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“David Bowie demostró que se puede construir una identidad”


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    El cantautor rosarino Pablo Jubany, y la singular estética “Bowie” en la portada de su disco “El Futuro”.

El cantautor rosarino Pablo Jubany conoció a David Bowie a los ocho años. En ese momento, se le presentó como el protagonista de Laberinto, una película que lo marcó tanto que consiguió el VHS para “verla sin parar”, e incluso grabar su banda de sonido para escucharla por fuera de la imagen. Un día, alguien le contó que se trataba de un músico, y así dio comienzo a una investigación que no sólo lo marcó como artista, convirtiéndose en uno de sus principales referentes, sino también como persona. “Al haberlo descubierto desde tan chico y siendo él un artista tan generoso con sus referencias, conocí muchas cosas a través de Bowie, desde arquitectos hasta dramaturgos, pasando por músicos, porque en las entrevistas era muy difícil hacerlo hablar de sí mismo, por el contrario, contaba sobre lo que le gustaba”, confesó Jubany, quien esta noche brindará un show especial en el que abordará a piano y voz las canciones de Blackstar, el último registro del compositor británico, en el marco del primer aniversario de su muerte ocurrida el 10 de enero del 2016. El concierto, que será con entrada libre y gratuita, tendrá lugar este martes, a partir de las 21, en El Diablito Bar (Maipú 622).

El show contará entonces con la interpretación completa del emblemático disco pero adaptado a un formato mucho más intimista y en solitario. “Fue un proceso complejo en varios aspectos, porque es un disco que tiene una gran cantidad de información musical”, confesó Jubany, al tiempo que explicó: “A primera vista, era improbable, pero por debajo de todas esas texturas había una gran riqueza armónica que permitió hacerlo, como los standards de jazz de antaño que podían abordarse en distintos soportes musicales”.

Todo aquel trabajo fue realizado a poco de la muerte de Bowie: el disco estaba recién salido y el adiós a su autor ameritaba un sentido homenaje. “Me contactaron de Let’s Dance, un bar que está bastante inspirado en Bowie, para que hagamos un homenaje. Pero lo que había pasado era de una contundencia emocional tan grande que no podía hacerse algo porque sí. Tenía que ser algo con riqueza artística. Lo que propuse fue hacer el disco nuevo entero, sobre todo, porque ese disco no iba a ser tocado nunca, más allá de que Bowie hacía muchos años ya que no tocaba en vivo. Desde entonces, no lo volví a tocar, porque me parecía que tenía que ser propio de una ocasión especial”, aseguró.

Influencia y legado

A la hora de referenciar la influencia de Bowie en su obra, Jubany habla con mucha prudencia y respeto. “Lo musical es lo más difícil de absorber”, aseguró, separando su complejidad letrística “que se maneja por imágenes”, y sus matices estrictamente musicales. “Bowie, desde el principio de su carrera, tuvo una manera muy libre de hacer asociaciones armónicas y melódicas, que están buenísimas pero tengo que confesar que, personalmente, no lo he podido recorrer como aprendizaje. Sí me paso que siendo adolescentes empecé a descubrir bandas con una estética musical influenciada por Bowie, que me sirvieron como una especie de puente, como fueron Sweet y Los Smiths. Comprendí que era una manera de absorber una estética musical que tuviera que ver con la herencia de Bowie”.

Más allá de las referencias musicales, lo que Jubany ha captado de El Duque Blanco fue su relación dialéctica entre ética y estética. “Ese estar permanentemente despojando al rock de compromisos, para no tener que decir «no volver a hacer el mismo disco» o de no mirar hacía atrás”, dijo Jubany, para después continuar sintetizando el legado Bowie: “Primero está su mirada del mundo, su enorme curiosidad con la que fue muy generoso en dar a conocer todo aquello que él ha ido conociendo”, aseguró. “También es muy importante como él, a través de las distintas construcciones de identidad que hizo a lo largo de su carrera, dejó un legado a la humanidad y a las personas que se sienten «especiales», hizo hincapié en la construcción identitaria, porque David Bowie demostró que se puede construir una identidad”.

“Por último, y en el sentido estricto del ejercicio del rockero, podemos decir que el gran legado es entender al rock como un espacio de juego, donde confluye toda una serie de disciplinas y de datos que, de alguna manera, están puestos ahí para ser manejados y plasmados de distintas formas, incluso prostituidos, como supo decir en los 70”.

Un año

Hoy se cumple un año de la muerte de David Bowie, quien al mismo tiempo decía adiós con un disco insoslayable. Dos días antes de su muerte, David Robert Jones, quien había nacido en Londres el 8 de enero de 1947, lanzó Blackstar, su último trabajo de estudio, con el cual se despedía del público de manera críptica, a partir de un trabajo que, en el tono vanguardista que lo caracterizó a través de toda su carrera, era atravesado por la idea de muerte. Publicado el 8 de enero del año pasado, en coincidencia con su cumpleaños 69, Bowie pareció encarnar una vez más una suerte de alter-ego como para poder desde allí expresar sus visiones que, en este caso, tomaron mayor relevancia a la luz de lo acontecido en los días posteriores. Así como en distintos momentos de su carrera el cantante fue Major Tom, Ziggy Stardust o El Duque Blanco, en este caso se puso en la piel de Lazarus, inspirado en el personaje bíblico que volvió de la muerte, para abordar temáticas que seguramente rondaban por su mente ante el inminente y silencioso desenlace.

“Blackstar” de Bowie: el primer año de un disco eterno

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