Cine

Cuerpo y voz de una mujer decidida a tomar las riendas

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    La francesa Isabelle Huppet compromete hasta la última fibra en un personaje complejo al que dota de intenso brillo.

Con marcado tono de thriller dramático no exento de toques irónicos –sobre todo en la conformación del perfil de su protagonista–, Elle es un film que aborda un tema de actualidad gracias al rol que la mujer viene asumiendo desde lo individual y desde las manifestaciones colectivas que impulsan sus derechos humanos y sociales, muy pisoteados en las sociedades patriarcales, que es decir casi todas en el mundo.

En Elle, una mujer llamada Michèle Leblanc es la ejecutiva a cargo de una compañía que diseña videojuegos para adultos, que en la primera secuencia del film será atacada y violada en el living de su casa por un hombre enmascarado que irrumpe sorpresivamente ante la pasiva mirada de su gato. Intenso comienzo para el nuevo film del holandés Paul Verhoeven, quien tiene detrás una carrera dispar con títulos de diversidad temática que van desde su primitiva Delicias Turcas (1973) –en la que nada hacía presagiar su derrotero posterior por la industria norteamericana–, hasta su anterior El libro negro (2006), pasando por Robocop (1987) y Bajos instintos (1992). Más allá del juicio de valor que merezcan sus películas, de casi todas puede decirse que son potentes y que ponen en evidencia un pulso diestro para marcar su impronta en cualquier género que aborde. Elle probablemente sea una de sus mejores películas. Lo es por su factura y porque cuenta con una actriz impresionante como Isabelle Huppert, quien lleva adelante un rol complejo, el de mujer acosada pero decidida, cercada pero dispuesta a no ceder terreno hasta dar con su atacante. En algunos matices, se acerca al que tuvo en La profesora de piano, de Michael Haneke, en donde la mujer ejerce un rol dominante.

Y aquí reside el aspecto más curioso de Elle, donde Michèle parece prescindir de cualquier protección una vez ocurrida la violación y toma a su vez una actitud desafiante intentando dominar las piezas en juego más allá de la humillación sufrida. Ella continúa viviendo en una casa con infinidad de ventanas cuyos postigos permanecen abiertos haciendo relativamente fácil el acceso a su interior; continúa su rutina aun cuando sospecha de algunos de los empleados de su empresa con los que no tiene buena relación en el plano laboral; no se inmuta –no se le mueve un pelo literalmente– cuando cuenta la terrible experiencia ante su ex marido, su socia y su pareja, y lo explica diciendo que para ella no vale la pena denunciarlo. Michèle carga con un pasado denso en el que su padre fue un asesino serial condenado a perpetuidad y con quien ella, desde su inocencia infantil, fue vinculada; una carga del pasado y del presente puesto que ahora, en su ancianidad, su madre quiere vivir otra plenitud sexual con un gigoló, con el que quiere casarse y a lo que ella se opone; su hijo un tanto veleta que no tiene oficio y a quien su caprichosa pareja engaña al punto de que el vástago que pronto tendrán… no será suyo por obvias razones.

Nada de todo esto parece amedrentar a Michèle, que se rehace en su integridad a cada paso, que no teme ir al fondo de ninguna situación y enfrentarla desde el lugar de la verdad, puesto que la conducta de su padre, que la marcaría definitivamente, quedó sumida en el misterio, sin explicación alguna. En este aspecto –que tal vez esté en la novela de Philippe Djian de la cual surge el film– hay elementos religiosos en juego: su padre, el asesino, era un católico ferviente, y su vecino, con quien establecerá una singular relación, ejerce un ritual del mismo signo con su mujer. Ella aborrece lo que representa el catolicismo y lanza anatemas cada vez que aparece el papa Francisco en la tevé o se masturba mientras espía a sus edulcorados vecinos armar un pesebre con su mirada fija en el hombre.

Michèle no es ninguna víctima; minimiza sus daños físicos y encuentra en su cotidianidad el modo de seguir andando; de apuntalar los vaivenes de su empresa pidiendo “sangre, espesa y tibia” en las sádicas animaciones de los videojuegos, sin vergüenza cuando alguno de sus diseñadores monta su cara en una escena de violación en esas animaciones y la propala al resto de la red e invistiéndose de la entereza suficiente para dar con el culpable. Michèle es una mujer de riendas tomar y las personas que la rodean –hasta su propio violador– se verán sometidas a sus punzantes puntos de vista y a sus acciones a partir de los cuales quedarán expuestos en sus miserias, sus vacilaciones, sus torpezas y sus traumas. De este modo Michèle parece expurgar sus propias llagas, aquellas iniciadas en su infancia y a las que ella asume hasta cuando las imágenes televisivas del tormentoso pasado la describen como una “niña psicótica”. Esto constituye un acierto de Verhoeven, la prescindencia de cualquier inmersión en la psicología del personaje de Michèle, dando cuenta de las ventajas que se obtiene en no insistir en “explicar” demasiado su perfil, ya que el contexto actual resulta suficiente y pone en un lugar de privilegio la intriga que rodea el film. En Elle, la idea de familia convencional es quebrada y hecha explotar más de una vez, haciendo surgir otra clase de lazos posibles, los fundados en alguna suerte de honestidad, sin intereses ni ambiciones, deudores de las heridas profundas que todo el mundo parece portar y a las que hay que sacar para soportar su estatus de verdad. Y en Elle, esta idea tiene el cuerpo y la voz de una mujer, justamente aquella utilizada por los reservorios de poder conservador –léase Iglesia, Estado, patriarcados de cualquier orden– para que sea depositaria del esquema reproductivo, reducida fundamentalmente a una figura pasiva que será invadida cuando así se disponga. “Tal vez mi personaje sea una post feminista”, dijo Isabelle Huppert en la rueda de prensa del Festival de Cannes, donde fue estrenada mundialmente la película. Cualquier cosa que se entienda por eso, luego de la visión de Elle no es tan difícil creerle.

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