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La escuela en la construcción de la esperanza planificada

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    La escuela puede ser ámbito para promocionar la esperanza como algo tangible.

“Para mí, la esperanza –dice Eduardo Galeano– es una cosa que tengo cuando me despierto, que pierdo en el desayuno, que recupero cuando recibo el sol en la calle y que, después de caminar un rato, se me vuelve a caer por algún agujero del bolsillo”.

El diccionario de la Real Academia Española la define como un estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea. El optimismo y las expectativas por algo positivo completan este concepto.

Como señala Galeano, la esperanza no es dogmática, no es algo que se adquiera de una vez y para siempre y mucho menos que quien la perdió jamás pueda recuperarla.

Por definición aparece asociada a motivaciones y sentimientos puramente individuales, que puede desarrollarse independientemente de las expectativas comunes que atraviesan los miembros de una sociedad en un momento histórico. Sin embargo, la esperanza individual en un contexto de desesperanza difícilmente pueda alcanzar los niveles de optimismo y felicidad esperados. “Es difícil ser feliz”, decía Joan Manuel Serrat en una entrevista, “en un país con gente que perdió la felicidad”.

En este marco, el proceso individual vinculado con las emociones se asocia con la cultura. El sujeto no desarrolla plenamente su esperanza sino es en relación con la comunidad a la cual pertenece. El conjunto permite reconocer expectativas posibles, y en ese contacto con el otro, realizarlas.

La escuela puede ser un ámbito adecuado para promocionar la esperanza como algo tangible, como una búsqueda colectiva de felicidad que complementa a cada uno de sus individuos. No es una esperanza vacía, es un concepto que se construye en el sentir, pero también en el hacer y el decir, donde el conocimiento, como objetivo primario de la escuela, se pone al servicio de una esperanza planificada.

La escuela es un reservorio de esperanzas, una multiplicidad de “deseos alcanzables” que se vinculan, no solo con los procesos individuales de docentes y alumnos, sino también con la misión de la escuela como institución social. Educar en la esperanza es un buen punto de partida para el saber empírico, el desafío es abordarla desde sus múltiples atravesamientos, sin caer en la esperanza que sólo es espera.

En este sentido, los docentes son una pieza clave en la construcción de la esperanza, que no sólo esta sujeta a una cuestión motivacional, sino también, de trasmisión de conocimiento, por el cual el educador necesita asumirse como un sujeto cognoscente, actualizado y crítico de la realidad que le toca compartir junto a sus estudiantes.

Las aulas son por definición un espacio de crecimiento individual y social, donde los jóvenes aprenden saberes científicos que los forman en los conocimientos necesarios para afrontar la complejidad de la vida productiva, pero también, en aspectos actitudinales que favorecerán su resiliencia. En este sentido, la esperanza es parte activa del proceso de enseñanza-aprendizaje.

Desde esta perspectiva, el currículo no es un obstáculo epistemológico, como algunos señalan, para hablar de las emociones, tampoco es correr el eje de incumbencia de la escuela. Un currículo que no puede asociar lo científico con las proyecciones y expectativas de vida de a quienes va dirigido, es puro tecnicismo.

El verdadero obstáculo, que en algún momento impedirá la tarea, es avanzar únicamente en la construcción conceptual sin tener en cuenta los padecimientos, alegrías, sufrimientos, fortalezas, y necesidades de los alumnos a los que se pretende educar.

La escuela y la esperanza se articulan en la acción transformadora. Es una búsqueda insaciable de satisfacción que sólo puede darse en la práctica concreta, donde los aciertos y desaciertos configuran una pedagogía que puede ajustarse a las expectativas individuales y sociales de una comunidad.

En su pedagogía de la Esperanza Paulo Freire sostiene: “Por otro lado, sin poder siquiera negar la desesperanza como algo concreto y sin desconocer las razones históricas, económicas y sociales que la explican, no entiendo la existencia humana y la necesaria lucha por mejorarla sin la esperanza y sin el sueño. La esperanza es una necesidad ontológica; la desesperanza es esperanza que, perdiendo su dirección, se convierte en distorsión de la necesidad ontológica”.

En este sentido, la definición se aleja del concepto teologal en virtud del cual se espera que “alguien provea los bienes que se han prometido”. Freire la define como una esperanza que se construye en la historia y la cultura en permanente contradicción con las fuerzas internas que en cada momento histórico definen, entre otras cosas, las políticas públicas.

La esperanza no es estática ni acabada, como a veces se la define, para enmarcarla en lo inmutable, en lo innatamente adquirido, como si ser feliz no fuera parte de la cultura, sino de una “condición inicial”, como sostiene el biólogo Humberto Maturana. La esperanza es revoltosa, enemiga y compañera a la vez, fugitiva, engañera, amigable, deseable y desvergonzada. En la historia de la humanidad fue plegaria, poema y canto inspirador, pero también, fue venganza de Dioses.

En la mitología griega, el dios Zeus, molesto con los hombres que comenzaban a desafiarlo con su “inteligencia”, ordenó modelar con arcilla una figura que daría vida a una doncella conocida como Pandora. La mujer tenía como misión seducir a los hombres para luego esparcir los males que llevaba en su ánfora. Sólo un bien quedó en la jarra: la esperanza.

El ensayista y poeta Osvaldo Burgos señala, para salvarnos de nuestra tragedia inicial, que Pandora vacía su jarra antes de llegar a nosotros. “Intenta así salvarnos del castigo y la perversión de los Dioses. Nos da la vida y – en la celebración de esa ofrenda inaudita – nos da vida”. Burgos añade que en realidad la “más que diosa” exenta de maldad “nos promete el goce anticipado de su memoria. Es decir la esperanza”

La esperanza, desde entonces, ya no pertenece a los dioses. Es el hombre que junto a otros construye su destino para enfrentar los “males”. Tampoco es sólo el ahora, es el “goce anticipado de la memoria”, del pasado que puede cambiar el presente en una permanente “celebración de la vida”.

La esperanza es mucho más de lo que sugiere y transversaliza muchos aspectos de nuestra formación. La integridad, perseverancia, honestidad, pasión, solidaridad, respeto y compromiso, junto con el aprendizaje y el conocimiento, son algunos de los conceptos que podemos realizar con esperanza o desesperanza.

En este sentido, las aulas son un espacio propicio para el fortalecimiento de la esperanza colectiva, para construir un proyecto de vida mancomunado con el otro, el compañero, el docente, el colega, que permita alcanzar metas de felicidad socialmente planificadas.

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