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La ética en la tarea docente

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    Los educadores enfrentan la contradicción entre lo que se declama y se practica.

La escuela, principalmente la pública, está atravesada por una infinidad de situaciones complejas que la convierten en escenario de todas las demandas y reclamos sociales. La inserción social y territorial la pone como eje de casi todos los conflictos que surcan el entramado comunitario.

En este contexto, las instituciones son aula y comedor a la vez, centros de inundados, vacunatorios, dispensarios de salud y hasta lugar de refugio. Lo complicado es que esta realidad debe conjugarse con lo científico-pedagógico, propio de la academia, en un devenir permanente de decisiones.

Desde esta perspectiva la escuela es por excelencia el escenario de la acción; nada hay en ella que no sea el ejercicio constante de quehaceres pedagógicos y culturales, pero también políticos, sociales y comunitarios.

Trabajar en la acción no es sólo dar por sentado que en educación nada es natural, es principalmente reconocer que el docente sabe lo que hace y que, en este sentido, puede hacerlo o no. Desde esta definición, lo que el maestro pone en juego cada día son sus principios éticos.

La ética se involucra con lo correcto o equivocado del comportamiento humano referido a una acción, a una decisión o incluso a las intenciones de quien actúa o decide algo. La ética en la escuela nos coloca frente al dilema de saber si educamos del lado del bien o del mal y, en todo caso, cuál es el medio virtuoso entre ambos extremos.

Sin embargo trabajar éticamente no es tarea sencilla para el docente, principalmente cuando puede llegar a transgredir algunas pautas que establece la ley. Para ello es importante diferenciarla de la moral.

La licenciada Silvia Bleichmar sostiene que la ética siempre está basada en el principio del semejante y en la forma con que enfrentamos las responsabilidades hacia el otro. “La ética –dice– es la presencia del otro, mientras que la moral son formas históricas que van tomando los principios con los cuales se legisla”.

El término adquiere una dimensión extraordinaria cuando hablamos de escuela. El licenciado Carlos Cullen sostiene que la educación es parte de una reflexión sobre la acción que tiene como pilar de sustentabilidad a la ética. “Hablar de desafíos éticos –dice– es hablar de lo que constituye la educación. No es que estemos trayendo algo de afuera y se lo ponemos a la educación, es intrínseco. Esto justifica que intentemos una crítica a las razones de educar, que delineen perfiles éticos y políticos en educación para animarse a ver las entrañas éticas de la identidad docente”.

Por su parte, el pedagogo Paulo Freire sostiene que la ética es inseparable de la práctica educativa. “La mejor manera de luchar por ella –dice– es vivirla en nuestra práctica, testimoniarla con energía a los educandos en nuestras relaciones con ellos. En la manera en que lidiamos con los contenidos que enseñamos y en el modo en que citamos autores con cuya obra discordamos o con cuyas obras concordamos”.

Freire agrega: “La preparación científica del profesor o de la profesora debe coincidir con su rectitud ética. Formación científica, corrección ética, respeto a los otros, coherencia, capacidad de vivir y de aprender con lo diferente, no permitir que nuestro malestar personal o nuestra antipatía con relación al otro nos haga acusarlo de lo que no hizo, son obligaciones que debemos dedicarnos a cumplir humilde pero perseverantemente”.

La dificultad que suele plantearse muchas veces, y que desampara a los educadores, está referida a la contradicción entre ética abstracta y concreta. Esto puede darse en dos sentidos: por un lado entre lo que se declama y lo que se practica realmente, y por otro entre la ética universalizada y la situada en un contexto cultural y en un momento histórico.

Es importante detectar estas contradicciones hacia el interior de las escuelas porque los pronósticos son distintos y los caminos pueden conducir a la desesperanza, el inmovilismo y las abstracciones vacías; o bien confluir en una mirada que articule lo personal a lo comunitario y que trascienda lo inmediato social con lo inmediato histórico.

Este punto de partida no es el de la ética de la inacción; por el contrario, debe responder a una práctica comprometida con el contexto cultural y personal del docente.

La ética concreta, y desde la práctica, nos reconoce en el otro, no como un puro otro, sino como un nosotros en el prójimo. Esta relación de vínculos enlazados nos transforma en la convivencia con los seres humanos, y es en este sentido que educar con ética es hacer propia las desdichas y las virtudes del otro en una relación transformadora.

Partiendo de la premisa de que enseñar es guiar la mirada, la ética se impone como una responsabilidad de docentes y adultos, que en este sentido pueden cumplir con las expectativas de niños y jóvenes que buscan adultos a quienes respetar. La tarea comprometida es lograr que los adultos puedan proyectar modelos éticos que diferencien lo justo de lo injusto.

La escuela, que está sostenida en paradigmas científicos, es también un ámbito de convivencia cultural que acoge e interpreta a los estudiantes más allá de los saberes científicos; en este marco, el alumno desarrolla una confianza que permite que el adulto que enseña lo atraviese en lo disciplinar, y también en lo emotivo. En este vínculo, lo ético juega un papel fundamental.

El licenciado Humberto Maturana sostiene que los mamíferos nacen en la confianza amorosa de encontrar un entorno que lo va a acoger, y esa condición inicial hace que el hombre tenga una ética que lo lleva a importarle lo que le sucede al otro con lo que él hace. Si bien Maturana habla de ética como condición inicial, es importante destacar que la ética es parte de un aprendizaje vincular que el hombre adquiere en contacto con su realidad social; vale decir, se hace ético en la cultura.

Finalmente no hay definición política en educación que no sea ética y en este sentido el profesor Estanislao Antelo señala: “Un profesor, cuando enseña, hace política. Hacer política no es lo mismo que participar de algún partido político. Hacer política es una actividad. Esta se entiende cuando pensamos en las razones por las cuales queremos que nuestros estudiantes sean algo en la vida. Queremos que se transformen, que se desplacen, que les vaya bien en la vida. Por eso ofrecemos una enseñanza, porque creemos que pueden ser otra cosa distinta, mejor, de lo que son. Y cuando lo hacemos formamos un «nosotros», es decir, formamos identidades colectivas. Toda enseñanza involucra la existencia y obliga a preguntarnos en qué mundo, en qué país, en qué ciudad queremos vivir nosotros y en cuáles queremos que vivan nuestros hijos”.

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