Ciudad

La ciencia se hace en los barrios

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Saber la hora con sólo mirar la posición de las estrellas en la noche o las sombras durante el día, reconstruir eso tan común y a la vez tan raro que es el horizonte, pero no cualquiera sino el propio, armar un telescopio casero o una estación meteorológica, saber “posicionarse” sin un GPS, poner “patas arriba” un globo terráqueo, con Rosario en lo más alto, y sorprenderse de cómo se ve así el mundo. Juegos, que llevan la ciencia a caballo sin necesidad de sofisticados instrumentos ni encierros en costosos laboratorios, sólo con la curiosidad y el coraje de hacerse preguntas como herramientas. Nada más, pero nada menos, que los fundamentos de la tan mentada creación científica. De eso se trata, explican sus organizadores, la serie de talleres para niños y adolescentes “Al infinito y más acá”, que desde esta semana y hasta noviembre se desplegará en todos los distritos de la ciudad. El armado y la propuesta corresponden al Complejo Astronómico Rosario, y son su respuesta a inquietudes votadas por los vecinos en el Presupuesto Participativo.

Experiencia inédita

Lo que arranca este miércoles es una experiencia inédita por su extensión en la ciudad, y singular fuera de sus fronteras. En Rosario, sin embargo, hay un par de antecedentes puntuales: los talleres de ciencia y astronomía que organizó el gremio de los docentes universitarios, Coad, y otro más cercano a la propuesta actual, desarrollado en la Casa Pocho Lepratti de barrio Ludueña. Ambos, implementados también por el Complejo del Planetario. “No es que los chicos tengan que aprender algo para después recitarlo”, pone las cosas en caja, por las dudas, el coordinador de “Al infinito y más acá”. Es Ariel Dobry, investigador independiente del Instituto de Física Rosario (Ifir) y director científico del Planetario. Forma parte del cada vez más numeroso colectivo de científicos que intentan bajar sus disciplinas del falso pedestal en las que –sin ninguna inocencia– muchos se empeñan en colocar. Demostrar que la ciencia está presente a la vuelta de la esquina, en la vida cotidiana y en intercambio con otras actividades. Y que, en este caso, puede ser recreada por cada chico o joven de cualquiera de esos barrios rosarinos generalmente nombrados en las crónicas policiales.

“La base de la creación científica tiene que ver con hacerse preguntas sobre la naturaleza, no hacen falta sofisticados aparatos ni grandes presupuestos. Si se quiere hacer más democrática a la ciencia, hay que insistir en ese aspecto, no en la explicación de cómo funcionan súper sofisticados aparatos. Porque así se pone una barrera”, se explaya Dobry. Al frente de los talleres (ver aparte) estarán cuatro jóvenes que, no casualmente, provienen de diferentes formaciones académicas y convergen en similares intereses. Lisandro Martín es antropólogo y astrónomo, y su tesis fue sobre la visión del cielo de los pueblos originarios, María Luz Santiago y María Laura de Sanctis son licenciadas en Física que hace años trabajan en los barrios, como la antropóloga Mara Dobry.

Experimentar con la luz, escudriñar el cielo, hurgar en la atmósfera y sus fenómenos es lo que pretenden los talleres, que estarán divididos según las edades, para niños de 8 a 12 años y adolescentes a partir de 13, y comprenderán tres áreas: Espacio Exterior (fenómenos astronómicos), Espacio Terrestre (fenómenos atmosféricos) y La luz.

Mirando hacia afuera

“Una de las actividades propuestas a los chicos es que se pongan en ronda, mirando hacia afuera, para que cada uno dibuje lo que está viendo y después reconstruir esos papeles para armar el horizonte que se ve”, lanza el ejemplo Dobry. Claro que no será el que describen los manuales, sino el que surge de la experiencia concreta, y que en cada caso será diferente: “Y sí, en algunos lugares va a ser todo edificios, y en algunos barrios se va a ver el cielo. Será conocer cuál es el horizonte de cada uno”. Es que las actividades irán en dirección contraria a la clásica -y aburrida- asimilación y repetición de contenidos, que poco tiene que ver con la ciencia. La idea, insiste el responsable de los talleres, es estimular la curiosidad disparadora de preguntas. Y en eso se cuelan Mafalda y Arturo Jauretche: como el personaje de Quino y el irreverente pensador de Forja, se propondrá poner el mundo al revés, o quizá al derecho, y ver qué pasa. “En los globos terráqueos el norte siempre está arriba, pero en el espacio no hay arriba y abajo. Se posicionará el globo de manera que arriba quede la latitud y longitud a la que se encuentra Rosario”. Dicho de otra manera, cómo dejar de estar en el “culo” del mundo de los planisferios hechos en el “norte”. Desacralizar y acercar la ciencia es la consigna. “Uno de los objetivos es que cada uno se construya algo y se lo lleve. Demostrar que la ciencia no tiene por qué identificarse con la posesión de aparatos complejos, desandar además este camino por el cual la tecnología te lleva a tener muchas cosas que no se entienden, y pareciera que ni siquiera hace falta entender, porque los aparatos te resuelven casi todo”. La lógica es la que difunde el Complejo Astronómico: recrear las relaciones entre ciencia y arte, y entre la ciencia y la vida concreta de las personas.

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