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Mefro Wheels: la pelea por seguir siendo trabajadores

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    "No esperábamos que abra. El 90 por ciento era una incógnita. Ganó el trabajador. Ganamos con el corazón”, dijo Pedro. Juan José García

Pedro trabaja como tornero en la fábrica de llantas Mefro Wheels. Tiene 63 años, 5 hijos y una nieta. Es el único encargado de reparar las fallas en la planta donde ingresó por primera vez cuando tenía 27 y adonde este lunes regresó. “Anoche no dormí”. Después de 9 meses de inactividad, Pedro volvió a la fábrica donde pasó los últimos 37 años de su vida. Es uno de los 15 trabajadores que ayer a las 8 cruzó las puertas de la planta de Ovidio Lagos al 4400 para poner las máquinas a punto y volver a producir. “Fue impactante entrar. Acá pasamos 12 horas todos los días, incluso los feriados. Vas a tu casa de visita”. Entre bombos, banderas y lágrimas los trabajadores celebraron la reapertura. Esos 15 trabajadores limpiarán los 400 metros de largo que tiene el galpón, ajustarán el aceite de las maquinarias y dejarán todo a punto para volver a producir. Si los tiempos corren según lo estimado, en un mes la única fábrica de llantas del país estará en condiciones de ingresar al mercado y sumar más trabajadores. Los demás esperarán su turno y el cobro de las indemnizaciones.

El motor de la fábrica

El tiempo en suspenso aparece en el óxido de las máquinas quietas. El paso del tiempo se observa en el polvo de los pisos y en las plumas de palomas que cayeron sobre las maquinarias en desuso. El silencio, en cambio, nunca se terminó de apoderar de la fábrica. El ruido que la mantuvo viva fue el de los más de 100 trabajadores que pelearon por mantener sus fuentes de trabajo. Este lunes la lucha se transformó en emoción y en festejo. Cuando a las 8 de la mañana los primeros 15 trabajadores de Mefro volvieron a ingresar a la planta después de 9 meses, el motor volvió a funcionar. No fue el de las máquinas, sino el de sus corazones. Y con la reapertura de las puertas, se abrió también una nueva esperanza.

Pedro es uno de los más antiguos de la planta. Entró cuando tenía 27 años a trabajar como tornero. “En aquel entonces era terrible. Te mandaban un detective a preguntar al vecino y al almacenero del barrio qué clase de persona eras”. Pedro tenía un hermano trabajando en Mefro Wheels y entonces lo llamaron. “Me pusieron en una máquina, hice una pieza y me dijeron que al día siguiente empezaba”. Así fue que Pepino, como le dicen sus compañeros, empezó a trabajar en una de las máquinas para tornear las máscaras: donde se le da forma a la rueda. Lo suyo siempre fue la matricería. Contó que una vez le ofrecieron ascenderlo como supervisor y lo rechazó. Los jefes lo habían presionado diciéndole que no tenía el carácter suficiente para controlar a los compañeros. “Le dije que es cuestión de compromiso. Y me negué”.

Para Pedro cada jornada es distinta. Recién cuando llega a la planta sabe qué tarea le tocará ese día. Es el encargado de reparar cualquier falla o inconveniente que surja en el proceso de producción. “No me quieren jubilar. Soy el único que repara. Le enseñe a muchos chicos, pero son jóvenes y consiguieron otros trabajos”.

Pedro muestra en forma minuciosa cada parte de una máquina y explica en el detalle cómo funciona. “Esto es un ecosistema propio”. Y a cada paso que da por la planta recuerda una anécdota. “Una vez vino un ingeniero que me tomó bronca y me quiso echar. Me dijo que yo no sabía trabajar y yo le respondí que el que no sabía quién era él. Cuando vino por única vez el dueño alemán me dio la razón y lo echó a él”.

Mientras Pedro recorre la planta, tres personas que se diferencian de los otros trabajadores pasan caminando. Están serios. Son robustos y visten ropa oscura. “Estos deben ser los de Toyota. Vienen a ver si podemos enviar a la terminal”, presume Pedro. “Estos son terribles. No les podes fallar”. Y continua con otra anécdota: “Una vez vino el gerente de Toyota. Estaba el japonés, que no llega al metro sesenta, el traductor y yo. Y el tipo me preguntó por los tachos de basura. Levanté la tapa y había tirados un par de guantes casi limpios. «Por eso se fundieron», dijo el japonés, «porque tiran los trapos limpios»”.

Pedro prefiere no hablar del cierre. “Me van a cortar la luz y el gas. La tía del novio de mi hija les iba a regalar una casa. ¿Podés creer que la señora murió antes de firmar los papeles? Así que saqué un crédito para construir arriba de mi casa y que mi nieta tenga un hogar. Son 59 cuotas. Me falta la última y los del banco me llaman como si fuera un asesino”.

Volver a caminar los eternos pasillos de esa enorme planta hace que los ojos de Pedro brillen de emoción. Aun detrás del cristal de los lentes que usa. “Hoy no podía hablar. ¡Qué iba a hacer notas! Esto lo daba por muerto. No esperábamos que abra. El 90 por ciento era una incógnita. Ganó el trabajador. Ganamos con el corazón”.

“Después de una gran batalla, hoy Argentina sigue construyendo llantas”

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