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El gran Chirino

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    El Chirino pudo haber jugado en Ñuls, en Racing y hasta en River, pero una obstinada capacidad para bombardear su futuro lo mantuvo allí en el barrio.

 

En la foto el Chirino aparece como si estuviese fijando la vista en una distancia que se encuentra más allá del objetivo de la cámara; los ojos de gatito semi cerrados y alertas. Tiene la pelota bajo el brazo sin apretar y se lo descubre en un costado, módico y esmirriado, cero sonrisa.

El Chirino ahora vivía de changas; era un residuo de la era industrial del puerto y las factorías de acero, los puentes galvanizados, el petróleo, la exportación. Un presidente mufa lo borró de su geografía y se tuvo que retirar con un sobre abultado de plata que le duró lo necesario para reparar el techo de su casita y empezar a adentrarse en el pozo de su depresión: en seis meses nada le quedaba de sus ahorros.

La bicicleta y dos perros

Una familia cercana que lo había invalidado como padre y esposo y mucho vino guardado en su sangre. Lo llamaban para rellenar un encofrado, para lijar una pared y las menos de las veces para una construcción en obra permanente. Cuando terminaba tomaba lo que le daban y se volvía a su casucha. Una tarde se acordaron de él, de su pasado como goleador empedernido. “Pensamos que ya no jugabas”, le dijo un dirigente pobre de un club pobre de aquel barrio pobre mientras lo acompañaba en la práctica. Pantaloncitos rojos y la remera azul . “Dejé por lesión”, mintió.

La única lesión había sido el Toro en cajita que lo alejó de las canchas. Luego sobrevinieron la expulsión del mercado laboral, su divorcio y la honda pena que como un manto de frío lo iba sumergiendo en la nada misma, con calor y en pleno febrero.

Por eso le ofrecieron jugar en Las Palmeras. Por su pasado exacto de guerrero, por su solidez y su fineza, por su esmirriado cuerpito de laucha habilidosa que sembrara de arte muchos campitos y campeonatos. “Te guardamos lo mejor para vos, Chirino. Esta temporada vamos a ascender”. “Sí, ya lo sé”, contestó distraído mientras arremetía contra los conos anaranjados del atardecer haciendo que estaba concentrado. La mitad de un sueldo básico, más los premios le habían prometido. Y él les creía. Los conocía a todos desde chico: habían corrido las caminos cercanos, bordeado las trompadas y las aventuras rurales, los robos de sandías, las ranas, las palomitas monteras, los choclos en la bolsa de arpillera, el bronce revendido. Una vida de pobres indios chicos sobreviviendo en el borde la civilización.

El Chirino casi ni hablaba, terminaba la práctica asoleado sin decir nada. Se refrescaba con los demás bajo la canilla, tomaba una cerveza y a casa. Lo miraban con reverencia: aún en el club –una sala con ventilador de techo añejo, un pin ball que no funcionaba y una vitrina empolvada– estaba su foto junto a las docenas trofeos obtenidos.

El Chirino pudo haber jugado en Ñuls, en Racing y hasta en River, pero una obstinada capacidad para bombardear su futuro lo mantuvo allí en el barrio, aquerenciado con su mundo silencioso, queriendo sin manifestar, hablando sin decir, opinando con la mirada. Fatalista y honrado. Soñador y aburrido. Siempre bajo ese horizonte de casas con ladrillos encima de las chapas, tanques de agua y alambres con ropa oscilante y matronas cantarinas con luna encantada. Allí pertenecía el Chirino y no sabía cómo irse. Por eso no fue a firmar con club alguno. Jugaba para ganar lo necesario. Por eso nunca fue un ídolo visible y entrador y sin embargo era venerado en secreto.

No hablaba con nadie. Mujeres no le faltaban pero las iba soltando a medida que las iba teniendo consigo algunos meses. Su corazón, su mirada estaban siempre puestos atrás del basural y el montecito de pinos, donde vivía su esposa y los tres pibes. No lo dejaban visitarlos. Y así como acató la orden que lo echara del trabajo también aceptó la orden de no visitarlos. No era fatalista ni quejoso: simplemente creía que así eran las cosas y no valía la pena rebelarse.

La noche anterior al primer partido cruzó el camino que serpenteaba el río turbio de la cañada para espiar a su familia: un resplandor de máquinas lo deslumbró. Ya no estaban las casillas ni el parquecito. En unos pocos días en que él no había ido habían volteado todo y se estaban preparando para construir. Se dió cuenta. Preguntó el destino de la gente y nadie le arrimó un dato. “Se fueron, los echaron”, dijo un morocho conocido que manejaba el gigantesco camión volcador.

A la mañana siguiente lo despertaron como pudieron. Le dieron café. Le echaron agua en los ojos, lo cargaron en el forcito y lo mandaron a jugar. Con el sexto gol se terminó el partido. Estaba llorando en un rincón. “Es la emoción de volver a las canchas, imagínense…. es como un pájaro que empieza a volar de nuevo”, comentó el presidente del club que creía tener algo de poeta. E hizo una seña fervorosa para que le alcancen al Chirino un vaso de cerveza helada.

 

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