros; en particular, los  sectores económicos vinculados a los intereses de las potencias dominantes han recibido un mayor tratamiento que aquellos de interés de los países en desarrollo.

Los países desarrollados además han recurrido a las ventajas que les da su poder de mercado para estirar al máximo los márgenes de maniobra a la hora de aplicar medidas que se alejan de lo acordado.

En algún punto, ciertos países en la OMC revirtieron la relación medios-fines, y han hecho de la liberalización del comercio un fin en sí mismo, antes que un medio para el desarrollo.

El segundo cuestionamiento viene de la incapacidad de la OMC para producir acuerdos en nuevos temas desde mediados de los 90.

Si las normas y pautas que provee la OMC van quedando desfasadas de las formas en las que los países ordenan su comercio internacional, la capacidad para brindar certidumbre y previsibilidad al sistema disminuye; aún más cuando las potencias deciden impulsar acuerdos discriminatorios por sobre la esfera multilateral.

En la previa de la Conferencia Ministerial de Buenos Aires, estas cuestiones se ponen en juego.

La agenda del encuentro ha venido siendo delimitada a través de sucesivas negociaciones entre aquellos países que reclaman un entorno más justo para el desarrollo, con énfasis en el desmantelamiento de las restricciones al comercio agrícola que tienen los países desarrollados, y aquellos otros que buscan impulsar en la OMC el abordaje de un conjunto de normas nuevas que favorezcan el libre flujo de comercio e inversiones en el marco de las cadenas globales de valor.

Como resultado se plantean abordar, por un lado, algunos de los temas “del desarrollo”, esto es, cuestiones remanentes de la Ronda Doha tales como subsidios a la agricultura, seguridad alimentaria, algodón y subvenciones a la pesca.

Por otro lado, nuevos temas, como comercio electrónico, facilitación del comercio de servicios y facilitación de las inversiones.

Argentina, como anfitriona, tiene un lugar prioritario en la mesa de negociaciones y hasta ahora lo que ha buscado ha sido favorecer espacios de acuerdo para hacer de la Conferencia de Buenos Aires una reunión “productiva”, aún si esto significase poner en segundo plano algunos de los reclamos históricos del país.

Y es que de los tres escenarios, el peor de los resultados posibles es que el encuentro quede preso de las tensiones históricas de esta organización, acentuadas por el efecto Trump y Brexit, transformándose en el pase definitivo a la irrelevancia de la OMC.

El multilateralismo es la única vía en la cual pueden resolverse los problemas verdaderamente globales, a la vez que es la mejor forma que tienen los países en desarrollo para reducir los costos de la asimetría de poder con los países desarrollados, y de manera conjunta, incidir en las políticas que estos aplican.

Una globalización más justa sólo puede pensarse desde el multilateralismo, y éste se la juega en Buenos Aires.

(*) Doctora en Relaciones Internacionales. Profesora de Economía Internacional en UNR. Investigadora de Conicet.

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