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La ciencia como desarrollo

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    Bernardo Houssay, el Nobel argentino padre del desarrollo cientifico.

El médico y farmacéutico argentino Bernardo Houssay sostenía que: “La ciencia no tiene patria, pero los hombres de ciencia la tienen y deben luchar por su adelanto”.

Su descubrimiento acerca del rol de la glándula hipófisis en la regulación de la cantidad de azúcar en sangre lo convirtió en el primer latinoamericano en obtener un premio Nobel.

En su honor se conmemora el 10 de abril (día de su natalicio) como día mundial de la Ciencia y la Técnica.

Bernardo Houssay se graduó en la Universidad de Buenos Aires, de la que además fue docente. En 1919 fundó el instituto de fisiología en la facultad de Medicina que dirigió hasta 1943, cuando fue cesanteado por firmar una declaración a favor del bando aliado durante la segunda guerra mundial.

Su pasión por la investigación lo llevó a fundar en el año 1944 el Instituto de Biología y Medicina Experimental y fue el primer presidente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet).

La ciencia y la técnica no siempre fueron aliadas. Hasta muy avanzado el siglo XIX, la técnica fue lo contrario al conocimiento y estaba más identificada con los “trucos sofistas” que con la verdad que proponía la episteme de Platón.

La filosofía se negó a reconocerla, y en esta lucha se entendió que la técnica era sólo un medio para hacer cosas sin necesidad de formularse un corpus teórico.

La diferencia no era casual: la técnica siempre estuvo asociada a la “mano de obra” de los sectores sociales obreros, mientras que la filosofía estaba sostenida por el conocimiento de las elites.

Hubo que esperar que el siglo XIX avanzara, para comenzar a romper la concepción instrumental y pasiva de la técnica.

Por otra parte, el contraste entre los que hacen ciencias y los que simplemente las consumen es otra contradicción sugestivamente irresuelta.

Bernardo Houssay sostenía que “Los países ricos lo son porque dedican dinero al desarrollo científico-tecnológico, y los países pobres lo siguen siendo porque no lo hacen. La ciencia no es cara, cara es la ignorancia”.

En este sentido, el dilema radica en develar por qué los países pobres no dedican dinero para el desarrollo científico tecnológico.

Jesús Martín Barbero sostiene que en Latinoamérica el quehacer teórico sigue mirándose como algo sospechoso.

“Desde la derecha –dice el autor–, porque hacer teoría es un lujo reservado a los países ricos y lo nuestro es aplicar, y consumir. Desde la izquierda porque los problemas «reales», la brutalidad y la urgencia de las situaciones no dan derecho ni tiempo al quehacer teórico”.

Barbero sostiene que la teoría es uno de los espacios clave, de la dependencia, sea por la creencia en su neutralidad-universalidad o en la tendencia a vivir de las modas, a buscar las herramientas teóricas no a partir de los procesos sociales que vivimos sino desde un compulsivo reflejo de estar al día.

“La dependencia no consiste en asumir teorías producidas «fuera», lo dependiente es la concepción misma de la ciencia, del trabajo científico y su función en la sociedad”.

El campo de la técnica y de la tecnología responde a la necesidad del hombre de transformar su entorno para satisfacer sus necesidades.

Este ambiente es material pero también es histórico y social, por lo tanto, el desarrollo de la ciencia debe ser una ventaja para los Estados porque es el más adecuado para definir prioridades locales y regionales.

La ciencia como conocimiento del mundo inmediato, y la técnica y la tecnología como la voluntad del hacer, sólo podrán resolver las contradicciones sociales cuando las propias comunidades tomen el problema en sus manos.

Como reclamaba Houssay: “Sin la investigación pura, una universidad o un país está condenado a la inferioridad. Prohibirla es una especie de suicidio nacional. Es obligar a importar los conocimientos y los técnicos, marchar a remolque, ser tributario, no tener independencia y jerarquía, faltar al deber de contribuir al adelanto de los conocimientos”.

La ciencia de nuestro país ha pasado por muchas trasformaciones políticas y económicas.

En algún momento se mandaba a los científicos a lavar los platos, en otros, se los reconvertía laboralmente ofreciéndoles cursos de plomería o albañilería.

En los últimos años se impulsó la investigación del campo científico y se logró la repatriación de muchos profesionales.

Actualmente la ciencia vuelve a sufrir recortes presupuestarios que la ponen nuevamente a la zaga de los avances científicos.

Por su parte, la técnica pasó por el mismo derrotero cuando fuera disminuida a su mínima expresión durante la década del noventa.

Las escuelas que forman técnicos fueron desfinanciadas cuando el Estado argentino sustituyó los commodities industriales por manufactura importada.

Esta realidad dejó a la deriva a las industrias nacionales que absorbían mano de obra especializada formada en las escuelas técnicas del país.

Este contexto deja en claro que la ciencia, la técnica y la tecnología son absolutamente sensibles a las implicancias políticas y económicas de determinados momentos históricos.

Esta afirmación plantea la necesidad de que los países tomen en sus manos el desarrollo científico tecnológico, en el convencimiento de que esto contribuye a un mayor bienestar de sus comunidades.

En este sentido, comienza a ponerse en tensión el concepto de la “neutralidad de la ciencia”, aunque por el momento el debate no está saldado.

Algunos científicos sostienen que la ciencia sólo es posible si es independiente de los valores, y justifican su dogma en la aseveración de que es imposible impregnar de apreciaciones éticas a los hechos que sólo describen cómo es o será la realidad.

En este sentido, el premio Nobel en fisiología Ersnt Boris Chain sostenía: “La ciencia, en la medida que se limita al estudio descriptivo de las leyes de la naturaleza, no presenta cualidades morales o éticas, y esto se aplica tanto a las ciencias físicas como a las biológicas”.

Otros entienden que la producción del conocimiento científico debe conducir al bienestar social y a la resolución de los problemas del contexto; de esta manera, no sólo proponen trabajar de manera multidisciplinaria, sino también desde campos económicos y sociales que tiendan a la resolución de problemas en diferentes escenarios contextuales.

En este sentido, la ciencia y la técnica están al servicio del desarrollo humano del país y no a la dádiva de una pretendida objetividad global cuyo mayor beneficio es el económico.

Un proyecto de país que tenga entre sus fines el desarrollo industrial y social necesita un sistema técnico científico que pueda definir las demandas, para planificar la formación de sus profesionales.

El crecimiento del sector científico se corresponde con un proyecto político que priorice el desarrollo autónomo de tecnología para lograr que su población tenga un progreso científico al servicio de la seguridad alimentaria, la cura de enfermedades, la producción de energía, el cuidado del medio ambiente y la comprensión de las necesidades vitales de nuestras sociedades.

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